Queridos hermanos y hermanas:
Permítanme compartirles la emoción que siento de estar en este acto y lo que significa, de haber escuchado la lucidez de los jóvenes en la voz y en las palabras de Juan Salvador, y la sabiduría con corazón, una sabiduría llena de afecto y de acierto, en las palabras de la señora rectora, Ana Isabel Gómez Córdoba.
Yo simplemente quiero decirles, en nombre de mis hermanos obispos auxiliares, Alejandro, Edwin, Germán, y de mis hermanos capellanes, el padre Jesús Alberto y el padre Iván Felipe, que nosotros estamos siempre para acompañar el camino. No tenemos la última palabra ni pretendemos tenerla. Siempre queremos ser compañeros de camino, caminar juntos, y los jóvenes lo saben: estamos dispuestos a caminar con ustedes.
Yo pido para las familias, para la señora rectora, para los señores consiliarios, exrectores, exconsiliarios y demás miembros de la mesa directiva, pero especialmente para estos jóvenes, señoritas y señores colegiales de número que hoy han sido consagrados, y para todos los que hacen parte de esta familia rosarista, tres regalos que necesitamos todos y que van a necesitar ustedes, y que los van a asumir de corazón en este servicio que ahora Dios y la Universidad les confieren.
Son tres regalos que yo le pido al Señor permanentemente para mi vida, pero que quiero también compartirlos con ustedes. Lo pido todos los días.
El primer regalo es la sabiduría.
La sabiduría les da la posibilidad de discernir, de tener claridad, de leer la realidad, de escuchar, de escuchar su propia conciencia, de escucharse hacia adentro y de ser capaces de salir para escuchar. Sabiduría que viene del Espíritu Santo, sabiduría que le da luz al camino y a la vida, sabiendo que tendremos momentos de oscuridad, pero sabiduría que estará ahí creando, recreando, transformando, proponiendo, valorando la sabiduría que el otro aporta.
El segundo regalo es la humildad.
El segundo regalo que pido para ustedes, jóvenes, sabiendo que es un servicio maravilloso donde los jóvenes tienen la palabra, es el don de la humildad, que viene de humus, que viene de sencillez, que viene presentado, vivido y proclamado por el Hijo de Dios, por Jesucristo el Señor, que les dijo a los discípulos: “El que quiera ser el primero, que sea el último”.
Último no significa el peor. Último significa el que se pone a ras de piso para entender al otro y para servirlo con amor. Él lavó los pies a los discípulos y entregó su vida en la cruz.
Humildad que va contra corriente a la vanidad en todas sus formas. La vanidad es traicionera, porque la vanidad nos vuelve arrogantes, nos vuelve autoritarios, nos vuelve sordos, nos vuelve ciegos.
Por lo tanto, la humildad será un adorno de las virtudes y de las cualidades que el Señor ha dado a ustedes en su vida joven. Humildad para que, en tiempos de autoritarismo, de ejecuciones extrajudiciales y de determinaciones guerreristas, ustedes sean capaces, con humildad, de trabajar y servir a la paz, a la dignificación del ser humano, a la no violencia que nos lleva a encontrarnos como hermanos: la verdadera fraternidad.
Y el tercer regalo que le pido al Señor para ustedes es el regalo de la alegría.
Hay motivos para estar tristes permanentemente. Hay desafíos que superan nuestras capacidades. Pero no pierdan nunca la alegría. Mantengan la sonrisa, mantengan la alegría. La alegría no es carcajada. La alegría no es algo externo. La alegría es un gozo sereno, interior, espiritual y es una gran fortaleza contra la depresión, contra el sin sentido, contra el pesimismo.
La alegría produce esperanza. Que sean portadores de alegría, profetas de alegría, mensajeros de alegría en medio de un mundo que sufre, que tiene dolores, que tiene padecimientos. Y ustedes también los tendrán, pero no permitan que nada les robe la alegría.
Tres regalos para ustedes: sabiduría, humildad y alegría.
Felicitaciones.
