Radiografía de la desigualdad en Colombia: la nueva medición subregional de brechas de género
Por:Dalia C. Barragán Barrera
Foto:Ximena Serrano, Alberto Sierra y URosario
Economía y política
Por:Dalia C. Barragán Barrera
Foto:Ximena Serrano, Alberto Sierra y URosario
“… Creo que ahora, en vísperas de un nuevo milenio, es hora de romper el silencio. Es hora de que digamos aquí (…) y que el mundo lo oiga: ya no es aceptable hablar de los derechos de las mujeres como algo separado de los derechos humanos (…) Si hay un mensaje que resuena (…) que sea que los derechos humanos son derechos de las mujeres, y los derechos de las mujeres son derechos humanos, de una vez por todas…”.
Era 1995 cuando Hillary Rodham Clinton, la entonces primera dama de los Estados Unidos, alzó la voz en Beijing (China) durante la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas. Allí defendió con firmeza que los derechos de las mujeres son también derechos humanos, sintetizando su mensaje en una frase que se volvió emblema mundial: “los derechos humanos son derechos de las mujeres, y los derechos de las mujeres son derechos humanos”.

En casi todos los territorios, las mujeres registran menores tasas de participación laboral y mayores niveles de informalidad. Las desigualdades salariales persisten y el uso de plataformas financieras y digitales siguen siendo menores entre las mujeres, sobre todo, en zonas rurales, lo cual limita su integración en la economía digital.
Aquellas palabras que retomaban las luchas que mujeres abolicionistas y protofeministas venían impulsando desde el siglo XIX, marcaron un punto de inflexión, porque las desigualdades entre hombres y mujeres persisten en el mundo entero. Sin embargo, medir brechas de género hoy en día exige una mirada más amplia: reconocer no solo las desigualdades que históricamente han afectado a las mujeres, sino también aquellas que, en determinados ámbitos, afectan más a los hombres. La equidad, por definición, requiere observar ambos lados de la balanza.
“Las palabras de Clinton trascendieron por su poder simbólico y por expresar un consenso que venía gestándose en el movimiento internacional de mujeres”, explica Lina María Céspedes, profesora de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario. “Más allá del discurso, fue lo que ocurrió en Beijing en 1995 (la adopción de la Plataforma de Acción y los compromisos de los Estados) lo que impulsó una agenda global que puso en el centro el seguimiento, la rendición de cuentas y la producción de información sobre igualdad de género. Medir es reconocer, y ese es el primer paso para transformar”, concluye.
En 2011, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) creó ONU Mujeres, acompañada del programa Women Count, orientado a mejorar la producción, el uso y la difusión de datos y estadísticas de género. “La medición permite generar evidencia para entender el estado de los derechos de las mujeres y orientar la formulación de políticas públicas”, destaca Céspedes.
Sin embargo, los índices globales no siempre capturan las particularidades territoriales ni las desigualdades que también afectan a los hombres. En Colombia, iniciativas como el Índice Departamental de Equidad de Género (2020), diseñado por el Centro de Investigación y Desarrollo Educativo para la Equidad de la Mujer y Kynapsys Research and Consultancy, o los informes Mujeres y Hombres: brechas de género en Colombia elaborados por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), ONU Mujeres y la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer (2020 y 2022), han representado avances significativos y han abordado múltiples dimensiones de la desigualdad con enfoque territorial. Estos esfuerzos, sin embargo, también abrieron el espacio para profundizar en nuevas aproximaciones conceptuales y metodológicas que permitieran comprender con mayor detalle cómo se estructuran las brechas en cada departamento.

Medir brechas de género hoy en día exige una mirada más amplia: reconocer no solo las desigualdades que históricamente han afectado a las mujeres, sino también, aquellas que, en determinados ámbitos, afectan más a los hombres.
A partir de esas limitaciones, surgió una inquietud compartida por la Universidad del Rosario, el Consejo Privado de Competitividad (CPC) y Davivienda: “cómo contribuir con el mejoramiento de las mediciones que existen, con una reflexión conceptual más robusta, que permitiera estructurar pilares capaces de capturar las distintas dimensiones de inequidad que experimentan mujeres y hombres”, indica la profesora Céspedes.
Así nació la Medición Subregional de Brechas de Género (MSBG), una herramienta que busca entender la forma como varían las desigualdades según el territorio. “Queríamos una medición que fuera más allá de comparar cifras económicas y que contextualizara las diferencias en las condiciones de vida y en las oportunidades de hombres y mujeres, a partir de las condiciones estructurales de cada territorio”, explica Daniel Torralba Barreto, investigador del estudio y coordinador del Centro de Estudios para la Competitividad Regional (SCORE) de la Universidad del Rosario.
La MSBG 2024 es una herramienta para analizar las desigualdades estructurales entre hombres y mujeres, a partir de seis pilares temáticos: bienestar, cuidado, mercados, liderazgo, educación y salud. La medición reúne 74 indicadores provenientes de 13 fuentes (DANE, Ministerios de Educación y de Salud y Superintendencia Financiera de Colombia, entre otras), lo cual permite comparar el desempeño del Distrito Capital y de los 32 departamentos de Colombia.
Cada pilar se divide en subpilares que abarcan temas como acceso a servicios, participación laboral o salud mental. La MSBG facilita integrar variables sociales, económicas y de infraestructura en una sola medición que sintetiza el nivel de equidad de género de cada territorio.
“Uno de los principales retos fue conceptualizar de forma rigurosa qué entendemos por brecha, género y equidad”, agrega Torralba. “No queríamos medir solo las diferencias entre hombres y mujeres, sino también las condiciones estructurales de cada territorio que las explican y, a su vez, las visibilizan”.
Aunque la metodología puede ser compleja, su esencia es sencilla: mide las diferencias de acceso, oportunidades o resultados entre hombres y mujeres, ajustadas por la capacidad de desarrollo de cada territorio. Este enfoque permite comparaciones más justas y comprender las razones por las cuales persisten las desigualdades.
La metodología prioriza la transparencia y la replicabilidad. “Seguimos trabajando en definir completamente esta brecha con nuestra medición en todo el país y, por eso, invitamos a la comunidad a revisar y discutirla con miras a mejorarla”, señala Torralba.
El pilar de infraestructura del cuidado es uno de los aportes más innovadores de la MSBG, porque este componente reconoce el valor económico y social de las tareas domésticas y del cuidado no remunerado, históricamente invisibilizados, e incorpora variables como la existencia de centros de atención, el acceso a servicios básicos y la distribución del tiempo entre hombres y mujeres. Su inclusión subraya que el bienestar colectivo depende de redes de cuidado que sostienen la vida, mantenidas muchas veces, por las mujeres sin reconocimiento ni apoyo institucional.

“En zonas rurales y con altos niveles de pobreza, la falta de centros especializados y de transporte adecuado hace que las mujeres dediquen más tiempo a las labores del hogar, restringiendo su acceso a lo más valioso, el tiempo. Solo con este, se puede acceder a empleo o educación”, reflexiona Lina Céspedes, investigadora principal del MSBG y profesora de la Facultad de Jurisprudencia de la URosario.
Los resultados de la MSBG muestran que las desigualdades en infraestructura y servicios de cuidado son una de las principales fuentes de brecha en el país. “En zonas rurales y con altos niveles de pobreza, la falta de centros especializados y de transporte adecuado hace que las mujeres dediquen más tiempo a las labores del hogar, restringiendo su acceso a lo más valioso, el tiempo. Solo con este, se puede acceder a empleo o educación” reflexiona Céspedes, investigadora principal del MSBG. Reconocer el cuidado como un derecho y no como una tarea privada es esencial para avanzar hacia una verdadera equidad de género.
En el año 2025, la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció el derecho al cuidado como un derecho autónomo, con base en los principios de corresponsabilidad, igualdad y solidaridad. Tal como reflexiona la profesora Céspedes en su blog Una cuestión de cuidado, cuidar no es un mandato natural ni una virtud femenina, sino una práctica social e histórica relacionada con la economía, la tecnología y la cultura.
El análisis del pilar de mercados confirma que la autonomía económica sigue siendo un desafío central. En casi todos los territorios, las mujeres registran menores tasas de participación laboral y mayores niveles de informalidad. Las desigualdades salariales persisten y el uso de plataformas financieras y digitales siguen siendo menores entre las mujeres, sobre todo en zonas rurales, lo cual limita su integración en la economía digital.
“En cuanto al acceso a cargos de representación y liderazgo, los resultados reflejan avances y también retos importantes”, manifiesta Pamela Caiza Guamán, economista e investigadora del SCORE. “Aunque la participación de las mujeres en cargos directivos dentro de la administración pública ha aumentado, su presencia en posiciones de elección popular (alcaldías, gobernaciones o congreso) sigue siendo baja”. Persisten barreras como la falta de financiamiento para campañas, la escasa visibilidad mediática y los estereotipos de género que afectan la percepción pública sobre el liderazgo femenino.
¿Y cómo se manifiestan esos estereotipos de género? Por ejemplo, en la película Barbie (2023) lo explican invirtiendo con mucha agudeza los papeles entre hombres y mujeres. En el universo de Barbie, Barbieland, las mujeres ocupan todos los roles de poder, mientras los hombres, los Ken, se encuentran relegados a un papel secundario. Al final de la película, Ken exclama con seguridad “I’m Kenough” (un juego de palabras con su nombre y la palabra enough, para afirmar que él se basta a sí mismo y no necesita la aprobación de los demás).

“Queríamos una medición que fuera más allá de comparar cifras económicas y que contextualizara las diferencias en las condiciones de vida y en las oportunidades de hombres y mujeres, a partir de las condiciones estructurales de cada territorio”, explica Daniel Torralba Barreto, investigador del estudio y coordinador del Centro de Estudios para la Competitividad Regional (SCORE) de la Universidad del Rosario.
Entender esta historia a través de los ojos de Ken es una herramienta muy eficaz para comprender lo que muchas mujeres experimentan en el mundo real: la dificultad de ser reconocidas como líderes, incluso, cuando tienen las mismas o mayores capacidades que los hombres. Como en la película, el reto no es solo “dar espacio” a las mujeres, sino transformar la cultura que sigue considerando excepcional que ellas ocupen posiciones de poder.
En el ámbito educativo, la MSBG revela algunos contrastes. Aunque las mujeres presentan mayores tasas de matrículas en casi todos los niveles educativos, también enfrentan mayores índices de analfabetismo en regiones con alta ruralidad y presencia de comunidades étnicas. La permanencia y la calidad educativa siguen siendo desafíos pendientes, en especial, en zonas con baja infraestructura o altos niveles de pobreza.
En salud, el estudio visibiliza brechas relacionadas con el acceso a servicios, salud mental y mortalidad. “Aquí la brecha se inclina hacia los hombres, con menores tasas de acceso a salud mental, lo cual se traduce en mayor mortalidad asociada a suicidios” indica Torralba. En Colombia, por ejemplo: los hombres representan cerca del 80 % de los suicidios registrados entre 1990-2019.
Esta realidad sugiere que la brecha en salud mental tiene matices. Si los hombres enfrentan una vulnerabilidad significativa en términos de salud mental y mortalidad, en departamentos como Chocó, Amazonas y La Guajira, la falta de infraestructura sanitaria afecta de manera desproporcionada a las mujeres, evidencia clara de la relación directa entre desarrollo territorial y bienestar.
Esto confirma que las desigualdades de género afectan a hombres y mujeres dependiendo del contexto.
Para Céspedes, la principal virtud de la MSBG no es el ranking, sino su capacidad de ofrecer evidencia para actuar: “La medición permite identificar dónde están las desigualdades tanto para mujeres como para hombres y, sobre todo, orientar políticas que respondan a las realidades de cada territorio”. Por su parte, Torralba añade que “no se trata de competir entre departamentos, sino de entender las causas de las brechas para transformarlas”.
Además, esta medición busca promover un diálogo entre la academia, el Estado, la empresa privada y la sociedad civil acerca de cómo construir territorios más equitativos tanto para hombres como para mujeres, porque la equidad de género es un motor que impulsa el desarrollo económico del país.
En última instancia, la MSBG no pretende ser un ejercicio técnico aislado, sino una herramienta de cambio. Su valor radica en poner sobre la mesa datos concretos que visibilizan las desigualdades de género (en todas sus direcciones) y ayudan a tomar decisiones informadas. Medir no es un fin en sí mismo, sino el primer paso para construir políticas más justas, eficaces y adaptadas a la diversidad del país.

Esta gráfica muestra los resultados de la MDBG 2024 que, evalúa la equidad entre hombres y mujeres en los 32 departamentos y en el Distrito Capital.
Antes de leer el ranking, es importante entender un dato clave: en esta medición, un puntaje alto no significa una brecha más grande, sino todo lo contrario. Un mejor puntaje refleja mayor equidad, es decir, una menor distancia entre las condiciones y oportunidades de mujeres y hombres.
En una escala de 0 a 10, a mayor puntaje, menor brecha de género y mayor equidad.
Así, Bogotá encabeza el ranking con un puntaje de 7,16, seguida de Atlántico con 6,76 y Cundinamarca con 6,75, lo que indica que son los territorios con mayor avance hacia la igualdad de oportunidades.
En contraste, Guaviare con 3,07 y Amazonas con 3,33 presentan las mayores brechas que evidencian rezagos estructurales en educación, salud y liderazgo.
El promedio nacional se ubica en 5,5 puntos, lo cual significa que cerca de la mitad de los departamentos se encuentran por debajo del nivel medio de equidad, especialmente, en los pilares de cuidado y mercados.
