Pasar al contenido principal

Greed is good? ‘Wall Street’ leída desde Lacan y Platón

Tomás Felipe Molina

Greed is good? ‘Wall Street’ leída desde Lacan y Platón

No adviertes, Calicles, que la igualdad geométrica tiene mucha importancia entre los dioses y entre los hombres; piensas, por el contrario, que es preciso fomentar la codicia, porque descuidas la geometría.
Platón – Gorgias (508a).

En Wall Street, la película de 1987, Gordon Gekko pronuncia un discurso con amplia resonancia dentro de la cultura popular: “la codicia es buena”. El mensaje central de Gekko lo escuchamos todos los días en sus múltiples variaciones barrocas; por aquí como un canon alla ottava, y acullá como un contrapunto alla duodecima. Podría uno decir, sin mucho temor a equivocarse, que sintetiza las posiciones de muchos economistas. Por eso vale la pena hacer un análisis psicoanalítico y filosófico del discurso de Gordon Gekko. Para cumplir con ese propósito me valdré de Lacan y Platón.


Como es bien sabido, Freud propone un modelo tripartita de la mente: el ego, el yo y el superyó. El ‘ego’ es la parte más primitiva y caótica de la mente; allí residen los instintos e impulsos más básicos. El ‘yo’ es la parte racional que sirve de intermediaria entre el ego y el mundo exterior. Y el ‘superyó’ es la versión idealizada del ‘yo’. Cada vez que nuestro ‘yo’ no está a la altura de nuestro ‘superyó’ recibimos una reprimenda de lo que llamamos conciencia en el lenguaje cotidiano. El superyó nos observa y nos dice: “usted no está siendo lo que debería ser; ¡séalo!”.

Lacan, empero, no se conforma con este análisis y hace una división aún más fina del superyó. Primero está el ‘yo idealizado’. Como su nombre lo indica, el ‘yo idealizado’ es lo que nos gustaría ser; es el ideal de perfección que el ego persigue durante toda su vida. En segundo lugar está el ‘yo ideal’: es el punto ideal desde el que nos observamos y juzgamos. El ‘yo ideal’ es el famoso Gran Otro que nos observa y nos obliga a corresponder con las expectativas que tenemos de nosotros. Finalmente, el ‘superego’ es el mismo agente pero en su versión más cruel y punitiva. En palabras de Zizek: “el ‘yo idealizado’ (…) es la imagen idealizada de mi ‘yo’; el ‘yo ideal’ o Gran Otro (…) es el punto desde el cual me observo y me juzgo; y el superego es el agente cruel e insaciable que me bombardea con demandas imposibles y luego se burla de mis intentos de lograrlas”.

Lo anterior nos sirve para entender mejor el famoso discurso de Gordon Gekko en Wall Street de Oliver Stone. Para quienes no recuerden bien la película vale la pena una contextualización. Gordon Gekko es un poderoso inversionista de Wall Street que tiene fama de depredador. Es el cínico paradigmático para quien lo único que importa es ganar. Por supuesto, eso implica que no le importan los trabajos y familias que dependen de las empresas que compra. Si para ganar dinero debe disolverlas, Gordon Gekko lo hace sin el menor escrúpulo moral. Eso lo vuelve, de algún modo, un seguidor de Friedman: la única finalidad moral de las empresas es enriquecerlo. Justo por eso la junta directiva de Teldar Paper (la empresa ficticia que acaba de comprar) lo ataca y lo denuncia como depredador. Es ahí cuando Gordon Gekko pronuncia su famoso discurso sobre la codicia.

Gekko empieza diciéndonos que no nos hablará de fantasías, sino de una realidad política y económica: la burocracia de las empresas no es eficiente, no confía en sus propias empresas y devora todos sus recursos en lujos innecesarios. Gekko, por tanto, vendrá a liberarnos del desperdicio corporativo, de tal modo que, como Donald Trump promete, hará a América grande de nuevo por medio de la codicia. No obstante, aunque Gekko lo niegue, su discurso es una fantasía en el sentido lacaniano.

Recordemos que el ‘yo ideal’ o Gran Otro es el agente que nos obliga a ser lo que se espera de nosotros. Pero también es preciso entender que el Gran Otro trabaja a nivel simbólico. Veamos cómo funciona eso en la práctica. Para las reglas de la decencia pública (el Gran Otro del discurso) Gordon Gekko es un buen americano que quiere restaurar las buenas prácticas corporativas. El Gran Otro queda así muy satisfecho y se dice a sí mismo: “soy lo que ustedes han querido que yo sea: un inversor decente y profundamente americano”. En el nivel simbólico, por tanto, Gerkko es virtuoso y deseado. En eso consiste la primera parte de su fantasía.

Sin embargo, en otro nivel, en el nivel del superego, el discurso de Gekko nos bombardea con el imperativo de “¡disfruta la codicia!”. Nuestro Gran Otro sabe que la codicia es mala; para la decencia pública, para el código moral cristiano que nos han inculcado, los codiciosos son malos. El superego, no obstante, al final se sale con la suya y nos obliga a aceptar la codicia como el único recurso para salvar el país; pero de modo más significativo, nos obliga también a disfrutarla. El discurso de Gekko funciona, en fin, con la siguiente técnica: en el nivel simbólico del Gran Otro conserva toda la apariencia de ser virtuoso (rescataré a América de los malvados burócratas, etc.); una vez el Gran Otro queda satisfecho, empero, el discurso subrepticiamente nos deja libres para disfrutar de la sucia fantasía de la codicia: ¡la codicia es buena, enjoy it!

La restauración de la virtud corporativa que propone Gekko solo funciona mediante un giro cínico: el abrazo de la codicia. En efecto, Gekko no salvará las empresas mediante la restauración de la “responsabilidad con el accionista” que tanto loa al inicio de su discurso. Gekko no trabajará responsablemente para darles dinero a los demás accionistas y mantener la eficiencia corporativa. No: la restauración de “la época del libre mercado” vendrá por medio de su codicia. Si Gekko puede usar información privilegiada para ganar dinero a costa de los demás, lo hará. Incluso si los demás accionistas pierden. O de manera más exacta, especialmente si los demás pierden. La codicia de Gekko es ilimitada. Eso es lo que dice veladamente, de hecho, en uno de las escenas más significativas de la película. El protagonista, Bud Fox, le pregunta a Gekko con cuánto dinero quedaría satisfecho. Gekko le responde que ese no es el punto. Lo que le interesa a él es ganar, derrotar al otro una y otra vez. El mundo de los negocios es de suma cero. Alguien siempre tiene que perder. Así pues, como lo deja muy claro el final de la película, la restauración codiciosa de Gekko vino a costa de engañar a los accionistas y a los trabajadores de una empresa. Finalmente la codicia es buena, ¿no? I enjoy it, why don’t you? (Pero lease en el subtexto: If you don’t enjoy it, then you’re an idiot)

El cinismo de Gekko pretende funcionar con la fórmula que Sloterdijk explica en su Crítica a la razón cínica: “una falsa conciencia ilustrada”. Un cínico es alguien que hace parte de un grupo (la Iglesia, el Estado, el sector financiero, etc.) y que, empero, no cree en los principios de su grupo. Como dice Gómez Dávila, “el cínico es aquel que, no creyendo ya en su derecho, no renuncia a él”. Gekko, por ejemplo, no cree en los principios simbólicos (en el gran Gran Otro) de Wall Street. El propósito de Gekko no es capitalizar las empresas de modo que todos ganen, o prestar capital ocioso para el desarrollo económico del país, o hacer más eficiente el mercado, o cualquiera de las justificaciones del sector financiero. Empero, no renuncia a su dinero.

Gekko simplemente cree en el poder de su inteligencia para ganarles a los demás. De hecho, cree que es más inteligente que los “idiotas” que obedecen todavía las reglas del Gran Otro. El padre de Bud Fox, por ejemplo, ha sido responsable y honrado toda su vida (el único hombre honrado que Bud Fox ha conocido, i.e., la encarnación del Gran Otro en la película), pero ha fracasado a los ojos de Gekko. Y ha fracasado simplemente porque no se ha vuelto todo lo poderoso que podría volverse. Es decir, no ha sabido dejarse llevar por su codicia.

Gekko se parece a un personaje muy influyente en la historia del pensamiento occidental: Calicles. En el diálogo Gorgias de Platón, Calicles dice lo siguiente: “la molicie, la intemperancia y el libertinaje, cuando se les alimenta, constituyen la virtud y la felicidad; todas esas otras fantasías y convenciones de los hombres contrarias a la naturaleza son necedades y cosas sin valor”. En efecto, Calicles quiere gozar de una codicia sin límites; le parece, de hecho, que la codicia es virtuosa. Pero todo eso se debe a que, como Sócrates se lo dice, no ha estudiado geometría. La buena vida se ajusta a la igualdad geométrica: lo más bello y justo, por ejemplo, es que los hombres buenos reciban honores y bienes proporcionales a su virtud; lo más feo e injusto es que el hombre malo reciba honores y bienes que no le corresponden. Por esa razón es feo e injusto codiciar sin límites: cuando no hay límites se codicia lo que no le corresponde a uno por virtud. Por ejemplo, Gekko codicia empresas a las que no les puede hacer bien a largo plazo. Él mismo lo acepta cuando dice que no crea riqueza alguna para la sociedad. Solo quiere participar en Wall Street para depredar. Ese es el horror de la injusticia.

Desafortunadamente la codicia al estilo de Gekko es muy popular entre los políticos e intelectuales de nuestra época. El político que codicia ilimitadamente y el intelectual que lo defiende creen tener una inteligencia superior. Pero es todo lo contrario: creer que la codicia ilimitada hace parte de la buena vida es no haber entendido nada. Sócrates intenta explicárselo por medio de una metáfora a Calicles: imaginemos dos hombres encargados de cuidar varios toneles; el primero tiene unos toneles perfectamente resistentes donde guarda vino, miel, leche, etc.; el segundo, en cambio, tiene unos toneles podridos y llenos de agujeros; por tanto, éste debe estar comprando vino, leche y miel todo el tiempo para rellenarlos constantemente. ¿Quién vivirá una vida más sabia y tranquila? ¿El primero o el segundo?

Calicles y Gekko insisten en que el primer hombre no es feliz porque no goza de ningún placer; está tan muerto como una piedra. Pero no se dan cuenta de algo muy importante: los placeres que el ‘superego’ les exige satisfacer constantemente en realidad los dejan siempre intranquilos y perpetuamente insatisfechos, como si uno tuviese que rascarse el cuerpo todo el día. Los placeres del superego en realidad son torturas. No todos los placeres son buenos. Mucho menos los que manda el superego. El placer del deber cumplido del primer hombre de la metáfora socrática, en cambio, satisface y deja espacio para otros actos virtuosos y para otros placeres buenos.

No obstante, podemos estar seguros de que en todas partes escucharemos al cínico decir en voz baja: “¿Ah, no lo sabían ustedes? Todo se reduce a tener poder y dinero. Lo demás son ilusiones. Disfrutad. Es lo único que hay en el mundo. Disfrutad y alimentad vuestros vicios ya. Disfrutad vuestra codicia. ¡La codicia es buena!”.

El cínico nunca entiende que no ha entendido lo que había creído entender.

Discurso de la película

“Bien, aprecio la oportunidad que me brinda el Sr. Cromwell, como el principal accionista de papelera Teldar, para hablar.
Damas y caballeros, no estoy aquí para hablar de fantasías, estoy para hablar de realidad política y económica.

América se ha convertido en una potencia de segunda categoría. Su déficit comercial y su déficit fiscal tienen proporciones de pesadilla. En los días del mercado libre, cuando nuestro país era una potencia industrial superior, había responsabilidad con el accionista. Los Carnegies, los Mellons, los hombres que construyeron ese gran imperio industrial, invertían y cuidaban porque era su dinero el que estaba en juego.

¡Hoy, la gerencia no invierte en la compañía! Todos juntos, estos hombres que se sientan allí (la gerencia de Teldar) poseen menos del 3 por ciento de la compañía. ¿Y dónde pone el Sr. Cromwell su sueldo de un millón de dólares? No en acciones de Teldar; él posee menos del uno por ciento. Ustedes (el público) son los dueños de la compañía. Ustedes son los accionistas y están por encima de ellos; por encima de estos burócratas, con sus almuerzos costosos, sus viajes de caza y de pesca, sus jets corporativos y sus paracaídas de oro.

Papelera Teldar tiene 33 vice presidentes con sueldos de 200 mil dólares por año. Ahora, ¡he pasado los últimos dos meses analizando que hacen todos estos individuos, y todavía no lo sé! Lo que sí sé es que nuestra compañía perdió 110 millones de dólares el año pasado, y apuesto a que la mitad se perdió en todo el papeleo que se envían entre sí todos estos vice presidentes.

La nueva ley de la evolución en la América corporativa parece ser la de la supervivencia del más inútil. Bien, en mi libro, o se es eficiente o se es eliminado.

En las últimas siete operaciones en las cuales participé involucré a 2.5 millones de accionistas que han logrado un beneficio antes de impuestos de 12 mil millones dólares. Gracias.

No soy un destructor de compañías. ¡Soy un liberador de ellas!

El punto es, damas y caballeros, que la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena. La codicia funciona. La codicia es necesaria. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de la evolución. La codicia en todas sus formas: la codicia de vivir, de saber, de amar, de dinero; es lo que ha marcado la vida de la humanidad…

La codicia no sólo salvará a papelera Teldar, sino a esa otra gran corporación enferma llamada Estados Unidos de Norteamérica”.