Durante más de seis décadas, la Facultad de Economía de la Universidad del Rosario ha graduado profesionales que hoy ocupan posiciones clave en el sector público, el sistema financiero, los organismos multilaterales y la academia. En su aniversario número 65, su decano, Andrés García, reconoce que, en un mundo dominado por los datos, la inteligencia artificial y la incertidumbre global, el reto es distinto: formar economistas capaces de dialogar con ingenieros, científicos de datos y matemáticos, sin perder el sentido humano de su propósito. Esta es una conversación sobre legado, transformación y futuro.
P: La Facultad de Economía del Rosario cumple 65 años formando profesionales que han ocupado posiciones clave en el Estado y el sector privado ¿Qué significa ese legado para la universidad?
R: La facultad nació en una coyuntura muy especial para Colombia. Coincide, por ejemplo, con la creación del Departamento Nacional de Planeación, en un momento en que el país comenzaba a construir una visión moderna del Estado y de la política pública. La Universidad del Rosario entendió entonces que el país necesitaba economistas capaces de aportar a ese proceso.
Desde su origen, la facultad se ha construido como respuesta a las necesidades del país: primero, formando profesionales con una fuerte capacidad práctica para el sector público; luego, acompañando el crecimiento del sector financiero en las décadas de los ochenta y noventa; y, más recientemente, consolidándose en economía y finanzas con una formación que permite a nuestros egresados contribuir al diálogo público y al desarrollo del sector privado.
P: ¿Cuál es ese sello invisible que hace que un economista formado en el Rosario piense, decida y lidere de manera diferente?
R: Nuestro mayor diferencial es que formamos economistas que hablan el idioma del mundo actual: el de los datos. Nuestros estudiantes no solo entienden cómo funcionan los mercados; tienen la solidez matemática y la capacidad analítica para interpretar información compleja, convertirla en conocimiento y, sobre todo, en soluciones reales. No se quedan en la teoría: entienden, explican y proponen con rigor y criterio.
Esa fortaleza ha sido tan genuina que, casi de forma natural, dio origen a programas como Analítica de Datos y Mercados. ¿Por qué? Porque nuestros egresados empezaron a competir —y a destacar— en escenarios tradicionalmente dominados por ingenieros, físicos y matemáticos. Descubrimos que nuestros economistas no solo podían estar en esa conversación, sino liderarla, gracias a una formación cuantitativa que les permite moverse con solvencia en un mundo donde los datos son el nuevo lenguaje de las decisiones.
P: Si mira la facultad en perspectiva histórica, ¿Qué ha cambiado y qué permanece después de 65 años?
R: Lo que ha permanecido es la pertinencia. La facultad ha tenido la capacidad de renovar permanentemente su currículo de acuerdo con las necesidades del mercado, sin perder el sello humanista que caracteriza a la Universidad del Rosario.
Lo que ha cambiado profundamente es la construcción de una comunidad académica donde la investigación es el corazón de la formación. La universidad hizo una apuesta estratégica por consolidar una planta profesoral con doctorado, dedicada a producir conocimiento y a formar nuevas generaciones. Eso transformó la facultad, especialmente en los últimos quince años: hemos pasado de ser una muy buena facultad a convertirnos en un referente nacional e internacional en economía, con investigadores de primer nivel y una voz activa en el debate público.
P: Si el futuro se decide entre datos, inteligencia artificial y transformaciones globales, ¿Qué exige hoy la formación de los nuevos economistas?
R: Durante décadas, la economía fue una disciplina dominada por la teoría. Hoy es una disciplina cada vez más práctica. Los premios Nobel recientes reflejan esa transición: economistas que no solo desarrollan teoría, sino que la validan empíricamente y la aplican a problemas reales.
Eso implica formar economistas con capacidades en análisis de datos, programación y habilidades humanas como la comunicación y el trabajo interdisciplinario. El gran reto es lograr esa formación integral en un proceso académico de cuatro años, sin perder profundidad ni rigor.
P: Cuando la inteligencia artificial ya no es el futuro sino el presente, ¿Cómo se enseña a los economistas a usarla sin perder la capacidad de pensar por sí mismos?
R: La inteligencia artificial ya es una herramienta natural dentro del proceso de formación y debe verse como una aliada para el aprendizaje. Permite que los estudiantes accedan más rápido a herramientas técnicas, reduzcan barreras de entrada y aumenten su productividad. Pero también nos obliga a formar profesionales con criterio, capaces de usar estas herramientas de manera ética y responsable.
No se trata solo de usar inteligencia artificial, sino de formar economistas que comprendan sus implicaciones, sus límites y su impacto en la sociedad.
P: En un entorno altamente competitivo, ¿Cómo mantener el liderazgo de la facultad?
R: El primer elemento que nos distingue es la calidad de nuestra planta profesoral: hoy, el 100 % de nuestros profesores de planta cuenta con doctorado y participa activamente en procesos de investigación. Muchos de ellos llegan directamente desde instituciones como el Banco de la República, ministerios y el sector financiero, lo que permite a nuestros estudiantes conectarse con el mundo real desde el primer momento.
Este modelo se traduce en resultados concretos. Nuestros egresados se mantienen consistentemente entre los profesionales mejor remunerados del país; de hecho, en el último año, el programa de Economía ocupó el primer lugar a nivel nacional y el de Finanzas, el segundo. Sin embargo, más allá de las cifras, lo que ofrecemos es, ante todo, un proyecto académico con propósito, orientado a formar profesionales capaces de comprender su tiempo y contribuir activamente a transformarlo.
P: ¿Cómo se está reinventando la facultad para liderar el futuro de la economía?
R: Queremos formar economistas que no solo entiendan el mundo, sino que ayuden a transformarlo. Que participen en la solución de los grandes desafíos del país y del mundo, desde el cambio climático hasta la transformación tecnológica. Ese es el verdadero sentido de nuestro proyecto académico.
P: ¿Qué hace atractiva a la facultad a nivel internacional?
R: Nuestra conexión internacional es profunda. Tenemos dobles titulaciones con universidades referentes como Toulouse School of Economics y Tilburg University, y convenios con instituciones como London School of Economics.
Además, nuestros profesores tienen doctorados internacionales y mantienen agendas de investigación globales. Esto permite que nuestros estudiantes se formen en un entorno verdaderamente internacional, sin perder su conexión con el país.
P: ¿Cuál ha sido el mayor reto en su gestión como decano?
R: Entender que la disciplina está cambiando a una velocidad sin precedentes. La economía ya no puede pensarse de manera aislada: debe dialogar con el derecho, la ingeniería, la ciencia de datos y la salud.
Esto implica mantener el núcleo esencial de la economía, pero también abrir nuevas trayectorias para que nuestros estudiantes puedan competir, colaborar y liderar en un entorno interdisciplinario.
P: Si tuviera que elegir un motivo de orgullo en estos 65 años, ¿cuál sería?
R: El salto cualitativo que ha dado la facultad en las últimas dos décadas. La universidad apostó por formar profesores, por construir comunidad académica y por producir conocimiento. Hoy, el Rosario es reconocido como una de las principales facultades de economía del país. Ese es el resultado de una visión institucional y de una comunidad comprometida con la excelencia.
P: ¿Qué le diría a un estudiante que empieza a escribir su historia en el Rosario?
R: Que llega a un lugar donde importa: como estudiante, como persona y como futuro profesional. Aquí no solo se forma en economía o en finanzas; aquí se convierte en parte de una comunidad que lo acompaña y que lo prepara para contribuir al país.
Eso es, quizás, lo que más define a la Universidad del Rosario: no solo forma economistas. Forma personas que entienden que su conocimiento tiene un propósito.
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