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“Colombia hizo lo correcto”: 10 años después, la migración venezolana sigue siendo el gran reto que nadie quiere debatir

Diez años después de aquella imagen que quedó grabada en la memoria colectiva —familias cruzando el río Táchira con colchones al hombro y la casa demolida detrás— Colombia es hoy el mayor receptor de la migración venezolana en el mundo. Lo que comenzó el 19 de agosto de 2015 como la expulsión de colombianos desde Venezuela terminó convirtiéndose en una de las mayores transformaciones sociales, demográficas y políticas del país en el siglo XXI.

Por: Carolina Bustamante, jefe de prensa y comunicaciones.

De eso trata 10 años de la respuesta de Colombia a la migración venezolana. Crisis, respuesta y desafíos, un libro de más de 400 páginas que no solo reconstruye la historia, sino que lanza una advertencia: el debate no ha terminado.

El libro es el resultado de una década de seguimiento riguroso desde el Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario, dirigido por Francesca Ramos y desarrollado por un equipo que coordinó esta investigación bajo el liderazgo de Ronal Rodríguez, junto a los investigadores María Clara Robayo y Txomin Las Heras.  

Es un trabajo construido mientras la crisis ocurría, entre cifras que cambiaban cada mes, decisiones institucionales en evolución y debates públicos en plena tensión; no revisa el pasado con nostalgia, sino que lo analiza desde la experiencia acumulada de haberlo estudiado en tiempo real. Y es precisamente desde esa trayectoria que Rodríguez, en esta conversación, habla con claridad:

“Nosotros no recibimos a los venezolanos por solidaridad ni por deuda histórica. Lo hicimos porque es lo correcto. Y es de las pocas cosas que como país podemos decir que hemos hecho bien”.

De expulsión a transformación histórica

El libro arranca en 2015, cuando el régimen venezolano expulsa a colombianos de la frontera. La pregunta inicial del Estado era sencilla y enorme a la vez: ¿cuántos colombianos viven en Venezuela y qué pasaría si los expulsan masivamente? La cifra nunca fue clara. Mientras el censo venezolano hablaba de 720 mil, desde Caracas se lanzaban números de hasta cinco millones. La distorsión era total.

Pero la historia dio un giro inesperado: ya no eran colombianos regresando, sino venezolanos llegando. Hoy Colombia acoge a 2.845.187 ciudadanos venezolanos. Más de ocho millones han salido de Venezuela y más del 80 % pasó por Cúcuta. En 2025, por ejemplo, 37.982 venezolanos ingresaron al país. “Si esa cifra hubiera llegado a las costas de Italia sería un escándalo internacional. Aquí lo hicimos y no hubo crisis social”, subraya Rodríguez.

Los colombianos y la población caminante

Uno de los momentos clave fue 2018: la época de los caminantes. Familias atravesando el páramo de Berlín, niños muriendo de frío, desplazados colombianos ofreciendo agua de panela caliente a quienes pasaban. “Los primeros que se compadecieron de los venezolanos fueron nuestros propios desplazados. Ellos sabían lo que era salir con todo en una tula”.

Ese momento cambió la percepción nacional. La migración dejó de ser una cifra y se volvió un rostro, pero ¿por qué Colombia respondió diferente?

El libro explica algo que hoy parece improbable en el clima global: Colombia optó por integrar, no por cerrar. Mientras en Europa y Estados Unidos crecen los discursos de persecución, el país construyó instrumentos de regularización, acceso a educación y salud.

 


“La migración se ha convertido en herramienta política en el mundo. La xenofobia da votos. En Colombia, a pesar de brotes, hemos contenido ese fenómeno mejor que Perú, Chile o Ecuador”, afirma.

 

No niega las tensiones. En el transporte público, por ejemplo, muchos vendedores informales hoy son venezolanos. Pero detrás hay una estructura más profunda: “No es que hayan desplazado a los colombianos de esta actividad. Es que el colombiano ascendió en la cadena económica informal y el venezolano quedó en la base. El que administra la ruta suele ser colombiano y el que vende el chocolate es venezolano. Si uno no entiende esa cadena, se queda solo en el prejuicio”.

La reflexión es contundente: el migrante es el eslabón más débil y, por eso mismo, el más fácil de estigmatizar.

Una década bajo la lupa

El libro no se limita a enumerar hechos: reconstruye, con mirada crítica, cómo una crisis fronteriza terminó convirtiéndose en la mayor transformación demográfica reciente del país.  

La historia comienza antes del colapso visible, cuando la relación entre Colombia y Venezuela ya mostraba fisuras y los primeros movimientos migratorios, desde 2002, anticipaban lo que vendría. Luego llega 2015 y con él la expulsión, el desconcierto institucional y la necesidad de improvisar respuestas donde no había manual. Entre 2015 y 2017 el Estado construyó los primeros instrumentos de acogida mientras Migración Colombia empezaba a hacer algo fundamental en cualquier crisis: publicar datos, ponerle cifras a lo que muchos querían reducir a rumores.

El relato avanza hacia 2018 y 2019, cuando la migración dejó de ser estadística para convertirse en drama humano: los caminantes atravesando carreteras, el país enfrentado a la dimensión real del fenómeno y la certeza de que se necesitaba una arquitectura estatal especializada. Después vino la pandemia, el cierre de fronteras y el desafío de sostener la atención en medio del confinamiento global.  

El punto de inflexión llegó con el Estatuto Temporal de Protección, una decisión sin precedentes que permitió regularizar a casi dos millones de personas y que fue reconocida internacionalmente como modelo de integración. Sin embargo, los capítulos más recientes —2023 a 2025— introducen una nota menos optimista: el debate sobre el nuevo viceministerio, la pérdida de continuidad institucional y la pregunta incómoda sobre si el país será capaz de sostener en el tiempo una política que, hasta ahora, ha sido una de sus decisiones más trascendentales.

En esa medida, uno de los datos más preocupantes que expone el texto es que hoy hay 844.697 venezolanos en situación irregular. Y el Estatuto Temporal vence en cinco años.

“El próximo presidente tendrá que decidir qué hacer con casi dos millones de personas. Ese debate en otros países ha polarizado sociedades enteras. Aquí aún no lo estamos dando”, advierte el investigador del observatorio de la universidad del Rosario.

Rodríguez reconoce también que el actual presidente no tiene un discurso anti migrante. Pero advierte que “no hablar del tema también es una forma de debilitarlo”. La institucionalidad anterior fue desmontada y, aunque se creó un viceministerio, considera que carece de músculo operativo. “El tema migratorio quedó subordinado a la relación política con Venezuela”.

El riesgo es perder la curva de aprendizaje acumulada.

¿Y la xenofobia?

En algún punto inevitable de la conversación aparece la palabra incómoda: xenofobia. No como consigna, sino como riesgo latente. Rodríguez no la minimiza ni la dramatiza; la entiende como un fenómeno político y social que no surge de la nada. “La xenofobia no es espontánea, se alimenta”, dice, y la frase pesa. Se alimenta del miedo económico, de la inseguridad, de la competencia por oportunidades escasas, pero también —y sobre todo— del discurso público.

 


“Cuando una figura institucional señala al migrante como problema, cuando lo asocia con criminalidad o con carga fiscal, no está haciendo una declaración aislada: está autorizando simbólicamente que el ciudadano común haga lo mismo”, indica Rodríguez.

 

En Colombia ha habido episodios de estigmatización, especialmente en momentos de tensión social o de crisis económica. Sin embargo, en comparación con otros países de la región que también recibieron flujos masivos como Perú, Chile o Ecuador, el país ha logrado contener, al menos en el plano estructural, una deriva abierta hacia políticas anti migrantes.  

No es casualidad. Hay una memoria histórica que opera como contrapeso: el país ha sido expulsor. Millones de colombianos viven en Estados Unidos, España, Venezuela, Chile o Argentina. “Somos una nación en diáspora. Todos tenemos un familiar afuera”, recuerda. Esa experiencia compartida crea una empatía estructural que modera el rechazo y complejiza el prejuicio.

Pero esa contención no es irreversible. El investigador advierte que los contextos electorales suelen tensionar el debate y que la migración, en muchas democracias, se convierte en herramienta de polarización.

“El desafío no es solo mantener políticas de integración, sino sostener una narrativa pública responsable que no convierta al migrante en chivo expiatorio de problemas estructurales que preceden su llegada. Porque cuando la discusión se simplifica, el más vulnerable paga el costo”, subraya Rodríguez.

La pregunta, entonces, no sería si Colombia es o no xenófoba. Es, tal vez, si tendrá la madurez política suficiente para no volverse más xenófoba cuando el tema empiece a rendir votos.

El libro no es solo memoria académica. Es una herramienta de presión y de incidencia. “Lo que buscamos es que Colombia continúe haciendo lo correcto. Con errores, con tropiezos, pero por el camino de la integración. Los venezolanos no se van a regresar masivamente. Nuestro futuro está conectado con lo que pase allá”.

Diez años después, Colombia ha demostrado que puede recibir migrantes, pero requiere de una fuerte voluntad política para sostener esa decisión cuando el tema ya no esté de moda. Y esa respuesta todavía está en construcción.

Consulte la versión electrónica del libro aquí: https://www.kas.de/documents/d/kolumbien/libro-10-anos-de-la-respuesta