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¿Escuchamos a quienes han vivido la violencia o hablamos por ellos y ellas?

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En Colombia hemos aprendido a hablar de víctimas, sobrevivientes, desplazados y excombatientes. Necesitamos esas categorías para reconocer lo ocurrido, garantizar derechos y orientar políticas públicas. Pero vale la pena hacernos una pregunta menos evidente: cuando hablamos de quienes han vivido la violencia, ¿los estamos escuchando o estamos hablando por ellos?

Redactado por: 
Miguel Gutiérrez Peláez, profesor del programa de Psicología de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad del Rosario. 

La pregunta importa porque las categorías con las que intentamos comprender una experiencia pueden terminar anticipando lo que esperamos encontrar. Sabemos que alguien fue desplazado, que perdió a un familiar, que estuvo secuestrado o que participó directamente en la guerra, y podemos creer que sabemos también qué produjo esa experiencia en su vida. Después de muchos años de trabajar con personas afectadas de distintas maneras por el conflicto armado, principalmente en Colombia, pero también en otras partes del mundo, he podido constatar que un mismo acontecimiento puede tener efectos muy diferentes en cada persona.

La guerra produce experiencias colectivas, pero el trauma siempre es singular. No existe una relación directa entre la magnitud objetiva de la violencia y sus efectos subjetivos. Dos personas pueden haber estado expuestas a un acontecimiento semejante y verse afectadas de maneras profundamente distintas. Para una, la experiencia puede alterar la confianza en los demás; para otra, transformar sus vínculos; para otra, modificar su relación con el futuro.

Allí encuentro uno de los aportes del psicoanálisis para pensar el conflicto armado. Entre el acontecimiento y sus efectos hay un sujeto, con una historia particular, unos vínculos y unas formas propias de responder a aquello que le sucede. El trauma introduce una ruptura en la trama de esa historia, un punto que inicialmente puede resistirse a ser simbolizado e integrado a la experiencia. Por eso, ante alguien que ha atravesado una situación de violencia, no basta con preguntar qué ocurrió. Es necesario preguntarse también qué lugar ocupa eso que ocurrió en el tejido de su existencia.

Esta distinción tiene consecuencias para la manera en que pensamos la atención y la reparación. Los diagnósticos y las categorías generales son necesarios para organizar intervenciones y políticas públicas. El problema aparece cuando confundimos esas categorías con las personas a las que pretendemos comprender.

Una persona que ha sido víctima de la violencia no se reduce a esa condición. Continúa teniendo una historia, vínculos, deseos, contradicciones, proyectos y maneras de responder que no pueden deducirse de la violencia que sufrió. Incluso una categoría creada para reconocer un daño puede terminar reduciendo a una persona cuando se convierte en la única manera de nombrarla.

Durante muchos años he tenido la oportunidad de escuchar a personas que han vivido la guerra desde lugares muy distintos: víctimas, excombatientes, militares, policías y sus familias, entre otros. Ese trabajo me ha mostrado también algo que las descripciones generales del conflicto no siempre permiten advertir: incluso frente a acontecimientos devastadores, las personas encuentran formas de responder que no están enteramente determinadas por la violencia. He encontrado esas respuestas en testimonios, expresiones artísticas, rituales, ejercicios de memoria, iniciativas comunitarias y formas muy diversas de reconstruir los vínculos con otros. Estas respuestas no eliminan el trauma ni borran lo sucedido. Pero permiten, en algunos casos, encontrar maneras de relacionarse con aquello que ocurrió sin quedar enteramente definido por ello.

En este punto, la escucha adquiere un lugar fundamental. Testimoniar no consiste simplemente en reconstruir una sucesión de hechos. Implica dar cuenta de los efectos que esos hechos tuvieron en una vida y de las formas en que han podido o no ser elaborados. Y ningún testimonio se produce en el vacío: necesita un otro dispuesto a escuchar sin apresurarse a acomodar lo escuchado en categorías previamente establecidas.


La posibilidad de ser escuchado constituye, en sí misma, una forma de reconocimiento. Esa escucha no modifica lo ocurrido, pero puede transformar la posición desde la cual una persona logra relacionarse con su pasado. No se trata de borrar lo sucedido ni de regresar a un estado anterior. Se trata de que esa experiencia pueda encontrar un lugar distinto en la propia historia.

Pensar la reparación desde allí supone también interrogar el lugar que otorgamos a quienes han sufrido la violencia. Reconocer a alguien como víctima es indispensable cuando sus derechos han sido vulnerados. Pero fijarlo indefinidamente en ese lugar puede terminar desconociendo otros aspectos de su existencia. Una escucha ética implica poder reconocer ese sufrimiento sin reducirlo a categorías generales, restituyéndole un nombre y una historia.

Este es uno de los lugares desde los cuales la psicología y el psicoanálisis pueden contribuir a los procesos de construcción de paz. La atención de quienes han sufrido la violencia es fundamental, pero el trabajo no termina en identificar síntomas, establecer diagnósticos o asignar categorías. También exige preservar la posibilidad de escuchar aquello que, en toda experiencia humana, desborda las categorías con las que intentamos comprenderla.

¿Estamos escuchando a quienes han vivido la violencia o estamos hablando por ellos? Escuchar implica admitir que no sabemos de antemano lo que una experiencia ha significado para alguien y hacer lugar a una palabra que puede incluso contradecir lo que esperábamos encontrar. Aun frente a experiencias colectivas de violencia, seguimos encontrándonos con sujetos singulares, con una historia y con formas propias de responder a aquello que les ha ocurrido.


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