En este contexto, la educación emocional se consolida como una herramienta clave para comprender, gestionar y transformar las emociones, no solo a nivel individual, sino también social. Para profundizar en este tema, conversamos con Rafael Bisquerra, referente internacional en inteligencia emocional, presidente de la Red Internacional de Educación Emocional y Bienestar (RIEEB) y profesor principal de la Maestría en Inteligencia Emocional y Bienestar de la Universidad del Rosario.
“Los índices son elevadísimos en ansiedad que afecta a casi toda la población”.
¿Qué cifras o tendencias recientes nos permiten entender la magnitud de la crisis de salud mental que vive hoy el mundo y por qué es urgente hablar de educación emocional?
Rafael Bisquerra:
Las cifras son muy elevadas en cuanto a ansiedad. Muchos las sitúan como mínimo en más de un 30 % y pueden llegar hasta un 40 %. Pero el problema es que la ansiedad va desde la que tiene toda persona, inevitablemente, hasta la que ya es patológica. El punto está en dónde establecemos el corte, porque es un continuum, y algunos lo sitúan antes y otros después.
En todo caso, los índices son elevadísimos. La ansiedad afecta a casi toda la población, aunque no siempre de forma patológica. La ansiedad patológica podríamos situarla alrededor del 30 %.
La depresión podría estar también más o menos en torno al 25 %. Se dice que de cada cuatro o cinco personas, como mínimo una sufre depresión, lo cual son cifras realmente espectaculares. El consumo de ansiolíticos, antidepresivos, tranquilizantes y somníferos son los medicamentos más consumidos en todo el mundo.
Se calcula que, en promedio, al año se consume aproximadamente un paquete por persona. Es decir, si en el mundo hay 8 mil millones de personas, podrían consumirse 8 mil millones de paquetes. Si cada uno cuesta unos 10 euros, estamos hablando de unos 80 mil millones de euros al año, una cifra superior a la mayoría de los presupuestos de muchos países.
Ante esto, nos hemos de preguntar qué se está haciendo en términos de prevención, pero también a quién le interesa la prevención.
“La violencia afecta principalmente a jóvenes menores de 30 años y preferentemente a hombres”.
¿Hay algún grupo o población específica que tenga mayores tasas o índices de salud mental?
Rafael Bisquerra:
A ver, si hablamos de cada caso en particular, podemos identificar algunos patrones. Por ejemplo, si hablamos de violencia, que está considerada por la OMS, la Organización Mundial de la Salud, como uno de los problemas de salud mental más importantes, pues sabemos que afecta principalmente a jóvenes menores de 30 años y, preferentemente, a hombres.
Sabemos también que en las cárceles hay aproximadamente un 90 % de hombres y un 10 % de mujeres, lo cual refleja en parte esta realidad en distintos sectores. Todo esto es muy importante tenerlo presente, porque una parte de la violencia, al concentrarse en estas edades, coincide con lo que podríamos llamar la “inundación de la testosterona” en jóvenes y adolescentes.
Yo voy a defender y lo hago en mis clases que todo el mundo tiene derecho a sentir enojo, rabia, furia, cólera o indignación. Pero, por muy intensa que sea esta emoción, nunca debería derivar en ningún tipo de violencia. La violencia es una manifestación de analfabetismo emocional.
Si quieren tomar conciencia de los elevados índices de analfabetismo emocional que hay en el mundo, basta con leer la prensa. Al hacerlo, podrán ver cómo este analfabetismo llega incluso a las más altas esferas de la política internacional, incluyendo a los líderes de los países más potentes del mundo.
“La mejor prevención es potenciar el bienestar”
¿Cómo responde la maestría en inteligencia emocional y bienestar a estas cifras?
Rafael Bisquerra:
Pues podríamos decir que los elevados índices de ansiedad, estrés, depresión, burnout, consumo de drogas, ideación suicida, etcétera, etcétera, en el fondo son manifestaciones y son respuestas al malestar.
La maestría tiene en el título la palabra bienestar. La mejor promoción y prevención que podemos hacer de todo esto que estamos hablando es potenciar el bienestar, porque cuando una persona se siente bien y es conscientemente de que se siente bien y tiene un bienestar consciente y un bienestar compartido, no tiene necesidad de agredir a nadie, de insultar, de pegar. No tiene necesidad tampoco de consumir ansiolíticos, antidepresivos, tranquilizantes, no tiene ideación suicida.
Y por esto ir directamente al fondo de la cuestión que es potenciar el bienestar.
“La educación emocional se debe iniciar antes del nacimiento”.
¿Cuáles son los campos en los que puede estar una persona que estudia la maestría en inteligencia emocional y bienestar?
Rafael Bisquerra:
Pues gracias por la pregunta, porque pueden estar formando a las familias. La educación emocional se debe iniciar antes del nacimiento, nueve meses antes del nacimiento con las familias, y es importante.
Cuyo efecto es la secreción de cortisol por parte de mujeres embarazadas que, a través del cordón umbilical, pasa directamente al feto, y esto tiene efectos a largo plazo. Ahí hay un sector importante de intervención: la educación en las familias, en madres y padres, para que desde el crecimiento sepan cómo crear un vínculo emocional caracterizado por el apego seguro.
También, evidentemente, en la educación infantil, en la educación primaria, en la educación secundaria, en la formación profesional y en la educación universitaria, para referirnos a la etapa de la educación reglada o educación formal. Pero después debe continuar a lo largo de toda la vida, en la formación continua en las organizaciones. En cualquier empresa se puede hacer formación en estos temas, y se sabe que es altamente necesario. Para dar una cifra: actualmente, más del 50% de las bajas en las empresas son de carácter psicosocial, es decir, debido principalmente a ansiedad, estrés y depresión.
Por otra parte, hay un sector muy específico que es el de la salud. Los profesionales de la salud han recibido una formación eminentemente médico-biológica, pero no han recibido, en general, formación en competencias emocionales. Y aquí hay un trabajo importante que hacer, porque las emociones juegan un papel muy importante en la salud de las personas y en el vínculo que se establece entre médico y paciente.
Otro sector muy importante es el del deporte, tanto en la educación física como en cualquier tipo de práctica deportiva: clubes, centros de fitness o con deportistas de élite. Imagínense que un deportista está jugando una final muy importante, como la Champions en fútbol o el Roland Garros en tenis, y empieza perdiendo. Esto afecta a las emociones. Si falla un penalti, también afecta a las emociones y al rendimiento posterior. Por esto, el desarrollo de competencias emocionales en el deporte es un factor muy importante.
Pero es en muchos otros campos: en las personas mayores, en quienes viven situaciones de enfermedades crónicas o terminales, en afrontar la jubilación, la pérdida de facultades físicas y mentales o incluso los últimos momentos de la vida. Todo esto va cargado de mucha emoción. Y no hablemos ya de las preguntas sobre el sentido de la vida: ¿Qué hemos venido a hacer en este mundo?
Con esto he dado simplemente unas pinceladas. Podríamos resumirlo diciendo que las personas que quieran dedicarse a este campo están ante un ámbito pionero, que me gustaría ver cómo se va a desarrollar, porque podemos decir que hay ocho mil millones de personas que lo necesitan.
Una apuesta por el bienestar como transformación social
La educación emocional no solo responde a una crisis, sino que plantea una transformación profunda: pasar del tratamiento del malestar a la construcción consciente del bienestar.
En palabras de Rafael Bisquerra, el reto no es menor: se trata de intervenir en todos los ámbitos de la vida humana, desde antes del nacimiento hasta la vejez, en la educación, la salud, el trabajo y la sociedad en su conjunto.
Un desafío urgente en un mundo donde, como él mismo señala, prácticamente toda la población necesita desarrollar competencias emocionales para vivir mejor.
¡Conoce nuestra Maestría en Inteligencia Emocional y Bienestar!

