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Reinventar la enseñanza de las humanidades en la región más desigual del planeta

Nicolás Arata

El pensador en la puerta del infierno. Foto: Christian Cariño – Uso libre

Las siguientes reflexiones surgen de una invitación a pensar el lugar y la importancia de las humanidades desde la perspectiva de su enseñanza. Importancia que -al parecer- no solo alcanza con argumentar: hay que demostrar, hay que validar. En otras palabras: hay que defender. ¿Pues, para qué sirven -al final del día- las humanidades? Interrogadas acerca de su utilidad, las humanidades tartamudean, zozobran, se quedan sin palabras. Como si las iniciativas a favor del pensamiento crítico, la contemplación estética o la capacidad de imaginar fueran actividades ociosas que poco o nada tienen que ver con los fundamentos de nuestras democracias.

¿De dónde viene este desentendimiento? La aparente desconexión entre humanidades y democracias, lejos de remitir a un proceso natural, es insistentemente promovida desde discursos que reivindican la mercantilización de la vida, al tiempo que descalifican la formación en aquello que no produce lucro. El peligro de exacerbar una formación para el desarrollo económico en detrimento de una educación en aptitudes para la vida en común es tan alarmante como lo son las consecuencias que acarrea. En un ensayo clásico sobre el tema, la filósofa Martha Nussbaum afirma: “La mayoría de nosotros no elegiría vivir en una nación próspera que hubiera dejado de ser democrática” (2010: 30). El argumento es contundente: para mantener a la democracia viva y en estado de alerta, es imprescindible contar con una ciudadanía comprometida con el sistema de valores democrático, basado en aptitudes como el diálogo, el interés por la vida de los otros, la reflexión política, la búsqueda del bien común, la empatía y la solidaridad.

Pues bien: a una década de formulada la afirmación, temo que ese “nosotros” ha sido severamente horadado y estemos lejos de abrigar el consenso de aquellas grandes mayorías que alimentaron las mejores experiencias democráticas en nuestra región. El ascenso de Bolsonaro en Brasil, Bukele en El Salvador o Milei en Argentina expresan la consolidación de discursos destituyentes que han ganado la adhesión de grandes sectores de nuestra sociedad. Su programa político se basa en una crítica despiadada de las instituciones igualitarias y públicas que subtienden nuestra vida en común. En otras palabras: nos hemos quedado sin beneficio de inventario, y aunque suscribamos -como suscribimos- las palabras de Nussbaum, mal haríamos en compartir su optimismo.

Anticipando un argumento que desarrollaré en las siguientes páginas -sin otra pretensión que la de disparar el intercambio de ideas- propongo que asumamos una reformulación activa del lugar de las humanidades en el contexto de nuestra época y de nuestra región, exponiendo las incontables posibilidades que tienen las mismas de contribuir a pensar los problemas centrales de la vida en común.

Ello requiere volver a conectar las humanidades con interrogantes que desvelan a la humanidad convocando a escena ejercicios reflexivos que incomoden, condición sine qua non para hacer de las humanidades las antesalas de la acción comunitaria. Y qué mejor lugar que una clase -entendida como espacio-taller- donde las humanidades se dispongan a enseñar a armar buenas preguntas; preguntas que movilicen fuerzas poderosas; preguntas que habiliten modos de pensar insospechados. En dirección hacia ese propósito, el conjunto de las humanidades debe aprender a conectar sus patios internos, a romper las delimitaciones disciplinarias, construyendo puentes que permitan circular en múltiples sentidos: desde la dimensión histórica de los problemas sociales hacia la refundación de nuestras capacidades de imaginar y proyectar futuros deseables.

Comenzaré refiriéndome a los contextos histórico-sociales donde tiene lugar la enseñanza de las humanidades, preguntándome cuál es el punto de apoyo y uno de los rasgos distintivos para pensar el espacio de lo que es una clase; enseguida, propongo considerar una de las principales claves de época -el despliegue de la cultura algorítmica- frente a la cual las humanidades -lejos de titubear- deben (re)asumir un papel protagónico y hacerlo a partir de una reconversión activa de las formas de movilización de sus postulados; finalmente, vuelvo sobre la figura de la clase para compartir algunas ideas sobre los sentidos que pueden tener los espacios de enseñanza para potenciar el papel de las humanidades.  

Enseñar en la región más desigual del planeta

Enseñamos y aprendemos en la región más desigual del planeta. Y con esto no me refiero a la región más pobre (aunque los índices de empobrecimiento son cada vez más alarmantes: según el último informe de CEPAL (2022), más de 200 millones de personas -el equivalente a la totalidad de la población del país más grande del continente, Brasil- viven en situación de pobreza. En efecto: afirmar que enseñamos y aprendemos en la región más desigual del planeta equivale a decir que nuestras clases transcurren en países donde la riqueza se distribuye de la manera más inequitativa imaginable; donde el poder económico se concentra en menos manos (a modo de ilustración: un informe elaborado por OXFAM advierte que América Latina no solo es la región donde menos se cobran impuestos a la renta personal, sino que los mismos han tocado su piso histórico) y, fundamentalmente, donde se persigue a quienes están comprometidos con la lucha por los derechos humanos (al momento de escribir este ensayo, tan solo en Colombia -informa el INDEPAZ-, se han asesinado a 125 líderes y líderesas sociales comprometidos con la defensa de sus comunidades).

Aceptar que nuestra formación tiene lugar en la región más injusta y violenta del mundo no es, por lo tanto, una tarea menor. Tampoco lo es dimensionar cómo esto atraviesa y configura de punta a punta el derecho a la educación en el continente. Un estudio de la CAF (2022) pone en números el momento actual de los sistemas educativos latinoamericanos: en nuestros países -especialmente en Ecuador, Brasil y Colombia- las brechas educativas se ensanchan dramáticamente a medida que se avanza en los niveles educativos, y lo hacen con especial detrimento de los grupos étnicos indígenas y afrodescendientes. Las universidades reproducen estas lógicas, entre ellas, en lo relativo al acceso de las mujeres a cargos de conducción de las casas de altos estudios. El informe del IESALC-UNESCO dedicado a estudiar el desempeño de las mujeres en la educación superior señala que -hacia 2020- solamente un 18% de las universidades públicas de América Latina tenían mujeres rectoras.

En el mismo orden de cosas, podríamos trazar cómo esta distribución desigual afecta los recursos destinados al financiamiento de las áreas del conocimiento relacionadas con las humanidades y las ciencias sociales, respecto de las ciencias duras (en el marco de sistemas científicos a los que -por cierto- no les sobran recursos). La asignación sensiblemente menor de subsidios, apoyos y becas para el desarrollo de investigaciones en ciencias sociales y humanidades impacta de lleno en la formación de nuevas camadas de investigadoras e investigadores tanto como en la consolidación de los equipos y líneas de trabajo existentes.

Situar estas y otras cuestiones no significa -en modo alguno- dedicarse a documentar el pesimismo. Por el contrario, de lo que se trata es de identificar las coordenadas de una época donde las desigualdades se han agravado hasta alcanzar límites escandalosos (límites que -todo parece indicar- podrían agravarse aún más) de un modo directamente proporcional al desinterés por inspirar soluciones apoyándose en las disciplinas humanísticas.

Frente a estos desafíos, uno de los principales retos consiste en enseñar a pensar históricamente. Es indispensable nutrir una imaginación política que actualice las tradiciones del pensamiento crítico latinoamericano y caribeño, y sea capaz de situar históricamente los desafíos de la época pensando en tradición, articulando legados y activando herencias del vasto ideario social latinoamericano y caribeño. Caso contrario, la potencia de nuestros argumentos perderá fuerza, en la medida que todo saber descalzado de su dimensión histórica acaba siendo un saber desarraigado. En otros términos: prescindir de la potencia revolucionaria que habita en nuestros pasados clausurados y en las voces acalladas implica abdicar de aquello que Walter Benjamin advirtió con lucidez: hay más fuerza revolucionaria en las pesadillas de los ancestros oprimidos que en los sueños de los hijos liberados.

Para pensar críticamente las condiciones en las que enseñamos y aprendemos, es imprescindible discutir el orden del archivo. Y para reflexionar sobre esas circunstancias, debemos hacer curaduría de nuestras autoras y autores, de sus marcos epistémicos, de los temas que pensaron tanto como de sus vacancias. Sin ese ejercicio, ¿cómo sentaríamos las bases para nuevos debates? Hay quienes, al bucear en el archivo, parten de identificare aquel texto seminal de Kant El conflicto de las facultades. Sugiero recorrer otro camino, uno que permita identificar los no pocos puntos de apoyo que el pensamiento social latinoamericano construyó fuera de la demarcación propuesta por la modernidad europea. 

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Enseñar a pensar históricamente es una tarea fundamental para dar cuenta de las desigualdades latinoamericanas. Foto: Magda Ehlers – Uso libre, Pexels

El grado cero de nuestras humanidades se remonta -como enseña Enrique Dussel (2020)- al debate de los justos títulos promovido por Bartolomé de las Casas. El primer filósofo de la antimodernidad demuestra la falsedad de la “última causa” (salvar a las víctimas de los sacrificios humanos) como justificativo para fundamentar la violencia de la conquista, verdadero útero de la desigualad. Sus escritos pueden ser leídos a la luz de una filosofía de impronta intercultural, de un manifiesto pacifismo político y de una acalorada crítica de la (perpetua) guerra justa. Retomar la figura de Bartolomé de las Casas es convocar una figura de intelección desde donde pensar qué se espera del trabajo intelectual en nuestro continente. Una tarea que consiste -antes que nada- en adoptar posiciones ético-políticas basadas en asumir la responsabilidad por el otro. De otra forma, ¿cómo podríamos -en el continente más desigual del planeta- construir clases entendidas como espacios donde formarse equivale a crear lazos y comunidades donde reconocernos como iguales?

Sobre llovido, mojado: las humanidades en la era del tecnoceno

Entre los desafíos de primer orden para las humanidades uno consiste en renovar su capacidad de pensar las grandes coordenadas de nuestra experiencia histórica actual. La misma podría concebirse bajo la figura del tecnoceno, una época marcada por la puesta en marcha de fuerzas poderosas que -en muchos casos- han traspasado el umbral de la irreversibilidad (Costa, 2021).

Tecnologías de alta complejidad y altísimos riesgos han redefinido o están redefiniendo nuestra relación con el mundo, llevándonos a una crisis de proporciones bíblicas. Solo para citar un ejemplo: el acceso a la información, que durante el siglo XX se definía centralmente con sede en archivos físicos de procedencia fundamentalmente estatal se han desplazado hacia dispositivos de gestión de la información digital atravesados por las lógicas del capital, la vigilancia y la militarización (Crawford, 2022).

Unas pocas corporaciones tienen más control sobre la información que se produce y circula que el que tiene la inmensa mayoría de los Estados a escala global. Con ello no busco santificar aparatos estatales que -especialmente en Sudamérica- han hecho del ocultamiento de la información sobre crímenes aberrantes una práctica recurrente. Lo que busco es llamar la atención sobre el despliegue de una suerte de tecnofeudalismo que está contribuyendo a agravar procesos como los mencionados.

De la misma forma, las transformaciones en las formas de comunicarnos y relacionarnos impactan en cómo nos vinculamos con los asuntos públicos. Somos testigos de procesos de desciudadanización que están conllevando -vertiginosamente- hacia procesos de desdemocracia. Al tiempo que las redes prometen horizontalidad y transparencia -sostiene García Canclini (2019)- el espacio público se vuelve opaco y lejano, el control vertical se horizontaliza y las desigualdades crónicas del capitalismo se ahondan. El centro de la escena es ganada por un curioso menjunje: un nuevo tipo de tecnocracia friendly convoca a confiar cada vez más la organización social a una articulación algorítmica reivindicada como neutral, mientras sectores ultraliberales exaltan el negacionismo, encienden el odio y atacan al conjunto de la política tildándola de enemiga de la democracia.

Procesos como los mencionados forman parte de nuestra vida cotidiana, afectando el sentido de vivir juntos y lo que entendemos por vida en común. Si las humanidades no piensan los dilemas críticos que se desprenden de ellos (¿cómo nuestros horizontes se ensanchan o angostan en el vértigo digital?, ¿qué aspectos de las viejas formas de convivialidad deberíamos conservar?, ¿qué nuevas formas de la conversación social no estamos teniendo en  cuenta en nuestras formas de vincularnos?, ¿qué nuevas formas de participación podemos movilizar?) temo que las mismas serán pensadas por las fuerzas del capital bajo una suerte de gestión algorítmica del devenir social mucho más interesada en convertirnos en insumos mercantilizados que en ciudadanos y ciudadanas autónomas y emancipadas.       

Ante esto: ¿quiénes sino las humanidades pueden construir una reflexión situada en torno a los poderes de la inteligencia artificial, la biotecnología y sus impactos en el rediseño de la vida? Es indispensable que las humanidades se sacudan de encima un estigma: aparentar que su principal interés es mirar más al pasado (añado: con un cierto dejo de nostalgia por la cultura clásica) que al futuro. Un buen ejemplo de ello es el emplazado por la Asociación Argentina de Humanidades Digitales, dispuesta -entre otros objetivos- a sopesar el impacto de la materialidad digital y sus herramientas en todos los ámbitos de las Humanidades, los cambios de escala de la información a nivel mundial y su interpretación y práctica, y a formular nuevas preguntas y maneras de indagar objetos preexistentes, entre otros asuntos.

Por cierto: hay que entender que la ciencia no basta para traer el desenvolvimiento con inclusión. En los pliegos de la historia, “algo” además de la ciencia garantizó que las vacunas se pusiesen al servicio de la erradicación de las enfermedades en tanto que se prohibían las armas biológicas. Fueron ideas inspiradas en las tradiciones del humanismo las que procuraron -a veces con mayor, a veces con menor fortuna- a “desplegar el conocimiento para permitir que todo el género humano florezca y prospere del mismo modo que cada uno de nosotros buscamos florecer y prosperar” (Pinker, 2018: 499).

En suma: frente al estado del mundo, las humanidades deben ser capaces de gestar conocimientos que hagan énfasis en la reflexión y contribuyan a imaginar, re imaginar y transgredir, a agitar y perturbar, que potencien lo imaginario para ensayar otras figuras del mundo; un saber “sin fines de lucro” que bajo ningún punto de vista debe ser considerado como un saber inútil o una práctica desinteresada, en tanto contribuyen a hacer la crítica de “los modos en los que los poderes del mundo operan sobre los pensamientos que pensamos y los vuelven cómplices de su propio imperio” (Rinesi, 2020: 155).

La clase como acto político

Ensayé un breve acercamiento al lugar de las humanidades en el contexto de una región atravesada por profundas asimetrías y transformaciones inéditas, empujadas por fuerzas tecnológicas articuladas a intereses corporativos. Me interesa concluir con una reflexión que ubique estos problemas donde más me interesa que sean pensados: en el espacio de tiempo que habilita una clase.

La clase de humanidades que estoy imaginando ahora mismo no es ese lugar ritualizado donde el saber se comercia o queda aprisionado en una burocrática previsibilidad. Estoy pensando en esa otra clase donde alguien (¿un adulto?) adopta una posición docente semejante a la de un atizador que busca -empedernidamente- encender la llamita de un pensamiento emancipado. Me refiero -si- a esas clases donde la medida de su potencia se pondera por los entusiasmos que despierta, la autoconciencia que infunde, donde se hace de la clase “algo diferente de un espacio más de los que proveen información” (Caramés, 2016: 22).

Pensar la clase que estoy tratando de imaginar aquí, es condición necesaria para que otras humanidades advengan. Se vuelve imprescindible concebir la clase como un acto político, en la medida en que en ella transcurre algo del orden de la igualdad: “Hay que partir de la igualdad, ese mínimo de igualdad sin el cual ningún saber se transmite, ningún mando se acata, y trabajar para ampliarla indefinidamente” (Ranciére citado en López, 2020: 39). La clase que puede alojar otras formas de habitar las humanidades debe poner en juego un tipo de politicidad que no tiene que ver (aunque no lo excluya) con hablar sobre temas políticos. Como sostiene López, lo político que entra en juego tiene más que ver con “los modos en que se elabora lo común: cómo se distribuye la palabra, cómo se reconocen diferencias, cómo se habilita la diversidad, qué tipo de subjetividad se interpela” (op. cit.: 39).

La clase de humanidades que estoy imaginando despliega un sinfín de estrategias: convidar a pensar con libertad sacando el trabajo de reflexionar tanto del encuadre disciplinario como de la bibliografía canónica. No se trata, claro está, de tirar al bebé con el agua sucia, sino de adentrarse en sus campos problemáticos para producir el compost del cual emerjan y se vitalicen nuevos problemas, se renueven las preguntas y surjan métodos originales. Una clase que cree transdisciplinariedad abierta y flexible al tiempo que reflexiona sobre las condiciones que la hacen posible.

Trazo estas ideas basándome en una premisa: las humanidades no solo tienen valor per se; tienen, además, un potencial incalculable para volcar en conversaciones que observen -cual mirada estrábica- las encrucijadas del presente sin dejar de proyectar futuros deseados. Ante el avance deshumanizante del mercado, el despliegue implacable de la gubernamentalidad algorítmica y el agravamiento letal de las desigualdades, pensar qué pueden aportar las humanidades como plataformas para la reflexión situada y colectiva es reinscribirnos en la estela de las luchas colectivas por la descolonización, desmercantilización y despatriarcalización de las sociedades oprimidas, al tiempo que se gesta un espíritu crítico y creativo indispensable para (re)situar las coordenadas de un movimiento ciudadano, multifacético y popular capaz de hacer frente al avasallamiento del capital. Esa y no otro, es la promesa de las humanidades que intenté pensar aquí.

 


Bibliografía citada

Asociación Argentina de Humanidades Digitales (2013) Manifiesto. (Disponible en https://aahd.net.ar/manifiesto/)

CAF (2022) Desigualdades heredadas: El rol de las habilidades, el empleo y la riqueza en las oportunidades de las nuevas generaciones. (Consultado: 23/9/2023. Disponible en: scioteca.caf.com).

Caramés, Diego (2016) Sarmiento a contrapelo. Glosas para una pedagogía salvaje. En Perernau, M. y Otero, T. (Ed.) Las clases. Apuntes de enseñanza. Buenos Aires, Santiago Arcos editor.

CEPAL (2022) Panorama Social de América Latina y el Caribe 2022: la transformación de la educación como base para el desarrollo sostenible. Santiago de Chile, CEPAL. (Consultado: 23/9/2023. Disponible en: https://repositorio.cepal.org/items/3127437b-1e2e-4567-a532-dcfe5599954b).

Costa, Flavia (2021) Tecnoceno. Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida. Buenos Aires, Taurus.

Crawford, Kate (2022) Atlas de inteligencia artificial. Poder, política y costos planetarios. México, Fondo de Cultura Económica.

Dussel, Enrique (2020) El primer debate filosófico de la modernidad. Buenos Aires, CLACSO.

IESALC-UNESCO (2021) Mujeres en la educación superior: ¿la ventaja femenina ha puesto fin a las desigualdades de género? París, UNESCO (Consultado: 23/9/2023. Disponible en: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000377183).

INDEPAZ (2023) Líderes sociales, defensores de derechos humanos y firmantes de acuerdo asesinados en 2023. Consultado: 23/9/2023. https://indepaz.org.co/lideres-sociales-defensores-de-dd-hh-y-firmantes-de-acuerdo-asesinados-en-2023/)

García Canclini, Néstor (2019) Ciudadanos reemplazados por algoritmos. Guadalajara, CALAS.

López, María Pía (2020) Clase y política. Buenos Aires, INFOD y Ministerio de Educación.

Nussbaum, Martha (2010) Sin fines de lucro. Porqué la democracia necesita de las humanidades. Buenos Aires, Katz.

OXAFM (2023) La ley del más rico. Gravar la riqueza extrema para acabar con la desigualdad. Reino Unido, Oxfam. (Consultado: 23/9/2023. Disponible en: https://oxfamilibrary.openrepository.com/bitstream/handle/10546/621477/bp-survival-of-the-richest-160123-es.pdf)

Pinker, Steven (2018) En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Barcelona, Paidós.

Rinesi, Eduardo (2020) Las humanidades y la Universidad. En Contreras, S. y Goity, J. (coords.) Las humanidades por venir. Políticas y debates en el siglo XXI. Rosario, Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario.