Expedición 2035 Una oportunidad para una transformación significativa
La Universidad se encuentra en un momento único donde desde su legado e historia debe realizar transformaciones significativas en un contexto donde la incertidumbre y el cambio es permanente. Es la oportunidad de transformar la manera en la que desarrollamos nuestra misión sin desconocer la tradición e historia, de consolidar el ser una Universidad de docencia que hace investigación, de darle un nuevo significado a la educación superior y, por ende, a la transformación social.
La educación superior ya no se sostiene únicamente sobre la premisa que la legitimó durante siglos. Hoy, en la era de la tecnología, en la que asistimos al auge de la inteligencia artificial y de la información al alcance de todos, el conocimiento se ha democratizado, automatizado y acelerado. Cuando la información está cada vez más al alcance de todos, el valor diferencial de la universidad no puede reducirse a transmitir contenidos ni a expedir credenciales.
Esta transformación tensiona el contrato social tradicional de la educación superior. Durante décadas, la promesa fue: estudiar permite adquirir conocimientos, obtener un título reconocido por la sociedad y acceder a mejores oportunidades. Sin embargo, la aceleración tecnológica y la reorganización del mundo del trabajo están desplazando el énfasis desde los títulos hacia las capacidades demostrables, desde la acumulación de información hacia la capacidad de aprender continuamente, adaptarse y crear valor en entornos inciertos. El World Economic Forum1 estima que, en el corto plazo, una proporción significativa de habilidades centrales será transformada, lo que implica que el verdadero activo estratégico ya no es contar con un inventario de conocimientos, sino el tener la capacidad de aprender a aprender, sello particular de la formación Rosarista.
Frente a este escenario, emergen dos riesgos estructurales para la universidad: convertirse en una fábrica de títulos progresivamente sustituibles por tecnología, o persistir en modelos educativos que prometen integralidad e interdisciplinariedad sin materializarlas de manera efectiva. Pensadores contemporáneos advierten que, cuando la educación se reduce a su dimensión instrumental, se debilita su función humanista y democrática. Martha Nussbaum, por ejemplo, señala que una educación orientada exclusivamente a la productividad corre el riesgo de producir “máquinas utilitarias” antes que ciudadanos críticos2; Michael Sandel, por su parte, advierte que una visión estrecha del mérito puede erosionar la cohesión social3, y John Dewey define la comunidad como una experiencia compartida que suprime barreras y articula acciones en un proyecto común4. Estas reflexiones convergen en una conclusión: la universidad será relevante en la medida en que forme criterios, ética, valores y capacidades para la cooperación y construcción de comunidad, no solo habilidades técnicas.
En este marco, la pregunta para la Universidad del Rosario no es cómo adaptarse marginalmente, sino cómo redefinir su campo de acción. El recurso verdaderamente escaso en la próxima década no será la información, sino la capacidad de argumentación; no será el acceso a datos, sino la capacidad de interpretarlos con responsabilidad; no será la técnica aislada, sino la integración interdisciplinaria, el pensamiento crítico, las competencias ciudadanas y la orientación al bien común. Así mismo, la Universidad requiere encontrar caminos para afrontar los cambios que está teniendo el país y el mundo en lo que respecta a la tecnología, la transición energética y al cambio demográfico derivado de la caída sistemática de la tasa de natalidad y el aumento en la expectativa de vida de las personas.
La declaración de futuro que se ha venido construyendo para definir la Expedición 2035, recoge precisamente esta transición: posicionar a la Universidad como líder en una resignificación educativa que reinstaure el valor social de la formación superior, replantear tanto el modelo educativo como el de funcionamiento para encontrar soluciones a los retos específicos de los últimos años y consolidar el ser una universidad de docencia que hace investigación. Esto implica desplazar la oferta de programas hacia trayectorias de formación a lo largo de la vida y transitar desde la clase como unidad básica tradicional hacia la experiencia formativa aplicada e investigativa; desde la adopción instrumental de tecnología hacia una adaptación tecnológica con actitud crítica; desde la empleabilidad entendida como fin inmediato hacia el proyecto de vida con aporte social; y desde una universidad sustentada principalmente en su tradición hacia una institución que traduce su legado en impacto medible y alianzas estratégicas reales que impulsan la proyección social, el acceso a la educación y la movilidad social.
El segundo elemento estructurante de esta resignificación es la comunidad. No como agregado nominal de individuos, sino como proyecto compartido. Una verdadera comunidad universitaria implica la interacción significativa entre sedes, disciplinas, generaciones, sectores sociales y territorios, así como en diálogo y cooperación con otras universidades y entidades educativas en el plano nacional e internacional; significa la integración efectiva entre universidad, empresa, sector público y comunidades, e invita a que egresados, estudiantes, profesores y administrativos se reconozcan como parte de una misma narrativa institucional. En la medida en que la universidad logre superar la existencia de dinámicas fragmentadas y construir un tejido interdisciplinario coherente, aumentará su capacidad para producir soluciones complejas y proyectar una identidad clara ante la sociedad.
La integración de estos dos componentes —resignificación educativa y comunidad auténtica— da solidez conceptual y operativa al Plan Integral de Desarrollo (PID) 2035. La apuesta no es solo adaptativa; es transformadora. Consiste en hacer a la universidad insustituible en la era de la inteligencia artificial y la nueva revolución tecnológica, social y cultural. Es insustituible porque forma capacidades humanas superiores —criterio, ética, creatividad y cooperación— orientándolas al bien común y traduciéndolas en soluciones reales para la sociedad, es hacer realidad el humanismo digital.
En un contexto donde abundan discursos sobre innovación, comunidad e integralidad, lo verdaderamente disruptivo será cumplir nuestra promesa. El Plan Integral de Desarrollo (PID) 2035 se presenta como un compromiso institucional para articular identidad, tecnología, interdisciplinariedad e impacto bajo una visión de largo plazo. Su fortaleza radica en que no desconoce la transformación global, pero tampoco renuncia al carácter humanista que ha definido históricamente al Rosario. La combinación de tradición y reinvención es el fundamento de su viabilidad.
Así, la Expedición 2035 se presenta como la hoja de ruta para liderar una nueva comprensión de la universidad en América Latina. Una institución para todas las edades de la vida, a la vanguardia tecnológica con pensamiento crítico, comprometida con el desarrollo integral de las personas y con la generación de bienestar común. Esta es la base conceptual que justifica y articula los ejes estratégicos propuestos en este documento y que sustenta la coherencia y ambición para la próxima década. Ser una comunidad que lidera el acceso y la resignificación de la educación.
1 World Economic Forum. (2023). The Future of Jobs Report 2023. Geneva: World Economic Forum.
2 Nussbaum, Martha C. (2010). Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities. Princeton: Princeton University Press.
3 Sandel, Michael J. (2020). The Tyranny of Merit: What’s Become of the Common Good? New York: Farrar, Straus and Giroux.
4 Dewey, John. (1916). Democracy and Education: An Introduction to the Philosophy of Education. New York: Macmillan.