Rufino Cuervo y la educación
Rufino Cuervo y la educación
Educador, abogado y político, el Dr. Rufino Cuervo fue personaje ilustre de la Colombia del siglo XIX.
Un retrato del Museo de la Universidad del Rosario representa al Dr. Rufino Cuervo en la más alta posición a que puede aspirar un ciudadano: presidente de la República. El Dr. Cuervo ejerció en calidad de encargado del Poder Ejecutivo, en ausencia del general Tomás Cipriano de Mosquera, en 1847.
Antes de conocer algo de la labor educativa del personaje y como complemento a la obra pictórica, veamos el retrato hablado que hicieron sus hijos, Ángel y Rufino[1]:
Tuvo el Doctor Cuervo fama de poseer el arte de la conversación y de saber agradar en la sociedad. De estatura elevada, porte desembarazado, facciones noblemente delineadas, ojos vivos, semblante animado y expresivo, ademanes graciosos y elegantes, metal de voz gratísimo, maneras finas sin la más leve afectación, hallaba en su variada instrucción infinidad de temas interesantes, y el conocimiento práctico de los hombres, adquirido en una vida agitada, le permitía acomodarse al gusto de cualesquiera interlocutores, amenizándolo todo con anécdotas y dichos felices y oportunos.
La educación del joven Rufino.
Conclusiones de Derecho natural y de gentes, defendidas por Rufino Cuervo en 1820. AHUR, caja 20 f. 14.
Como era costumbre, lo básico de su formación lo adquirió en casa, antes de estudiar formalmente en los colegios de San Bartolomé y del Rosario:
Muerto D. José Antonio Cuervo sin mayores bienes de fortuna, su hermano D. Nicolás tomó á su cargo la educación de Rufino, y llevándolo á su casa, al par que le encaminaba con el ejemplo á la práctica de las virtudes cristianas, le enseñó los primeros rudimentos de la lengua latina. Le fueron tan provechosas estas lecciones, que cuando en 1809 vistió la beca en el seminario do San Bartolomé, pudo á pesar de su corta edad ponerse entre los primeros estudiantes de sus clases, y con gran rapidez ganó los cursos de humanidades y filosofía hasta graduarse de bachiller en artes; aplicóse luego á la jurisprudencia civil y canónica, defendió públicas conclusiones en sagrados cánones y se graduó de bachiller en leyes. Según sus certificados, “mereció por sus grandes talentos que se le confiase la oración de estudios” en 1817. Pasó de allí al Colegio Mayor del Rosario, donde continuó y concluyó el segundo curso de derecho canónico, graduándose de doctor en 1819. Oyó en seguida las lecciones de derecho público que daba el doctor Ignacio Herrera y defendió “con lucimiento y dando pruebas de su talento y aplicación” públicas conclusiones sobre varios puntos de esta facultad. En 1821 pronunció la oración de estudios. Practicó asistiendo al bufete del doctor Sebastián Esguerra; sufrió ante tres letrados el primer examen prevenido por la ley de tribunales; para el segundo ocurrió al estudio del fiscal á sacar autos, lo que hizo tocándole unos sobre la propiedad de una casa, y habiéndose presentado después personalmente ante la Alta Corte de Justicia, se le hizo á puerta abierta el examen sobre la materia del expediente, y obtenida la aprobación del tribunal, recibió el título de abogado el 29 de Agosto de 1823.
Efectivamente, el joven Rufino cursó los años 1818-19 en el Rosario, en el último de los cuales defendió conclusiones bajo la dirección del Dr. Ignacio de Herrera. Vistió la beca rosarista el 27 de marzo de 1819[2]. Los frutos de su aplicación comenzaron a verse: unas veces replicando por su colegio en conclusiones de otros establecimientos, otras ganando por oposición la cátedra:
Su tío, temeroso de que el engreimiento de los primeros triunfos malograse sus esperanzas, no le dio en un principio, cuando todos se deshacían en elogios, otro aplauso que decirle: “Rufino, el año entrante lo harás mejor”. Sin embargo, su júbilo rebosaba al ver que poco á poco no sólo bastaba á lucir en sus estudios particulares, sino que ganaba nombre fuera de los claustros, y llevado del deseo de comunicar á los demás sus conocimientos, tomaba por propia la causa de la educación. En efecto, varias veces replicó por su colegio en los actos públicos de los otros, “manifestando sus grandes talentos y muy buena erudición”: presidió como profesor de retórica, un acto público, en que el discípulo que lo sustentaba mereció singular aprobación, y otros privados de geometría y Sagrada Escritura; fue por tres años catedrático de lengua latina en el Colegio del Rosario sin recibir retribución alguna; por dos veces se opuso á la cátedra de filosofía, y obtenida, la regentó también gratuitamente el primer año, dictando unas lecciones de ética que sabemos se conservaban manuscritas hace poco tiempo.
Su primera oposición a la cátedra de Filosofía fue en 1820, obtenida por Manuel Forero. La obtuvo, finalmente, en 1822[3]. La vida académica consistía en la emulación constante del talento, los colegios rivalizaban por ganar la victoria pública:
El principal móvil con que se trataba entonces de estimular á los jóvenes al trabajo y á adquirir buen nombre, era la emulación, tanto en su mismo claustro cuanto en los demás de la ciudad. Para unas conclusiones no había de contentarse un joven aprovechado con las nociones que le proporcionaba el libro de texto, sino que debía buscar nuevos argumentos y cuestiones con que sorprender á sus contrarios; por eso era indispensable que los colegios tuvieran biblioteca, y en ella se aprendía á consultar los libros y á ensanchar la esfera de las ideas. Cobraban estos actos mayor importancia con la rivalidad que existía entre los colegios del Rosario y San Bartolomé, pues era uso establecido que los estudiantes del uno habían de ir á replicar á los del otro, y esto en medio de una gran concurrencia y delante del cuerpo docente de la ciudad y de las primeras autoridades del Estado y de la Iglesia. El público se apasionaba tanto en estos torneos literarios, que se mostraba en la calle con el dedo al vencedor y al vencido. El laureado estaba seguro de ser bien acogido hasta en las casas más distinguidas, y agasajado de todos, entraba de hecho á la aristocracia del talento, superior entonces á la del dinero, y hallaba abierto el camino para una lucida carrera pública. Cuando un joven de aventajadas prendas coronaba sus estudios, todos creían de su deber ratificar en el trato común las calificaciones académicas; así vemos que desde el punto que se graduó Rufino Cuervo, nunca se dejó de poner á su nombre el título de Doctor.
Comunicación del Dr. Rufino Cuervo como rector de la Universidad Central, 7-4-1837. AHUR, caja 29 f. 286.
El Dr. Cuervo fue catedrático del Rosario y, durante su estancia en Popayán, de la Universidad del Cauca[4]:
(...) además de las simpatías que se conciliaba por su carácter, influía el interés que tomaba por la población y en particular por la Universidad. En ésta desempeñó sin remuneración alguna la secretaría y las clases de legislación civil y penal, á las que concurrían no sólo los estudiantes sino los empleados de la Universidad y aun personas extrañas, atraídas por la novedad con que trataba las materias. Sus discípulos, que casi todos han lucido después en destinos de importancia, hicieron tales progresos, que estos cursos se citan como de los más notables que allí se siguieron, con ser así que al claustro de esta Universidad habían dado lustre un José Félix Restrepo, un Joaquín Mosquera y otros. Diez años después pasaba por Popayán D. Joaquín Acosta con dirección á Quito, adonde iba de ministro de la Nueva Granada, y felicitaba calurosamente al Doctor Cuervo porque la mayor parte de los jóvenes que estaban figurando se gloriaban de ser sus discípulos, y más aún porque sus doctrinas habían formado escuela. Tanta fue la influencia de su enseñanza. A más de la merecida reputación que disfrutaba la Universidad de Popayán por la sólida instrucción que en ella se recibía, teníala envidiable en toda la República, tal que aun jóvenes de Bogotá la frecuentaban, por la pureza de sus enseñanzas y por la moralidad que allí reinaba, y por cierto no era sino reflejo de la proverbial de la población. Para poner esto en su punto basta recordar que componían el cuerpo universitario el doctor Manuel José Mosquera, que tan ilustre había de ser como Arzobispo de Bogotá, D. Lino de Pombo, D. José Antonio Arroyo, D. Manuel Mariano Urrutia y otros no menos respetables por su saber y virtud, y que dirigida la educación religiosa por el mismo señor Mosquera, y unidos todos los profesores no sólo por la comunidad de ideas y el amor á la juventud, sino por cordial amistad, todas las cátedras armonizaban, sin que se oyera una nota discordante.
Un catedrático que explicaba su materia acudiendo a la oportuna erudición histórica y literatura:
Al mismo tiempo que le ocupaban estas tareas, no dejaba las de la enseñanza, como que á poco de su vuelta tornó á encargarse en la Universidad de Bogotá de las cátedras que durante su ausencia había dejado en manos del sustituto. Sus discípulos recuerdan todavía con particular agrado, aun con entusiasmo algunos, aquellas lecciones en que el profesor explicaba con sorprendente claridad y precisión las materias más abstrusas, amenizándolas con oportunas excursiones por el campo de la historia y la literatura, y empleando discretamente aquella gracia urbana que constituía el principal encanto de su trato. Esta feliz alianza le conciliaba respeto al par que cariño de parte de los jóvenes, á quienes llamaba sus amigos; y lo era de hecho, pues, no limitándose á imbuírles doctrina en el aula, fuera de ella tenía para los estudiantes pundonorosos consejos paternales, y ellos encontraban en él no sólo sabia dirección, sino también defensa y arrimo.
Según sus biógrafos, plasmó sus lecciones de Derecho internacional en una cartilla que alcanzó dos ediciones[5]:
A esta época corresponde el Programa sinóptico de Derecho Internacional, redactado en cumplimiento de la disposición universitaria relativa á la formación de programas. Este, conforme su nombre lo da á entender, pone á la vista los principios de dicha facultad, ingeniosamente distribuídos, y expuestos con clara y comprensiva brevedad. Fue aprobado por la Dirección de Instrucción pública, así como mereció el aplauso de los entendidos, y lo merece hoy de los que lo conocen. Se han hecho de él dos ediciones. Es además importante para la biografía de su autor, porque en él se ve que enseñaba que “una prudente y amplia amnistía, observada religiosamente, es el remedio más oportuno para consolidar la paz después de los trastornos políticos”; doctrina que ya vimos aconsejó en la práctica para los dictatoriales de 1830, y á que adhería tan de corazón (...).
Sus ideas morales y filosóficas quedan claras por los discursos que dio en sesiones académicas de la Universidad[6]:
Comisionado por el Cuerpo universitario, pronunció á principios de 1846 la oración que precedió á la colación de grados, y como si anteviese los estragos que amenazaban á la juventud, se contrajo á demostrar que ningún conocimiento es útil si no tiene por guía y base la virtud. Proclamando la excelencia de la moral evangélica, que ha civilizado á Europa y América formando una sola familia de sus naciones y hecho prosperar con su influencia las ciencias y la industria, la agricultura y el arte mercantil, abomina “aquella moral egoísta y sensual que produjo la filosofía cínica del siglo anterior y que nuestro espíritu novelero y versátil acogió con interés”. Señala la reforma que, gracias al celo del actual Rector y empleados, ve en las costumbres “no poco estragadas antes por la circulación de doctrinas inmorales, cuya moda va pasando ya por un favor especial de la Providencia”. Recomienda á los jóvenes que jamás se distraigan del estudio dedicando á la política una atención que todavía la patria no exige de ellos; y para concluir les ruega que al entrar en el torbellino del mundo conserven el desprendimiento, la lealtad y la franqueza propias de la juventud, sin dejarse corromper por el sórdido egoísmo, que bajo diferentes formas ha venido á reemplazar el espíritu público de los pueblos libres; y les da la voz de alerta contra el petulante engreimiento que suele acompañar á muchos al dejar los bancos universitarios, declarando que para los que se han dedicado al cultivo de las ciencias el estudio no debe terminar sino con la muerte.
Para apreciar la estimación en que se le tenía, vale la pena copiar los términos de una carta que le dirige el general Santander [30-12-1836][7]:
Los doctores de esta Universidad (...) lo han nombrado Rector en concurrencia con el doctor Soto, y el Gobierno ha aprobado la elección, prometiéndose que usted acepte el Rectorado por amor a la educación, por gratitud a los electores, y por interés en favor de este establecimiento literario, que debiendo ser el primero de la República, es el último. Si mi interposición vale algo para con usted, me interpongo para que acepte.
En sus escritos, nuevamente, es notoria la posición cauta, conservadora en materia de reformas educativas:
Por Junio del mismo año [1846] determinó el Consejo universitario solicitar del Gobierno se recopilasen todas las disposiciones vigentes sobre estudios, y que al mismo tiempo se señalasen las reformas convenientes en cada facultad. Al Doctor Cuervo tocó informar sobre la enseñanza de la jurisprudencia, y lo hizo indicando los cursos que debía abrazar, las materias de cada uno y el método con que debían seguirse, agregando observaciones de un carácter general aplicables en parte á las demás facultades. Copiaremos el párrafo final de este informe que explica la justa medida en que concilia la conservación de lo existente con la introducción de mejoras. “Si naciones adelantadas en civilización, ilustradas por una larga experiencia, ricas, pobladas y unidas por un activo comercio de ideas y de intereses, luchan todavía con graves dificultades y marchan de ensayo en ensayo y de reforma en reforma para lograr un sistema perfecto de educación, ¿qué deberá decirse de una nación nueva, escasa de población, heredera de los viejos hábitos y absurdas rutinas del antiguo régimen? Persuadido constantemente el que suscribe de que para un pueblo naciente es igualmente peligroso innovarlo todo, que mantenerlo todo en una situación estacionaria, ha procurado ser circunspecto en sus ideas de reforma, tratando de introducir solamente lo que la práctica de naciones ilustradas ha consagrado definitivamente como bueno, y nuestras circunstancias hacen adaptable; respetando y conservando de las disposiciones vigentes cuanto en ellas hay de útil y conveniente”.
Al Dr. Cuervo le correspondió sintetizar una legislación educativa que, partiendo de los planes de 1842 y 1844, produjo el Decreto orgánico de 14 de septiembre de 1847, como vicepresidente encargado del Poder Ejecutivo. De sus disposiciones, conviene recordar la división en las cinco escuelas tradicionales: Literatura y Filosofía, Jurisprudencia, Medicina, Ciencias eclesiásticas y Ciencias, Física y Matemáticas. El ciclo de estudios contemplaba tres grados: bachiller, licenciado y doctor, cursados en este orden[8].
El retrato de Cuervo.
En el catálogo de obras de José María Espinosa[9], aparece una obra con las siguientes características:
48
Rufino Cuervo
ca. 1849
Carboncillo sobre papel de carta azul
32,5 x 24,1 cm
Sin firma. Identificado
Museo Nacional de Colombia
Reg. 1954
NH 193
Este dibujo podría ser la base de por lo menos dos retratos al óleo del personaje: uno existente en la colección del Instituto Caro y Cuervo, pintado por Édouard Viénot, en 1841[10], y el existente en la colección del Museo de la Universidad del Rosario, de autor anónimo. El retrato de Cuervo presidente puede verse, aparte de las citadas colecciones, en las obras relativas al personaje: Vida de Rufino Cuervo y noticias de su época (1892) y Epistolario del doctor Rufino Cuervo, tomo III (1922); además, en una estampilla de correos emitida en 1917[11].
El citado Epistolario presenta dos imágenes complementarias del personaje: una miniatura de 1830 y una excursión al Cotopaxi. La primera de ellas es una rareza que, al parecer, no ha sido presentada en las exposiciones del Museo Nacional y la Casa Cuervo.
Rufino Cuervo, miniatura hecha en 1830 [Epistolario, tomo I: 1918].
[1] Cuervo, Á., Cuervo, R. (1892). Vida de Rufino Cuervo y noticias de su época. París: A. Roger & F. Chernoviz.
[2] AHUR, caja 95 ff. 546-53. Dos hermanos también vistieron la beca blanca: José Antonio y Francisco de Sales.
[3] AHUR, caja 20 ff. 177-85.
[4] Mediante decreto de 24 de abril de 1827, se creó la Universidad Departamental del Cauca, con el Dr. Cuervo como secretario y catedrático de Jurisprudencia universal y penal. Martínez, A. (2018). Historia de la primera República de Colombia, 1819-1831. “Decid Colombia sea, y Colombia será”. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.
[5] No está en la Biblioteca Nacional. Existe, en cambio, un manuscrito en la Biblioteca Luis Ángel Arango con el siguiente título: Trabajos de moral para el curso de filosofía que dictó en el Colegio del Rosario en el trienio de 1822 a 1825 a la edad de veinte años / Rufino Cuervo. Ángel y Rufino Cuervo resumieron el contenido del curso en su biografía.
[6] El Dr. Cuervo fue elegido rector de la Universidad Central en 1837. Gaceta de la Nueva Granada, n. 277: Bogotá, domingo 1 de enero de 1837.
[7] Cuervo, L. (1918). Epistolario del doctor Rufino Cuervo (1826-1840). Bogotá: Imprenta Nacional
[8] Pacheco, I. (2002). Evolución Legislativa de la educación superior en Colombia. Educación culpable, educación redentora.
[9] José María Espinosa: abanderado del arte y de la patria. Museo Nacional de Colombia. 19 de octubre de 1994 – 29 de enero de 1995.
[10] Casa cuervo Urisarri. (2018). Dos por uno. Parejas de retratos en Colombia. Hay noticia de la inauguración de otro retrato del personaje, por motivo del centenario de su muerte, en el Colegio departamental de La Merced, decretado por la Gobernación de Cundinamarca. Boletín de Historia y Antigüedades, XL(469-70), 616-26.
[11] Banrepcultural. Colección filatélica [Estampillas]. Personajes y motivos colombianos – Rufino José Cuervo. Es notable que aún siga confundiéndose al ilustre padre con el ilustre hijo.