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Leonardo Palacios Sánchez, educador, investigador y neurólogo: “Las humanidades adornan las ciencias de la salud”

Por:Tania Valbuena

Foto:Ximena Violi

Hoy, con más de 100 artículos relacionados al campo de la mente ya publicados, y con 30 años en la docencia y la dirección en la Universidad del Rosario, el doctor Palacios mira atrás con la satisfacción de haber dejado un legado: libros e investigaciones trabajados con dedicación, y el de haber formado a jóvenes que hoy son su orgullo más grande.

¿Fue la belleza abrumadora de los cuadros de van Gogh resultado de la inspiración o de sus condiciones neurológicas y excesos? ¿Fue Mozart solo un genio musical excéntrico o también padeció del síndrome Gilles de la Tourette? ¿Acaso Don Quijote de la Mancha habría sido el mismo sin sus trastornos y alucinaciones? La exquisita sensibilidad del pintor, el ácido comportamiento del músico y el carisma inigualable del personaje de Cervantes siempre fueron placenteros puntos de partida para comprender el entretejido de la mente por parte de Leonardo Palacios, experimentado profesor, neurólogo e investigador de la Universidad del Rosario.

Esta cifra refleja un incremento exponencial y vertiginoso en la forma de trabajar de la gente. Aunque muchas empresas veían esta transformación como algo inminente en un futuro no muy lejano, muy pocas naciones en todo el mundo estaban verdaderamente preparadas para la inmediatez con la que surgió.

“Las humanidades adornan nuestro quehacer y permiten hacer más grata nuestra actividad, esta intensa labor en las ciencias de la salud”, refiere Palacios con luz en su mirada. Como investigador, desarrolló una afición por analizar las condiciones neuropsiquiátricas en personajes del arte, la historia y la ficción. Hoy, desde el aislamiento, comenta a Divulgación Científica que él y sus coautores no han parado de investigar al respecto y que, incluso, prepara un proyecto de popularización de las neurociencias denominado Neurodisney, basado en el análisis de personajes de las películas de Disney-Pixar.

Hoy, con más de 100 artículos relacionados con el fascinante campo de la mente, ya publicados, y con 30 años en la docencia y dirección en su querida Universidad, mira hacia atrás con la satisfacción de haber dejado un legado: libros e investigaciones trabajados con dedicación, y el de haber formado a jóvenes que hoy son su orgullo más grande “por ser grandes seres humanos y dedicar su tiempo y energía al servicio de la humanidad”.

Motivación temprana por la cultura

No fue una casualidad que Palacios se convirtiera en un médico amante de lo ‘humanista’. Nacido en un hogar bogotano y con siete hermanos, su idilio “con una gran biblioteca que tenían mis padres”. Este amor por las artes se reforzó desde muy temprano cuando aprendió a tocar el piano que su papá le heredó. Hoy, el instrumento pertenece a su hijo Leonardo, quien es maestro de música, canto lírico, dirección coral y orquestal, además de ser el director musical de Misi Producciones y profesor del programa de teatro musical de la Universidad del Rosario.

Gracias a que sus padres apreciaban mucho la cultura francesa, Leonardo y sus hermanos estudiaron en el Liceo Francés Louis Pasteur de Bogotá. El salto a la medicina, sin embargo, lo dio gracias al apoyo de su hermano, Eduardo, quien fue “como un padre” para él. Dieciocho años mayor, Eduardo Palacios creó el Programa de Especialización en Neurología en el Hospital San José, en convenio con la Universidad del Rosario, en 1977. Leonardo hizo allí su residencia en neurología para recibir su título.

Vínculos con su alma mater

Al terminar su bachillerato, Palacios tenía tres facultades de medicina para escoger: la de la Universidad Nacional de Colombia, la de la P ontificia Universidad Javeriana, y la del Rosario.

“Me presenté a la Universidad del Rosario, que desde siempre tuvo un prestigio extraordinario por sus egresados y su importancia para el país, e incluso desde que éramos el Virreinato de Nueva Granada”.

Palacios comenta convencido que “los egresados de esta casa somos humanistas, así provengamos de las ciencias”. Invita a recordar que las primeras carreras rosaristas fueron filosofía y teología para enseñar la doctrina de Santo Tomás, jurisprudencia y medicina.

Aquella vida académica de antaño se respira en las instalaciones antiguas de la Universidad: en el claustro, donde en sus muros hay una hermosa pinacoteca; en la capilla de nuestra señora de la Bordadita, con su colección de arte religioso; en el Archivo Histórico y en el Aula Máxima, donde se encuentran retratos de un buen número de rectores.

Medicina con humanidad

Durante sus estudios, Palacios ya mostraba interés hacia la historia de la medicina y las humanidades médicas, inspirado “por un fantástico profesor, Juan Mendoza Vega, médico, neurocirujano y columnista durante 30 años” en El Espectador.

Mendoza impresionó a Palacios por sus clases de historia de la medicina, deontología y legislación médica, y en particular por una conferencia que llamó Etiqueta médica, en la que enseñaba sobre el comportamiento de los médicos frente a la sociedad.

La vida no solo llenó a Leonardo Palacios de éxitos académicos, sino también de sabiduría y vivencias personales. “En ese trasegar empecé a estudiar el bienestar emocional y la felicidad, que estudiaron filósofos como Aristóteles”. Aprendió de Tenzin Gyatso, el actual Dalai Lama, que “el objetivo de nuestra vida es ser feliz y servir a los demás”, afirma.

De otro de sus referentes, el médico y profesor de la cátedra de Ética Médica Edmund Pellegrino, aprendió que “más allá de tener un enfermo, ese ser humano tiene un entorno social que debe ser explorado tan cuidadosamente como auscultar su corazón, su abdomen o sus reflejos”.

Palacios enseña a sus alumnos que “un médico debe portar siempre una bata blanca impecable, planchada, abotonada de arriba abajo, y mirar a los ojos, sonreír e invitar al paciente a romper el hielo”.

Con todo este aprendizaje, se graduó como médico y cirujano en 1984. Adelantó su servicio social obligatorio en la Clínica Infantil de la Caja de Compensación Familiar Colsubsidio, mientras que los fines de semana ejercía como médico de los hoteles de dicha organización ubicados en Paipa y Girardot. “Fue un año tranquilo; aprovechaba los espacios libres para ir al Hospital San José, donde me permitieron hacer rondas nocturnas en el servicio de neurología. En la clínica infantil conoció a Edgar Hernández Arbeláez, excelente neuropediatra a quien acompañaba en consulta mientras aprendía mucho sobre la materia.

Luego ingresó al programa de especialización en Neurología de la Universidad del Rosario, y continuó su residencia “aprendiendo de la disciplina apegado a mis maestros, revisando casos minuciosamente, empleando metodologías para entender lo que había ocurrido con una u otra condición médica”.

Cautivado por Francia y su cultura

Palacios conoció Francia, donde estudió neurología infantil en la Universidad de París V. Allí, relata, además de conocer a destacados médicos, lo sorprendió su experiencia en la unidad de epilepsia.

“Lo único obligatorio y sagrado para el equipo de profesionales era ir a almorzar todos juntos, y muy bien, no un ‘sanguchito’, sino un buen almuerzo que incluyese entrada, plato fuerte, postre, café y frutas, acompañado de un buen vino, y para los que quisieran, un ‘tabaquito’”, ríe contando. “Pero había otra norma –prosigue– y esa era la de no hablar de medicina durante todo el almuerzo a menos que se tratase de una emergencia”. Si alguien lo hacía, debía cantar, recitar o se comprometía a llevar dulces o chocolates: un castigo muy humanístico. En Colombia, en cambio, sacrificamos el almuerzo o el espacio libre por el trabajo.

“Los parisinos son grandes lectores, generalmente hablan de novelas”, relata. Veía conciertos, exhibiciones y adquiría diarios de a franco que mostraban las 300 películas de la semana, museos y presentaciones en las sedes de diferentes embajadas o iglesias. En aquel tiempo ingresar al Louvre el domingo era gratis, y todo ello en conjunto con el paisaje del Sena “no podía hacer el ambiente más propicio”.

A todo ello se sumaba que los médicos con frecuencia tocaban temas de historia y humanidades en el trabajo. Recuerdo cómo Michel Arthuis, el jefe del servicio, era un gran conocedor de la historia de la pediatría y la neuropediatría. “En sus interrogatorios con sus pacientes podía saber qué condición neurológica podría sufrir la persona con solo saber su apellido. Conocía el ancestro y el origen etnográfico de la mayoría de los apellidos, y nos explicaba, por ejemplo, que los de origen celta tienen mayor propensión a padecer espina bífida (una malformación de la columna). Arthuis además citaba con autoridad a personajes de la historia universal y de la medicina”.

Educador e investigador apasionado

De regreso al país, en 1989, Leonardo empezó a dictar clases en la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana. A partir de enero de 1990 se vinculó a la Universidad del Rosario donde empezó como instructor asistente, el nivel inicial en el escalafón docente. “Mi actividad estuvo centrada en el Hospital San José, al lado de mi hermano Eduardo y de otro profesor muy especial, José Ignacio Hernández Cruz, internista cardiólogo. Con ellos manteníamos reuniones ‘extracurriculares’ para hablar de historia y arte”, recuerda.

Posteriormente, fue nombrado secretario académico y Jefe de Educación Médica de la facultad. Tenía a su cargo la coordinación del internado rotatorio, de las especialidades médico- quirúrgicas, y también de los convenios con el Hospital San José y otros prestigiosos centros hospitalarios, donde rotaban alumnos de pre y posgrado del Rosario.

“Eran tiempos fantásticos, en los que conocí a personas como Luis Enrique Nieto Arango (1947-2020), quien en ese entonces se desempeñaba como secretario general de la Universidad. Era un gran conocedor de la historia del idioma español”, evoca Palacios. “Luis Enrique era el editor de la revista Nova et Vetera, publicación institucional a cuyo comité editorial ingresé por invitación de él; cargo que ostentó aún con gran orgullo”.

En los actos académicos también participó como maestro de ceremonias. Al carismático Leonardo aún lo invitan desde la Asociación Colombiana de Neurología y otros eventos académicos a cumplir ese rol, porque “saben que me gusta”.

En aquella época, había empezado a publicarse la revista científica Acta Neurológica Colombiana, y “allí empecé a someter y a publicar artículos como La historia de la neurosífilis, y otro, en el Acta Médica Colombiana, sobre un tipo de epilepsia que padeció Fedor Dovstoievsky y que mostraba a través de las experiencias del príncipe Mishkin, protagonista de su novela El príncipe idiota. El autor moscovita cuenta a través del personaje lo que él experimentaba cuando tenía crisis epilépticas. También publiqué sobre historia de la electroencefalografía y sobre epilepsia y dolor de cabeza”.

El decano de la felicidad

Quizás el honor más grande de la vida profesional de Palacios fue encargarse, en septiembre de 2002, de la decanatura de la Facultad de Medicina, invitado por Rafael Riveros Dueñas, rector de la Universidad en aquel momento. Riveros fue sucedido por Hans Peter Knudsen Quevedo, quien lo ratificó en el cargo en febrero de 2003.

“Acompañamos con un magnífico equipo de trabajo al doctor Knudsen en sus tres periodos rectorales, y luego de 12 años logramos avances muy significativos para la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud. Posteriormente sería sucedido en la rectoría por José Manuel Restrepo Abondano”, relató.

Leonardo quería volver a la cátedra, y por ello dejó el cargo en diciembre de 2014 siendo sucedido por “un colega a quien admiro mucho, Gustavo Quintero Hernández”, médico rosarista, cirujano general y de trasplantes, experto en educación médica. Eso sí, la vida no solo lo llenó de éxitos académicos, sino también de sabiduría y vivencias personales. “En ese trasegar empecé a estudiar el bienestar emocional y la felicidad, que estudiaron filósofos como Aristóteles”. Aprendió de Tenzin Gyatso, el actual Dalai Lama, que “el objetivo de nuestra vida es ser feliz y servir a los demás”.

Y en la universidad, la felicidad personal también tuvo su lugar: se enamoró de Ximena Violi Suárez, su actual esposa. Su hija, María José, artista plástica y diseñadora gráfica, y los hijos del doctor Palacios, Leonardo y Felipe, periodista y coordinador de comunicaciones Cluster Inchcape Daimler Colombia, complementan la alegría de la pareja.

Conmovido por sus aprendizajes sobre este sentimiento, pidió al decano Quintero abrir una Cátedra de la Felicidad, a la que se unieron profesores muy importantes como el doctor Andrés Ramírez Ordóñez (primer docente en dictar una cátedra de felicidad en Colombia), la doctora María Isabel González Jaramillo, el doctor Gustavo Lara y la doctora Catalina Liscano. “Logramos, así, fundar el curso Educando para la felicidad en enero de 2015. En razón a los temas tratados en el mismo, la cátedra se adscribió a la decanatura del medio universitario.

Finalmente, en enero de 2019, fue con su esposa a la Cumbre Mundial de Felicidad en la Universidad de Miami, donde “no había auditorios con sillas, sino con pasto artificial, bancas de madera y cojines en el suelo, como si fuera un parque. En las mañanas, antes de las conferencias se realizaban sesiones de yoga y mindfulness, y uno escribía cartas dirigidas a sí mismo, para ser recibidas el siguiente año, y así comprobar si lograba cumplir sus sueños”.

Emprendedor, investigador y divulgador prolífico

Hoy disfruta el emprendimiento que fundó con su esposa, denominado Felicitas, y continúa dando charlas y ofreciendo consultorías.

“En el centro de Neurociencias NeURovitae y el grupo de investigación en neurociencias NeURos, dirigidos por el doctor Alberto Vélez desde 1999, hemos publicado alrededor de 60 artículos de humanidades y neurociencia”, comenta Palacios. “Trabajo con el grupo de investigación en Historia de las ciencias, las tecnologías y las profesiones, dirigido por el doctor Emilio Quevedo. Con él y las doctoras Catalina Sánchez y María Camila Núñez tenemos productos publicados sobre historia del internado y el libro El renacer de una ilusión: historia de la facultad de Medicina y de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad del Rosario (Ediciones rosaristas 2021)".

Entre otras actividades, Palacios presenta y publica sus investigaciones en revistas colombianas y latinoamericanas, y continúa dictando cátedra sobre la historia de la epilepsia, del Parkinson, de la neurología y de la neurocirugía y más.

A nivel de divulgación, desde Neurodisney, Palacios tiene el deseo de producir muchos artículos. Consideraciones neuropsiquiátricas de algunos personajes de las películas Buscando a Nemo y Buscando a Dory, ya fue publicado en la revista Nova et Vetera el pasado mes de julio, con la coautoría de los estudiantes de Medicina Ángela María Rodríguez Ucrós y Juan Camilo Hernández Pabón. En la actualidad están culminando otro sobre los trastornos de memoria de Coco en la película de Disney-Pixar que lleva el mismo nombre.

Una lección de vida

Palacios, con el entusiasmo de un adolescente, se autodefine como “investigador, comprometido, enamorado y feliz”.

Consultado sobre cómo recomienda a sus pupilos enfrentar una vida llena de retos y desafíos, responde: “Estudien con ahínco, amor, esmero y, especialmente en estos momentos difíciles, busquen a maestros y padres para mantener con ellos diálogos reflexivos y formativos. ¡Ustedes son la siguiente generación!”.

seccion final

Leonardo Palacios en la Facultad de Medicina de París. Al fondo la obra Una lección clínica en la Salpêtrière, autor André Brouillet, 1887.