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Educación emocional para el cuidado de enfermedades crónicas: la apuesta del Proyecto Libélula

Educación emocional para el cuidado de enfermedades crónicas: la apuesta del Proyecto Libélula
Recibir un diagnóstico de hipertensión arterial o diabetes no solo cambia los hábitos de una persona: también transforma su mundo emocional. El Proyecto Libélula, liderado por investigadores e investigadoras de la Universidad del Rosario, acompañó a pacientes, cuidadores y personal de salud para reconocer, comprender y gestionar las emociones que influyen en el cuidado de la salud.

Redactado por: Geraldine Imbett 
Gestora de comunicaciones Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud

Aunque recomendaciones como mejorar la alimentación, hacer ejercicio con regularidad o tomar los medicamentos a la hora indicada son habituales en estos diagnósticos, llevarlas a la práctica no siempre resulta sencillo. Cambiar hábitos implica renunciar a rutinas que durante años han formado parte de la vida cotidiana y que, en muchos casos, están asociadas al placer, la identidad o los vínculos sociales.

“La información que existe sobre el cuidado en condiciones crónicas es abundante y se encuentra con facilidad. Hay folletos, recomendaciones médicas y muchas explicaciones. Sin embargo, todavía nos preguntamos por qué algunas personas, aun sabiendo cómo deben cuidarse, no lo hacen”, explicó Martha Torres, profesora de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud e investigadora principal del proyecto.

Para la investigadora, la respuesta a esa pregunta no estaba únicamente en el acceso a la información, sino también en el mundo emocional que atraviesa la experiencia de la enfermedad. “Desde la investigación buscamos entender cómo transformar el cuidado de la salud, reconociendo que las emociones influyen en las decisiones que toman los pacientes”, señaló.

Un proyecto que integró salud y emociones

El Proyecto Libélula nació en 2023 en el marco de una convocatoria de la Agencia Distrital para la Educación Superior, la Ciencia y la Tecnología y desarrolló un plan piloto en el Hospital de Bosa.

La iniciativa trabajó con dos grupos: por un lado, pacientes mayores con hipertensión arterial y diabetes tipo 2 que asistían al hospital acompañados por sus cuidadores; y por otro, personal de salud que acompañaba el proceso de atención sanitaria.

Según Torres, el proyecto tuvo como objetivo fortalecer los procesos de alfabetización en salud y mejorar la relación entre pacientes y profesionales por medio de la educación somática y emocional.

 

“Al paciente se le invitó a realizar una introspección sobre lo que estaba viviendo, a reconocer las emociones que aparecían frente a su salud y a fortalecer la manera en que tomaba decisiones sobre su bienestar”, explicó. “Mientras que, para el personal de salud, el trabajo se centró en la comunicación con el paciente y en el desarrollo de habilidades socioemocionales que mejoraran el bienestar y las relaciones en el entorno clínico”.

 
Las emociones también hicieron parte del proceso de salud

Para Caleb Saldaña, profesor de la Decanatura del Medio y coinvestigador del proyecto, entender el papel de las emociones fue clave para comprender cómo las personas viven una enfermedad crónica.

 

“No podemos separar al paciente de su contexto”, explicó. “Enterarse de que hay una enfermedad, saber que se deben cambiar hábitos o reorganizar la vida cotidiana genera emociones que influyen en la forma en que las personas enfrentan su proceso de salud”.

 

El investigador también destacó que estas emociones no solo afectaban a quien recibía el diagnóstico, sino también a quienes lo acompañaban. “Muchas veces los cuidadores también enfrentan sus propias preocupaciones: cómo reorganizar el tiempo, quién cuida a los hijos o cómo acompañar a un familiar en este proceso”.

A partir de esta mirada, el proyecto diseñó una serie de módulos pedagógicos basados en investigaciones sobre inteligencia emocional desarrolladas por los psicólogos John D. Mayer y Peter Salovey, junto con los estudios en educación emocional del investigador español Rafael Bisquerra.

Estos módulos trabajaron cinco competencias fundamentales: percepción, facilitación, comprensión, regulación y autonomía emocional. A través de ellas, los participantes aprendieron a reconocer lo que sentían y a comprender cómo esas emociones influían en sus decisiones de autocuidado.

Entre las actividades del programa se incluyeron ejercicios de expresión corporal, movimiento consciente, conversaciones grupales, análisis de experiencias cotidianas y actividades de narración que permitieron a los pacientes reflexionar sobre su proceso de salud.

Cambios que se evidenciaron desde las primeras fases

A medida que avanzaban los encuentros, los investigadores observaron cambios significativos en la forma en que los participantes expresaban sus emociones.

 

“Al inicio los pacientes respondían con monosílabos como ‘bien’ o ‘ahí vamos’. Con el tiempo empezaron a explicar lo que sentían con palabras emocionales más precisas y las razones que los llevaban a sentirse así”, comentó la profesora Torres.

 

También comenzaron a apropiarse de los conceptos trabajados durante el programa. “Ahora hablan de las emociones desde tres canales: el fisiológico, el conductual y el cognitivo. Dan ejemplos de su vida diaria y reflexionan mucho sobre sus decisiones en temas como la alimentación”, añadió.

Además del aprendizaje individual, el proyecto generó un espacio de encuentro entre los participantes. En las actividades compartieron experiencias, dificultades y estrategias para enfrentar la enfermedad, lo que fortaleció las redes de apoyo entre ellos.

“Los pacientes se aconsejan entre sí, cuentan lo que les ha funcionado o lo que no. Esa dinámica ha permitido construir un ambiente de empatía, escucha y confianza”, explicó Torres.

Tecnología para acompañar el proceso

El piloto combinó los talleres presenciales con herramientas digitales que permitieron reforzar el aprendizaje fuera de las sesiones. Para ello, el equipo trabajó con la startup colombiana Bumii.

A través de WhatsApp, los pacientes recibieron cápsulas de contenido en audio o texto relacionadas con inteligencia emocional. Estas actividades les permitieron interactuar con ejercicios sencillos desde sus hogares y reforzar los hábitos trabajados en los encuentros presenciales.

 

“Por ejemplo, en el módulo de respiración invitamos al usuario a escribir la palabra ‘Respirar’ en WhatsApp. A partir de allí la plataforma crea una actividad sencilla que el paciente puede resolver desde su celular”, explicó Saldaña.

 

Las respuestas de los participantes también permitieron a los investigadores analizar el proceso y adaptar las actividades según las necesidades del grupo.

Tras la finalización del piloto, el Proyecto Libélula dejó como resultado una metodología que integró la educación emocional con el cuidado de enfermedades crónicas, además de materiales pedagógicos orientados a fortalecer las habilidades socioemocionales de pacientes, cuidadores y personal de salud.

Con ello, el equipo investigador buscó aportar herramientas que contribuyeran al bienestar de más personas y facilitaran la implementación de este enfoque en otros escenarios de atención en salud.