Mi primera palabra es de gratitud.
Gracias, Eminentísimo señor Cardenal, por honrarnos con su presencia y con su bendición. Reciba, Eminencia, como rector honorario de este Claustro, el afecto y la gratitud de toda la comunidad rosarista.
Gracias al señor Presidente de la República, Abelardo de la Espriella, por su beneplácito como Patrono de este Colegio Mayor, y por haber delegado su representación en el señor Vicepresidente de la República: muy querido ex rector de esta Universidad, y mi rector cuando tuve el honor de servir como vicerrectora académica del Claustro. Señor Vicepresidente: la vida tiene maneras hermosas de cerrar sus círculos; gracias por acompañarme también en este.
Gracias al Colegio Electoral, Consiliarios y Colegiales de Número, por la confianza que depositaron en mí. La honraré todos los días: con trabajo, con escucha y con resultados.
Gracias, de manera muy sentida, a todos los rectores de este Claustro, y en particular a mis dos rectores: Hans Peter Knudsen y José Manuel Restrepo. Ustedes confiaron en mí desde muy temprano; a su lado crecí y aprendí que el Rosario no se dirige: se sirve. Mi mayor aspiración es que esta Universidad vuelva a brillar tanto como brilló cuando ustedes la guiaron. Gracias también a la doctora Ana Isabel Gómez por su entrega a esta casa y por la generosidad de esta transición.
Gracias a las personas que son esta Universidad. A ustedes, estudiantes: por recordarnos cada día para quién existe esta casa; todo lo que aquí se decida los tendrá en el centro. A ustedes, profesores: fui una de ustedes durante veinte años, y haré que serlo sea, cada día más, un orgullo cuidado y reconocido. A ustedes, egresados, todos ilustres: llevan el Nova et Vetera por el mundo; esta casa estará siempre abierta y los necesita de regreso. A los colaboradores administrativos y de servicio: hacen posible, tantas veces en silencio, todo lo que esta Universidad logra; los veré y los valoraré. A nuestros aliados: encontrarán en el Rosario un socio audaz, riguroso y leal. Y a las familias de nuestra comunidad: gracias por confiarnos lo más valioso que tienen.
Y una gratitud muy de corazón hacia UNIMINUTO, que me acogió estos últimos años: al padre Diego Jaramillo, al padre Camilo Bernal y al padre Harold Castilla, hoy además presidente de ASCUN. Seis años con ustedes me enseñaron la Colombia profunda, la educación como obra de vida, y la certeza de que ningún talento de este país puede quedarse por fuera de la mesa. Esas lecciones llegan hoy conmigo al Claustro, y se quedan.
Y finalmente, gracias a mi familia, a mi esposo Eric, y a cada rosarista que en estas semanas me ha regalado mensajes, ideas, sueños y expectativas. Los he leído y escuchado todos. Son, desde ya, materia prima de lo que vamos a construir.
Una palabra personal
Permítanme, antes de mirar al futuro, una palabra personal. Como saben, soy francesa: orgullosa nieta de mineros de fondo de las minas de carbón del sur de Francia y de migrantes portugueses, e hija única de padres que no pasaron por ninguna universidad. Soy el puro producto de una educación de calidad que permite futuros a priori inimaginables, y la prueba de que la educación transforma vidas: la mía, la primera; y ahora quiero que sea la de todos los colombianos que merecen esta misma oportunidad. Me siento profundamente colombiana, por adopción y por convicción: llegué sola a este país en el año 2000, con veinticuatro años -por eso no le temo a gran cosa-, y entré directamente a esta casa, donde aprendí a dar clase, a dirigir investigación, a conducir una facultad, a gobernar una universidad. Tras más de veinte años aquí, y seis en la institución universitaria privada más grande del país, que también se llevó mi corazón, asumir esta Rectoría es devolver, con todo lo aprendido dentro y fuera, al proyecto que me formó.
Esa condición bicultural me ha dado un privilegio invaluable: la distancia crítica de quien viene de afuera, combinada con el compromiso visceral de quien ha echado raíces profundas. Veo a Colombia con ojos que aman profundamente lo que ven, pero que no renuncian jamás a interrogarlo. Es desde ese lugar, fronterizo, apasionado y crítico, desde donde quiero hablarles hoy.
La hora de la educación superior
Asumo esta Rectoría en una hora decisiva para la educación superior. Los cambios estructurales ya no son tendencias: son hechos. La inteligencia artificial transforma qué se enseña, cómo se aprende, cómo se evalúa y cómo se gestiona; la demografía reconfigura la demanda; los estudiantes piden experiencia, cuidado, sentido y bien común, porque el corazón es tan importante como la razón; los empleadores piden competencias demostrables; y una sociedad incierta y polarizada espera de la universidad ciencia, voces informadas y esperanza. Frente a esa hora, el Rosario no va a esperar: va a anticipar. No va a adaptarse: va a liderar.
El norte
Porque este es el norte que hoy les propongo, y quiero decirlo sin rodeos, para que se escuche dentro y fuera de estos muros: la Universidad del Rosario será LA universidad más innovadora de Colombia y de América Latina, con proyección global.
¿Y qué significa, en concreto? No es un eslogan: es un mapa que se recorre respondiendo tres preguntas. ¿Para quién innovar? Para nuestros estudiantes, con acompañamiento integral y una experiencia glocal al alcance de todos; para los sectores productivos, con transferencia real de conocimiento y un ecosistema emprendedor vivo; para la sociedad, con ética, integridad y respuesta ante las crisis; y para la comunidad global, con contribuciones verificables a los desafíos del planeta. ¿Qué innovar? La investigación, con proyectos emblemáticos, interdisciplinarios y convergentes; la educación, con currículos de futuro y un aprendizaje transformado, con responsabilidad, por la inteligencia artificial; y la vinculación social, con impacto medible, innovación incluyente y emprendimiento de base universitaria. ¿Y cómo innovar? Con liderazgo visionario y una gestión basada en los datos, la ciencia y el empoderamiento; con una cultura de confianza y creatividad; con financiación sostenible; con tecnología de vanguardia; y con una marca que haga brillar al Rosario ante el mundo. Ese es el mapa, y sobre él mediremos nuestros avances, con datos y transparencia, en línea con el Plan Institucional de Desarrollo.
Habrá quien piense que innovación y tradición se contradicen. Es exactamente al revés, y nuestros egresados lo saben mejor que nadie: son las universidades de mayor identidad y misionalidad, las de raíces históricas más hondas, las que pueden ser referentes mundiales de innovación y de disrupción, porque solo quien sabe quién es puede atreverse a cambiar sin perderse. Eso es el Nova et Vetera: no un lema de museo, sino un método de futuro. El Rosario innovará porque es antiguo, no a pesar de serlo. Y no perseguimos la innovación como vanidad ni como moda: la perseguimos como responsabilidad con el país, sus comunidades y sus territorios. Una universidad con nuestra historia no innova para sí misma; innova para servir.
El plan: lo que vamos a construir juntos
¿Y cómo lo haremos? Les propongo un plan claro y exigente, con rutas, responsables e hitos, que pondré sobre la mesa para dialogarlo, ajustarlo y co-construirlo entre todos, nada está escrito en mármol, porque ninguna transformación es legítima si no nace de quienes la harán realidad. Mi primer acto de gobierno será escuchar, de manera estructurada y empática, a toda la comunidad y a todos los niveles de la gobernanza: las mejores decisiones nacen de la inteligencia colectiva. Estas son las líneas maestras; en cada una, lo internacional será transversal y clave.
Primero: una universidad al servicio de todo el país, a lo largo de toda la vida. Pasaremos de universidad a multiversidad: múltiples edades, formatos, niveles, modalidades y certificaciones en una sola arquitectura coherente. El estudiante dejará de ser una cohorte que entra y sale: será una relación de por vida, con credenciales apilables, reconocimiento de aprendizajes previos, formación para los oficios del futuro, formación humanística vibrante y un acompañamiento de carrera que no termina el día del grado.
Segundo: una revolución de la docencia y del aprendizaje. Ensayaremos, sin miedo, marcos pedagógicos audaces, mediaciones tecnológicas múltiples y disrupciones didácticas rigurosas: aprendizajes inmersivos, vivenciales, prácticos y globales; evaluación auténtica centrada en el desempeño demostrable; una fábrica de diseño pedagógico experiencial al servicio de, y nutrida por, todos los programas; un laboratorio curricular de emprendimiento donde cursar créditos liderando proyectos y empresas propias; inmersiones sociales en los territorios; y la pedagogía del cuidado como parte estructural del modelo, no como anexo de bienestar. Y protegeremos, con el mismo celo, lo que ninguna tecnología puede dar: el seminario, el laboratorio, la mentoría, la conversación difícil. Cuando lo digital abunda, lo presencial se vuelve precioso, y lo diseñaremos como tal
Tercero: una nueva revolución científica. El Rosario pondrá en marcha la Nueva Expedición Botánica para el Siglo XXI. Y permítanme explicar qué entiendo por ella, porque no se trata de volver a recorrer el país recolectando especímenes: eso ya existe. Se trata de algo mucho más ambicioso: volver a poner al Rosario en el centro de una revolución científica, como lo estuvo hace más de dos siglos, cuando la Expedición original, la empresa científica más ambiciosa de la América hispánica, unió como nadie la ciencia, el arte y la comunicación del conocimiento; formó a la primera generación de científicos de este país, buena parte de ella salida de estas aulas; y enseñó a varias generaciones a conocer su territorio y a pensarse como nación. Eso, traducido a nuestro siglo, es lo que les propongo: poner el talento científico rosarista, en alianza, al servicio del hoy y del mañana, con la ciencia, otra vez, al servicio de la sociedad.
Será un gran programa de largo aliento, liderado desde esta casa -la casa donde Mutis enseñó-, con un ecosistema de aliados públicos y privados, nacionales e internacionales, alrededor de misiones donde tenemos experticia de clase mundial: la vida y el territorio; la salud planetaria, una sola salud; el clima y la transición justa; las sociedades, el desarrollo, las diversidades y la paz; y la inteligencia artificial al servicio de la vida. Una investigación de excelencia, capaz de competir y sobre todo de colaborar a nivel mundial, pero madura: que piensa su impacto más allá de la publicación tradicional y supera, segura de sí misma, las presiones de cualquier ranking. Haremos del conocimiento de frontera del Rosario la base de un nuevo pacto con la empresa, la comunidad, la cultura y el Estado.
Cuarto: una transformación digital centrada en lo humano. Construiremos una fábrica de inteligencia artificial pensada para la educación: un espacio donde estudiantes, profesores y aliados diseñarán, con tecnologías emergentes, soluciones a problemas de nuestra comunidad, del país y del mundo. La guiará una visión de inteligencia híbrida y extendida -la humana y la artificial potenciándose mutuamente-, con las humanidades en el centro, y con ética, gobernanza de datos, transparencia y explicabilidad como condiciones innegociables. La tecnología, en el Rosario, tendrá siempre rostro humano y vocación de servicio hacia el país.
Quinto, y quiero subrayarlo, porque será uno de mis corazones en este mandato: hacer brillar la proyección social, la joya de la corona. Es la función misional que enlaza al Rosario con la historia, el presente y el futuro de Colombia, y que pone la contribución a la transformación social en el centro del servicio de toda la comunidad rosarista. Sellaremos un nuevo contrato social para hacer ciencia, transferirla y formar el talento que el país necesita. Y el Rosario estará presente en todo el territorio nacional, en alianza genuina con las universidades e instituciones de las regiones, porque este país no necesita universidades rivales, sino un sistema que sume. Donde haya una comunidad con un problema por resolver y un joven con un sueño por cumplir, allí estará el Rosario.
Y sexto: repensar nuestra gobernanza interna. Lo haremos a través del cambio de las Constituciones que ya se viene adelantando, que nos tocará a todos, juntos, discutir y culminar, dejando verdaderos espacios de participación y responsabilidad, alianzas de perspectivas y diversidades, y pesos y contrapesos. Pero también -y varios ya me conocen en esto- rompiendo esas barreras invisibles que la academia levanta entre facultades, disciplinas y programas. Todos debemos unirnos para lograr la formación integral del ser humano, el florecimiento de las personas y la cívica en tiempos de inteligencia artificial: formar personas capaces de desplegar su potencial, cultivar sus pasiones, vivir experiencias memorables y contribuir al bienestar colectivo. Esa es la medida última de todo lo demás.
Una proyección nueva: los Futuros de la Educación y del Aprendizaje al servicio de todos
Todo lo anterior será posible solamente si reflexionamos profundamente sobre nuestras propias prácticas. Por eso quiero entregarles hoy una propuesta que sume los esfuerzos de todos: la creación de un Tanque de pensamiento y acción para los Futuros de la Educación y del Aprendizaje. Un espacio donde disoñaremos -diseñar y soñar, al mismo tiempo- la educación que viene: estudios de vanguardia sobre la educación superior; anticipación de las tendencias antes de que se vuelvan urgencias; experimentación y prototipado, con mínimos viables, de innovaciones audaces; y un centro internacional de reflexión, experticia y acción sobre el futuro de aprender, cuyas recomendaciones servirán a las universidades de Colombia y del mundo. Junto a nuestra fábrica de inteligencia artificial, llevará estas innovaciones a lo cotidiano de la Universidad. Porque la universidad que primero comprenda hacia dónde va la educación será la que lidere su transformación; y esa universidad será el Rosario.
La universidad como agente de transformación
Ahora bien, digámoslo con honestidad: el mundo que heredamos está sacudido por tensiones profundas: la desinformación masiva, el debilitamiento intelectual de muchos líderes que conducen los asuntos del mundo como si fueran un juego sin consecuencias, la erosión del debate democrático y el retroceso de las instituciones del saber. Las universidades hemos perdido espacio, protagonismo y voz en el debate de las ideas. Hoy debemos convertirnos -o reconvertirnos- en actores clave de la innovación y del desarrollo, y en guardianes activos de la justicia social, de la democracia y de la ciencia. Y esa reconversión depende de todos nosotros.
Por eso lo digo con convicción: pondremos la ciencia y el conocimiento riguroso y verificable en el corazón del nuevo contrato social y de la decisión pública y privada. Seremos parte de la solución: la sociedad nos necesita, no como ornamento de un currículo, sino como agentes de transformación real en tiempos de inteligencia artificial. El desafío mayor es formar un pensamiento crítico, reflexivo y creativo que la tecnología pueda enriquecer y multiplicar, pero nunca reemplazar: la belleza de la imperfección del pensamiento humano -su duda, su búsqueda, su error y su rectificación- es, precisamente, su mayor grandeza. Estudiar y enseñar en tiempos de inteligencia artificial es, ética y científicamente, más exigente que nunca.
Por eso también, ante el reto próximo de la reacreditación institucional, mostraremos toda la fuerza de un Siempre nuevo, Siempre antiguo y Siempre humano. No lo duden: vamos todos por los diez años de acreditación; varios programas ya lo lograron, y la Universidad, como un todo, también lo logrará.
Autonomía, democracia y sociedad
Todo este plan se sostiene sobre un fundamento del que quiero hablarles para terminar. El Rosario debe estar, como siempre lo ha demostrado en su historia, a la vanguardia de la defensa de la sociedad y de la democracia, hoy más que nunca. Y eso exige una autonomía universitaria renovada para el siglo XXI, que defienda la libertad académica e intelectual como el mejor capital de las generaciones futuras. La autonomía no es un privilegio corporativo: es la condición empírica de la libertad intelectual. La universidad es uno de los pocos lugares desde donde una sociedad puede pensarse contra sí misma, y eso es precisamente lo que ha caracterizado al Rosario en toda su historia. Lo que la autonomía protege es el capital intelectual y crítico de una sociedad, que tarda décadas en construirse y puede destruirse en meses; quien no lo protege se empobrece en silencio, y solo descubre la pérdida cuando ya no tiene a quién preguntar. Porque el conocimiento avanzado no florece en el vacío: requiere instituciones que lo convoquen, políticas que lo financien y culturas que lo celebren.
De ahí se desprende una consecuencia exigente: la autonomía ya no puede defenderse como un fuero; debe justificarse ante la sociedad, todos los días, con rendición de cuentas, transparencia y calidad verificable. Siendo universidad, adquirimos una deuda moral y ética que nos obliga a poner nuestro conocimiento al servicio de todos, de un país más justo, más equitativo y más ilustrado. Ese es nuestro imperativo: no opcional, no circunstancial; imperativo. Y autonomía no es independencia: es servicio -al Estado, al orden jurídico, a las comunidades, a los territorios y a los jóvenes que la sociedad nos confía-, incluidos los que hoy dudan de que la universidad valga la pena para su futuro: también para ellos, y con ellos, construiremos este nuevo pacto. La sociedad espera del Rosario, fuerte de sus casi 373 años, proyectos cuyos impactos se miden en décadas y contribuciones inmediatas desde una universidad del tiempo largo. Y espera diálogo: ella necesita nuestro conocimiento para decidir en colectivo; nosotros la necesitamos para conservar el espacio donde ese conocimiento nace. Esa interdependencia es un patrimonio de la democracia.
Invitación a la comunidad
Nada de esto lo hará una rectora sola. Por ello, invito a toda la comunidad -estudiantes, profesores, colaboradores, egresados, aliados- a sumarse, a aportar ideas, a debatir, a pelear por las acciones que importan, a construir futuros. Nadie se quedará solo ni relegado: habrá puertas abiertas, mesas de ideación, espacios para experimentar, derecho a equivocarse y obligación de aprender rápido. No todo se podrá hacer; priorizaremos. Pero pediré siempre optimismo, respeto y sonrisa, incluso en los momentos difíciles, porque cada persona de esta comunidad es una joya que vamos a cuidar, empoderar y acompañar en sus sueños y en sus miedos.
Lo habrán entendido: quiero devolver al Rosario a un lugar de excelencia en docencia, investigación, proyección social, posicionamiento internacional y gestión, y llevarlo a ser la universidad más innovadora de América Latina y más allá, con un criterio de base: la tecnología para ampliar el sentido humano de la educación, nunca para reemplazarlo. Trabajo, escucha, datos, valentía y cuidado: cinco palabras que dicen más que cualquier plan. No habrá improvisación.
Hace casi 373 años, fray Cristóbal de Torres fundó este Colegio Mayor para formar a quienes habrían de servir a la República. Esa República, hoy, nos vuelve a necesitar: con ciencia, con cuidado, sin miedos y con futuros.
Y si algo he confirmado en este camino hacia el Claustro, es que el talento rosarista no tiene límite. Quiero que lo sepan: ese talento encontrará en mí una persona comprometida con darle, todos los días, lo que nuestro querido Leonardo Palacios, director de la carrera de Teatro Musical, llama un “impulso al alma”.
Camino a nuestros 375 años, y con el acompañamiento de la virgen de la bordadita, recibo esta Rectoría con el corazón rebosante de gratitud y con la alegría intacta de quien vuelve a casa para servirla. Lo nuevo, lo viejo y lo humano: casi cuatro siglos de raíces y toda la audacia del porvenir. Manos a la obra, queridos todos: disoñemos juntos, desde donde estemos como rosaristas la universidad que el mundo todavía no ha visto.
Muchas gracias.
