Pasar al contenido principal

La nación de los crisoles: Reflexiones sobre el significado del 12 de octubre

Camilo Vargas Betancour

La-nación-de-los-crisoles

Las legislaciones hispanoamericanas discurren en diversos nombres para esta fecha. Desde el “día del descubrimiento” hasta el “día del encuentro de dos mundos” o el “día del encuentro de las culturas”. Desde el “día de la raza”, pasando por el “día de la hispanidad”, hasta el “día de la interculturalidad y la plurinacionalidad”, el “día de la nación pluricultural” o el “día del respeto a la diversidad cultural”. Desde el “día de Colón” hasta el “día de la descolonización”, el “día de la resistencia” o el “día de la liberación”. Estos nombres encumbrados en las leyes reflejan discusiones políticas e históricas profundas e inconclusas sobre lo que implicó el desembarco de la flota comanda por Cristóbal Colón en las costas americanas.

El tema se suele poner en términos maniqueos: o hay que celebrar, o hay que despreciar el 12 de octubre. O se conmemora una gesta de la civilización, o una masacre etno-genocida. El problema, como de costumbre, es que el debate ético (si fue “bueno” o “malo” lo que pasó ese día, y sus consecuencias) tiende a tergiversar el debate histórico (qué fue lo que pasó, al fin y al cabo). Porque para los nacidos y vivientes en América Latina, el 12 de octubre contiene claves profundas sobre la naturaleza de nuestra identidad. Entender el proceso histórico que se representa con esta fecha (más que celebrarlo o rechazarlo) es una llave para entendernos a nosotros mismos.

El proceso, porque ese día terminó de pasar, o comenzó a pasar, o siguió pasando algo, que en resumen se puede denominar como el nacimiento de Latinoamérica. Hay que tener en mente que los hechos históricos que marcamos con fechas de calendario no son más que referentes superficiales de procesos, cosas más profundas y complejas que “están pasando”, en dimensiones mucho más amplias que las fechas con las que los fijamos a un almanaque o a un libro de historia.

¿Qué se celebra entonces el 12 de octubre de 1492? Dicho día marca una nueva etapa en la fundición cultural de tres regiones del mundo: el Mediterráneo (que no simplemente “Europa”), América y África subsahariana. Ese día se empezó a cocer en un solo recipiente llamado Latinoamérica lo que desde hacía siglos se venía fundiendo por separado: las culturas de la América prehispánica, las del África negra y la que, desde Europa, Asia occidental (u Oriente Medio, según la perspectiva) y África del norte se venían cocinando en la sopa del Mediterráneo, y que a la sazón se encontraban en la península Ibérica. 

El crisol mediterráneo
Un crisol, por cierto, es una especie de olla o recipiente que soporta altas temperaturas y por ello permite la fundición y aleación de metales, al tiempo que su purificación y refinación.

Pues bien, uno de los mayores crisoles culturales en la historia reciente de la humanidad (sus últimos milenios) es el Mar Mediterráneo. Gracias a la navegación o al trazado de caminos circundantes, este ámbito ha permitido la fundición de distintas culturas a lo largo de siglos.

En el marco de este encuentro cultural, muchos de los pueblos ubicados alrededor del Mediterráneo han viajado hacia el occidente, hasta chocarse con el fin del mundo (literalmente hay un cabo Finisterre en Galicia, en el extremo oeste de la Península Ibérica) y allí se han ido fundiendo unos con otros.

Por ello, el elemento “español”, “portugués” o “europeo” que llegó a América es en realidad el resultado de una enorme diversidad cultural, acumulada a lo largo de los siglos, diversa en sí misma al momento de venir al continente americano.

Hay registros de presencia humana muy cerca de Iberia, en Cromañón (al sur-occidente de Francia) desde hace unos 40.000 años. Para cuando los Celtas migraron a la Península, unos 800 años antes de Cristo, lo que hoy es España y Portugal ya estaba habitado por pueblos de diverso origen y culturas hoy difíciles de determinar (de allí la dificultad, por ejemplo, de entender el origen histórico y cultural de pueblos que conservan sus lenguas antiguas, como los vascos).

Lo de los Celtas, por cierto, es importante porque la expansión a través de Europa de estos pueblos de origen cultural cercano al de romanos, griegos y alemanes, es uno de los primeros antecedentes de una unidad cultural en el conjunto europeo. Gran parte de Europa oriental, central y occidental fue habitada por ellos y por eso los elementos culturales celtas (que perviven al noroccidente de Europa) son un indicio temprano de características culturales a escala europea. Pero esto quiere decir que para cuando se empezó a formar Europa como entorno cultural (que tengamos registro), los ibéricos ya eran un conjunto de pueblos diversos.

col1im3der

Desembarco de Colón de Dióscoro Puebla - Dominio público

A la influencia celta, llegada a los “indígenas” de la Península Ibérica a través de los Pirineos, le siguieron otras fuertes influencias culturales que llegaron desde el Mar Mediterráneo. Griegos y fenicios (gente que venía de lo que hoy es Líbano), seguidos por una alta influencia de cartaginenses (gente de lo que hoy es Túnez) y romanos. Estos últimos romanizaron el sancocho ibérico en los dos últimos siglos antes de Cristo, y al poner a hablar latín a toda la Península, sentaron las bases de uno de los elementos centrales que nos une como latinoamericanos: el hablar portugués y español. Estas lenguas, cargadas de germanismos, arabismos, americanismos y africanismos han sido el aglutinador, el receptor de una gran cantidad de elementos culturales (ideas, conceptos, formas de entender la realidad, visiones del mundo), primero en la Península Ibérica y luego en toda Latinoamérica.

Es un elemento tan en la base, que los de este continente y estas lenguas nos llamamos simplemente “latinos”, casi apoderándonos del término y olvidando que portugueses, españoles, italianos y rumanos también son igual de latinos.

La caída del Imperio Romano en la Península Ibérica, medio milenio después de Cristo, sucedió en una época de fuertes migraciones alemanas, en la época llamada visigótica o de los Visigodos, como se llamaba el pueblo germánico que más llegó allá. Esto siguió cimentando las bases de España y Portugal hasta que los reinos germano-romanos sucumbieron ante la invasión de árabes y berberiscos que, cabalgando desde los desiertos de la península arábiga y del norte de África (respectivamente), llegaron a poblar por unos ocho siglos Iberia. De estos migrantes de Asia y África que llegaron junto con el Islam surgió el componente “morisco” de la Península, tan fundamental como la influencia judía o “Sefardí”. Sefarad es el nombre que le daban los judíos españoles a su país. Ellos, por cierto, habían llegado en distintas migraciones desde el primer milenio antes de Cristo y pudieron vivir en comunidades importantes hasta que las mezquindades de la política llevaron, a mediados del segundo milenio después de Cristo, a expulsarlos en su nombre. Poco amor al prójimo mostraron los políticos españoles y portugueses muy católicos que expulsaron de su propio país a moros y sefardís.

De esta forma, la España y Portugal modernos (de los siglos XV y XVII, de influencias filosóficas, técnicas y artísticas del Renacimiento, que en su apogeo conquistaron políticamente media Europa, las costas de Asia y África y llegaron hasta América) empezaron a negar sus propios orígenes, en un intento de cristianizar y homogeneizar por la fuerza un territorio altamente diverso. En eso la España de esta época (que literalmente se unió con Portugal, de 1580 a 1640) también fue moderna, al intentar imponer un concepto de “nación” desde arriba, negando mucho de lo que había abajo (como siglos después harían otros Estados europeos y americanos al intentar imponer a pueblos diversos las definiciones simplistas de “nación” de sus gobernantes).
El crisol se echaba a perder, decíamos; la España y la Portugal de estos siglos intentaban deshacerse por la fuerza de moros y judíos cuando barcos cargados de marineros mediterráneos llegaron en nombre de estos reinos a América. De tal modo que mucho de esa diversidad también llegó aquí.

Así se inauguró el talante oculto y negado, o simplemente ignorado, de muchos de los elementos del crisol latinoamericano. Los de acá solemos no saber de dónde salimos ni quienes somos, y tal vez por ello muchas veces no entendemos para dónde vamos. Los migrantes de esta compleja amalgama cultural mediterránea de la Península Ibérica llegaron a mezclarse con un mundo que tenía su propia y compleja orfebrería cultural.

El crisol americano
Es evidente la importancia que sobre Latinoamérica tienen los pueblos y las culturas que existían antes de los desembarcos europeos. Sin embargo, ha sido difícil identificar la magnitud y la diversidad de esta influencia. La historia indígena de América está llena de imprecisiones y desconocimientos.

Los datos son insuficientes, muchas veces sesgados por las crónicas españolas de tiempos de la Conquista. Es un lugar común referirse a los imperios de Incas y Aztecas (y acaso a los vestigios imperiales de los Mayas) y pensar que había pocos grandes pueblos, pues la verdad es que América estaba poblada por un gran número de culturas diferentes con relaciones complejas entre sí. Desde pequeñas comunidades aisladas de cazadores y recolectores, hasta complejos conjuntos multiculturales organizados políticamente como imperios. Varios pueblos ya habían experimentado política y socioeconómicamente auges y caídas. Ya había antiguas ruinas de ciudades, palacios y caminos mucho tiempo antes de que desembarcaran los europeos que, dicho sea de paso, habían llegado por primera vez por lo menos en el siglo XI (por el año 1.000) en viajes y migraciones vikingas que incluso formaron asentamientos europeos en América (más precisamente en Canadá, 500 años antes de la llegada de Colón), pero que estuvieron aislados y luego fueron también abandonados y dejados en ruinas, aportando al misterio de la historia precolombina. Pero vamos más a los orígenes.

Los seres humanos llegaron a América hace unos 26.000 años, migrando a través de Beringia, una región hoy sumergida por el océano entre Siberia y Alaska, pero que en la época estaba expuesta gracias a un pico de temperaturas frías en medio de la glaciación de entonces (algo llamado el máximo glaciar), que congeló gran cantidad del agua oceánica, bajó el nivel de los mares y amplió el tamaño de los continentes, permitiendo migraciones por todas partes. Subsecuente calentamiento del planeta tras ese último máximo glaciar descongeló vastos glaciares por América del Norte y abrió caminos que permitieron, desde hace unos 20.000 años, que los seres humanos comenzaran a migrar por toda América.

Así durante cerca de 20 milenios se configuró un entramado de pueblos, unas veces aislados unos de otros, otras veces vinculados por migraciones en todas las direcciones (como sigue pasando hoy en América), por la guerra y por el comercio. Durante mucho tiempo, del que aún sabemos muy poco, se configuró el crisol americano.

El hecho de que hoy sigan existiendo unas 600 lenguas amerindias da un indicio de la riqueza y la complejidad que tuvo como resultado esta historia prehispánica de América. Qué tanto de ese ingrediente pasó a la Latinoamérica moderna es difícil de determinar, pues mucho fue absorbido sin registros y está en los sustratos culturales de los latinoamericanos actuales. Mucho más simplemente se perdió sin dejar registro. 
La magnitud de esa pérdida tampoco es clara. El tamaño de la población de América hasta el 12 de octubre de 1492 es un objeto de debate entre propuestas que oscilan burdamente entre una y varias decenas de millones de habitantes, con un “más o menos” demasiado amplio. Por lo mismo, tampoco está medido el impacto que tuvieron las pandemias de viruela, sarampión, gripa, y otras enfermedades llegadas con los navegantes mediterráneos. En lo que sí hay acuerdo es en que este último factor fue determinante para devastar y reducir masivamente a la población indígena. Muchísimo más que la brutalidad con la que los europeos impusieron su dominio político en América. De hecho, lo segundo se logró con tal éxito gracias a lo primero.

La integración cultural de los universos (multiverso está de moda decir ahora) culturales mediterráneo e indígena sucedió al margen de grandes mestizajes e integraciones culturales, una fuerte y en muchas ocasiones violenta reconfiguración política y trágicas pandemias que diezmaron masivamente a la población americana. En este contexto, las lógicas políticas y económicas del mundo de la época (el mundo de la temprana globalización) introdujeron en América otro poderosos componente: una compleja amalgama cultural de África negra.

col1im3der

Virgen de Guadalupe, Reina de la Hispanidad - De Jose33luis - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0

El crisol africano
África subsahariana es hogar de numerosos crisoles culturales, comenzando por la humanidad misma. Los seres humanos como tales se originaron, que se sepa, en Etiopía, hace unos 200.000 años, y de allí migraron para colonizar el resto del mundo desde hace unos 100.000 años.

Algunos de los grupos etno-culturales más importantes se originaron allí también, hace al menos unos 5.000 años, como los Semíticos (originados en Etiopía y que engloban tanto a árabes como a hebreos, que posteriormente poblarían ampliamente la cuenca del Mediterráneo) o los Congo-Nigerianos, una diversidad de culturas de origen común que se expandió por casi toda África subsahariana.

Un nuevo crisol africano fue constituido a la fuerza en América, entre los siglos XVI y XIX cuando cerca de 11 millones de subsaharianos fueron obligados a migrar como esclavos a distintas partes del “Nuevo Mundo”, rompiendo de forma violenta los vínculos de comunidad de las personas esclavizadas pero a la vez obligándolas a crear nuevos vínculos y, en suma, nuevas formas culturales basadas en distintos pueblos africanos, ahora en distintas partes de América.

El resultado de este proceso de mezcla de distintos elementos culturales africanos en América es la formación de culturas muy originales y en realidad muy poco estudiadas y valoradas. Descendientes de personas venidas de diversas partes de la costa atlántica de África, desde el Cabo Verde en Senegal hasta el río Kuanza en Angola, hoy componen amplios porcentajes de la población americana sobre las costas del Atlántico desde la desembocadura del río Delaware hasta el sur de Brasil, al igual que sobre todas las costas del Mar Caribe, en toda la costa Pacífica colombiana, y en muchas regiones interiores de América.

Tras siglos de interacción (en buena medida marcada por la injusticia y la violencia), la impronta africana en la cultura Latinoamericana (al igual que Angloamericana) es profunda y poco reconocida. Las sociedad afro-americanas, recompuestas inicialmente por los africanos de diverso origen en América, es un crisol de por sí digno y necesitado de mucho estudio (trabajos como los de Manuel Zapata Olivella en Colombia deberían ser mucho más reconocidos y desarrollados). Y sobre esa base, la integración de lo afro-americano con lo indígena y lo mediterráneo, para producir lo latinoamericano, es otro proceso que apenas podemos intuir por algunos indicios más bien indirectos.

Palabras como bambuco, bombo, bongó, conga, cumbia, marimba, merengue, milonga, rumba, samba, tambor y hasta tango y zombi son palabras de sonoridad muy parecida, casi todas con connotaciones musicales y sobre casi todas las cuales se sabe que su origen es africano. Así mismo, la herencia africana sobre la culinaria americana es profunda. La lengua, la comida y la música son parte de esas recomposiciones africanas en América que luego fueron heredadas al conjunto cultural latinoamericano.

La nación de los crisoles
América Latina es la nación de los crisoles, y eso es lo que deberíamos celebrar el 12 de octubre. Ese día marca el momento de la historia en que empezamos a ser lo que somos. Cuando distintos procesos de formación de identidad cultural, que llevaban milenios, comenzaron a converger en uno solo: el latinoamericano.

América Latina es una “nación”, además, porque el hecho de venirse cociendo cinco siglos en un mismo crisol le da hoy a la población latinoamericana un sentido de identidad común, de comunidad, que excede al alcance de los Estados y países en los que se encuentra dividida.  Una “nación” es, en principio, “el lugar donde se nació”. Por extensión, el concepto se refiere a comunidades capaces de organizar el ejercicio de su poder público, la gestión de sus asuntos comunes (de allí eso de Estado-nación). Latinoamérica es una comunidad política que vive inmersa en intensos debates sobre los asuntos del poder público, pero que sigue, con demasiado costo social, jugando al ensayo y al error en la política. Una nación que no acaba de organizar y canalizar su poder.

El 12 de octubre es un gran ejemplo de cómo en Latinoamérica se debate más de lo que se entiende, y se debate para pelear más que para entender. Debatir es una gran forma de entender, y eso es a lo que nos debería invitar la conmemoración de esa fecha.

Por supuesto que no hace falta subestimar ni ocultar el rol de la violencia en la formación de Latinoamérica, ni mucho menos. Acaso, hay que ponerlo en la medida de la miserableza humana. No fueron Europa y el Mediterráneo quienes inventaron y exportaron la guerra; sí quienes han exportado sus mejores técnicas en los últimos 500 años. Pero la América prehispánica también vivía inmersa en guerras entre pueblos indígenas. Los imperios Incas y “Aztecas” no se impusieron por el consenso, y no en vano los Tlaxcaltecas estuvieron dispuestos en ser los primeros aliados de los españoles para someter a los hoy llamados aztecas. Igual pasaba con muchos pueblos subsaharianos. La masiva esclavización de personas negras no era solo la usurpación y trata de personas cometida por europeos; sino que iniciaba con el sometimiento de sus propios congéneres. Negros sometiendo a otros negros para venderlos a comerciantes blancos. Acá mediterráneos, indígenas y subsaharianos, todos, han protagonizado humillantes actos de violencia que marcan nuestro pasado.

En general nuestra historia (como humanidad y como latinoamericanos) está profundamente manchada de violencia. Lo sigue estando en nuestra actualidad. Así que en vez de debatir si es bueno o malo (claro que la violencia es mala), en vez de discutir quién tiene la culpa, deberíamos estar pensando en cómo solucionar el problema de esa tendencia a la violencia con el potencial cultural y político que somos como latinoamericanos.
Un buen paso para desarrollar el potencial de esta nación acrisolada es entendernos más. Saber más sobre nuestro origen. Este texto comparte un sesgo con la literatura académica y con el conocimiento popular. El crisol mediterráneo ha recibido la mayor parte de la atención y los estudios, mientras que los otros dos elementos de la receta (África y América) están pobremente registrados, estudiados y conocidos en comparación. Estudiar los ingredientes de lo que somos y que se ha cocido a la sazón de los siglos en dichos crisoles es un buen ejercicio de autoconocimiento.

Ir más allá del lugar común de españoles e indígenas chocando desde el 12 de octubre de 1492, con la población negra pasando un poco inadvertida en la ecuación, hasta dar con una “independencia” de no se sabe bien quién de quién a inicios del siglo XIX, debería ser un deber moral de los latinoamericanos. En lugar de debatir si nuestra historia es buena o mala (toda historia humana está repleta de cosas de ambo talante), mejor dedicarse a entenderla. Que el 12 de octubre sea un buen recordatorio anual de la necesidad de seguir entendiendo qué es la nación de los crisoles.