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El silencio que me responde [1]

Juan José Velásquez

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No sé en qué momento empezó a reinar el silencio. Quizá cuando dejé de hablarle al mundo, o cuando empecé a escucharla incluso con los ojos abiertos. A veces pienso que nunca se fue. Otras, que soy yo quien no ha sabido dejarla morir en paz.

Mi nombre es Akihiro Aoyama, tengo veintidós años, y vivo en un apartamento pequeño en Kanazawa, la capital de la prefectura de Ishiwaka. El apartamento siempre huele a madera húmeda, y por las noches se escuchan las campanas del templo de Myōryūji. Antes me parecían tranquilizadoras; ahora me despiertan.

A veces me miro al espejo y apenas me reconozco: el cabello oscuro pegado a la frente, la piel pálida por el insomnio, los ojos hundidos que parecen mirar a través de mí. Hay un temblor leve en mis manos, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente prefiere olvidar.

Mi novia, Akari Shimizu, murió hace un año en un accidente en la línea férrea de Hokuriku Main Line, tras la estación donde el tren se curva para seguir la costa del mar Jónico. Dicen que fue rápido, que no sufrió. Pero yo la vi. Vi el brillo de las vías bajo las farolas amarillas, el silbido del tren que ya se alejaba, y el aire que seguía temblando después de que ella desapareciera. No supe si llorar o reír cuando el tren pasó y ella desapareció. Desde entonces, su nombre se me quedó atascado en la garganta como un trozo de cristal.

Durante los primeros meses, la gente fue amable. Yuki, mi compañera de universidad, me llevaba comida; Haruto, que siempre quiso ser más fuerte que todos, intentaba distraerme hablando de béisbol. Pero los dos sabían que algo en mí se había roto.

Y tenían razón. Porque ella no se fue del todo.

Al principio eran cosas pequeñas: un susurro al apagar la luz, una sombra que cruzaba detrás de mí, el olor a jazmín cuando no había flores cerca. Creí que solo era mi mente jugándome una mala pasada… O bueno, eso creía hasta que una noche escuché su voz claramente, desde la esquina del cuarto.

—No te duermas todavía, Aki.

Me quedé helado. No fue un recuerdo ni un pensamiento; fue su voz. La misma cadencia, la misma ternura contenida. Me giré despacio. No había nadie. Pero el aire estaba denso, como si algo respirara cerca.

A la mañana siguiente, Yuki vino a visitarme a mi apartamento, al llegar y ver mi estado se preocupó más de lo que siempre acostumbraba.
—Tienes ojeras —me dijo, dejando una bolsa de pan sobre la mesa—. Estás peor que la última vez que te vine a visitar.
—No dormí mucho.
—¿Sigues soñando con ella? —No supe qué responder. Si le decía la verdad, me internaban. Si mentía, seguía solo. Así que hice lo que siempre hago: sonreí y cambié de tema.

Salimos a caminar por el río Saigawa. El invierno estaba cediendo y los árboles apenas insinuaban brotes nuevos. Yuki hablaba de un viaje que planeaba a Osaka, pero yo no escuchaba del todo. De pronto, un perfume familiar se mezcló con el aire frío. Jazmín.

Me detuve.

—¿La hueles? —pregunté.

—¿A quién?

—Nada… olvídalo.

Esa noche, el silencio volvió a llenarse de su voz. No siempre era dulce; a veces sonaba dolida, otras, casi furiosa.

—Me prometiste no olvidarme, Aki.

—No lo he hecho.

—Entonces ¿por qué intentas seguir?

Me incorporé en la cama, temblando.

—Porque tú estás muerta —dije en voz baja.

El eco de mi frase pareció hundirse en las paredes. Después, solo quedó el sonido del viento.

Intenté ocuparme. Volví a clases, a la rutina. Haruto me arrastró a un bar con sus amigos, donde la música era tan fuerte que pensé que por fin el ruido la silenciaría. No funcionó. En medio de la conversación, entre risas y vasos, escuché de nuevo su voz, muy cerca de mi oído:

—No te ves feliz, Aki.

Solté el vaso. Se rompió contra el suelo. Todos se giraron.

—¿Qué pasa contigo, Aoyama? —dijo Haruto.

—Nada, me distraje. Lo siento.

Fingí una sonrisa, pero mis manos seguían temblando, no sé si por miedo o por debilidad.

Desde esa noche empecé a verla. No siempre completa, apenas reflejos: una silueta en la ventana, una sombra que se movía detrás de mí, el reflejo de un rostro en el espejo del baño.

La primera vez que la distinguí por completo fue una madrugada. La luz de la calle se filtraba entre las cortinas, y allí estaba ella, de pie, junto a mi cama.

Su cabello largo, color castaño, se movía con una brisa que no existía. Llevaba el mismo vestido blanco que usó el último día que la vi, y un collar delgado descansaba sobre su cuello, brillando con un resplandor apenas perceptible. Su piel era tan pálida que parecía absorber la luz, y por momentos su cuerpo se desvanecía, volviéndose casi transparente, como si el aire mismo la reclamara.

Su rostro era el mismo, pero sus ojos… no. Había algo en ellos, una tristeza antigua, casi hostil, como si viniera de un lugar donde el tiempo se detuvo y el amor se volvió una forma de pena.

—No deberías estar aquí —murmuré.

—No puedo irme —respondió, y su voz era un susurro húmedo, cargado de dolor—. No mientras sigas...

No supe qué quería decir. Quise tocarla, pero, cuando extendí la mano, la habitación se enfrió de golpe. La figura se deshizo en una bruma pálida. El olor a jazmín quedó flotando un rato, y después nada.

Pasaron los días. Intenté ignorarla, pero era inútil. Cada vez que cerraba los ojos, la sentía más cerca, más real. Empecé a escribirle cartas que no enviaba, solo para liberar algo de lo que cargaba dentro. Una de ellas decía:

“Si estás aquí, no me busques. No soy el mismo. No sé si fuiste tú quien me dejó o si fui yo quien te retuvo.”

A veces las quemaba, otras las guardaba debajo de la cama. Nunca desaparecían del todo.

Una tarde, Yuki me vio mirando al vacío en la cafetería.

—Aoyama —dijo, chasqueando los dedos frente a mí—. ¿Estás bien?

—Solo cansado.

—¿Seguro?

Asentí. Pero cuando ella se levantó, vi algo que me heló: sobre su hombro, por un instante, la silueta translúcida de Akari, mirándome.

Salí corriendo, fue ahí cuando empecé a sospechar fuertemente que me había vuelto loco.

No recuerdo bien cómo llegué al templo de Myōryū-ji. Las campanas de madera repicaban con un eco hueco entre los pasillos. El aire se llenaba de incienso, su humo sinuoso elevándose cerca del techo de vigas oscuras; los tablones del suelo crujían bajo mis pasos como si protestaran por mi angustia.

Al entrar, dejé los zapatos en el banco bajo la puerta corrugada, y me arrodillé frente al altar: una plataforma baja de mármol pálido, sobre la que descansaba una figura dorada apenas iluminada por dos faroles vermilion. A los lados, estandartes púrpura y dorado colgaban, desdibujándose en la penumbra. Las columnas de madera, pulidas por siglos, llevaban grietas finas, testigos mudos de tormentas y silencios.

En la penumbra, vi al monje. Era un hombre delgado y de edad avanzada —pelo casi plateado, recogido en un moño bajo—, vestido con una túnica sencilla, gris apagado, con un rosario de malas negras apoyado entre las manos. Su rostro mostraba arrugas horizontales como olas calmadas, y los párpados levemente caídos denotaban tanto serenidad como cansancio acumulado. Me observó sin moverse desde la entrada, su mirada no juzgaba, pero parecía saber más de lo que decía.

El aroma a sándalo y la humedad que subía del sótano del templo (dicen que hay pasadizos escondidos) me envolvieron. Respiré hondo, sin saber si rezaba o suplicaba, y su presencia detrás de mí lo hacía aún más difícil distinguir.

—¿A quién buscas, joven? —preguntó con voz grave.

—A alguien que murió.

—Entonces no la busques entre los vivos.

Cerré los ojos.

—No puedo. Ella sigue aquí.

El monje guardó silencio un momento, luego se acercó y me ofreció una taza de té caliente.

—A veces —dijo— los muertos permanecen porque los vivos los retienen. El amor también puede ser una cadena.

—No quiero soltarla —admití.

—Y sin embargo sufres.

No supe qué responder. El té se enfrió entre mis manos. Afuera empezaba a caer la lluvia.

Esa noche soñé con el andén. Akari estaba de pie, vestida de blanco, su cabello castaño se movía con el viento, mirando el tren que se acercaba. Pero esta vez, antes de que la luz la envolviera, giró hacia mí.

—No debiste prometerme eso. —susurró.

Desperté empapado en sudor, el corazón latiéndome con fuerza. En el aire flotaba, otra vez, el perfume de jazmín.

Los días siguientes fueron un borrón. Yuki insistía en que buscara ayuda. Haruto empezó a evitarme; decía que lo inquietaba mi mirada. Yo intentaba actuar normal, pero Akari se aparecía más a menudo. En los reflejos del metro, en los charcos de lluvia, en el vidrio del aula. Siempre en silencio, pero con esa expresión entre tristeza y reproche.

Una tarde, mientras caminaba por el parque Kenrokuen, la vi sentada bajo un cerezo. El cielo estaba gris, y las flores caían como copos pálidos. Me acerqué sin pensar.

—Akari…

Ella levantó la vista. Por un segundo, fue como si nada hubiera pasado.

—Aki —dijo con una sonrisa leve—. ¿Por qué sigues buscándome?

—Porque no puedo olvidarte.

—Entonces no te quejes de verme.

Intenté responder, pero la voz se me quebró. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, y cuando parpadeé, ya no estaba. En el banco solo quedaban unas flores marchitas.

Volví a casa con la sensación de haber cruzado un límite. Esa noche, mientras el viento golpeaba las ventanas, la escuché otra vez, muy cerca, casi dentro de mí.

—No me dejes sola, Aki.

—No puedo seguir así.

—Pero me prometiste no olvidarme.

—Prometer no es vivir encadenado.

Un silencio denso llenó la habitación. Creí que se había ido. Entonces sentí una mano fría sobre mi cuello. No me apretaba; solo estaba ahí, temblando.

—Si me olvidas —susurró—, dejo de existir.

El espejo del cuarto vibró como si algo lo golpeara desde dentro. Me quedé inmóvil, la garganta seca. Quise decir su nombre, pero no salió nada.

No recuerdo cómo llegué al suelo. Solo que desperté horas después, con el cuerpo entumecido y un leve corte en la mejilla. El espejo estaba agrietado. Afuera, la lluvia caía con una constancia insoportable.

Pensé en el monje. En sus palabras.

“El amor también puede ser una cadena.”

Esa frase no me dejaba en paz. Tomé el paraguas y salí. Caminé bajo la lluvia sin rumbo, hasta llegar otra vez al templo. Era tarde, pero las puertas estaban abiertas. El monje estaba barriendo hojas húmedas.

—Volviste —dijo sin sorpresa.

—No puedo más —le dije—. Ella sigue aquí, incluso cuando no quiero que esté aquí.

—¿Y quieres que ella se vaya?

No respondí. El monje apoyó la escoba contra la pared y se acercó.

—A veces, cuando el amor muere trágicamente, el alma queda atada a la promesa. No es ella la que no te deja ir, Akihiro. Eres tú.

Sentí una rabia sorda.

—Yo no pedí esto.

—Nadie lo hace. Pero cada palabra tiene peso. ¿Recuerdas qué fue lo último que le dijiste?

Intenté recordarlo. La noche anterior al accidente. Estábamos discutiendo en la estación porque yo quería mudarme a Tokio y ella no.

“Prometo que estaremos juntos, aunque el mundo se acabe.”

Eso fue lo último.

El monje asintió al ver mi expresión.

—Las promesas son semillas. Algunas florecen, otras se pudren dentro, igual que una maldición.

—Entonces ¿cómo la libero?

—No se trata de liberarla. Se trata de aceptar que ya no está. Mientras creas que te responde, seguirás hablándole. Y mientras le hables, ella permanecerá.

Me quedé callado. No sabía cómo tenía que reaccionar ante esto.

—¿Y si ya es tarde?

—Nunca es tarde para cambiar.

Salí del templo sin decir más. La lluvia había cesado, pero el aire olía a tierra recién abierta. Caminé por las calles desiertas hasta mi apartamento. No encendí la luz. Me senté en el suelo, frente al espejo roto, aun no tenía la fuerza de voluntad para asumir lo que tenía que hacer.

Pero tarde o temprano iba a decidirme, y así fue. 

La noche en que decidí liberar a Akari llovía con una calma casi artificial. Las gotas golpeaban los techos de mi apartamento con una cadencia que parecía marcar el ritmo de mi respiración. Habían pasado semanas desde mi conversación con el monje, y cada día, la maldición se volvía más densa, como si Akari, al sentir mi deseo de dejarla ir, se aferrara más fuerte a mi pecho.

En mi apartamento, el aire estaba inmóvil. Encendí una vela frente a la fotografía que aún conservaba de ella: Akari riendo con el cabello recogido, sosteniendo una flor de cerezo entre los dedos. No podía borrar esa imagen. No quería hacerlo.

—Esta será la última vez que hablé contigo —susurré.

El aire se agitó y la llama vaciló. No hubo respuesta inmediata. Por primera vez en mucho tiempo, sentí miedo no por su presencia, sino por su posible ausencia.

Tomé el pequeño papel con el sello del templo y lo coloqué sobre el suelo. El monje me había dicho que el ritual no era un exorcismo, sino una aceptación: que debía dejar de retener lo que el alma ya no podía sostener.

Me arrodillé y cerré los ojos.

—Akari Shimizu —pronuncie su nombre como si fuera una plegaria—. Fuiste todo lo que quise amar y todo lo que no supe entender. Te prometí que no te dejaría sola, pero ya no soy capaz de seguir siendo tu prisión.

El silencio fue tan profundo que escuché el latido de mi corazón.

Luego, una voz, tan suave que apenas pareció venir del mundo:

—¿Por qué… suena como una despedida?

Abrí los ojos. Frente a mí, la luz de la vela se había distorsionado, y en el centro del aire se formaba un contorno. No era una aparición sólida, ni una visión delirante: era una silueta transparente, como si la memoria hubiese tomado forma. Akari estaba de pie, descalza, con el mismo vestido blanco de aquella tarde.

Su rostro no mostraba rencor, solo una tristeza tan inmensa que dolía mirarla.

—No quiero que te vayas —le dije con un tono triste.

—Y, aun así, me estás llamando para decir adiós —respondió con voz temblorosa.

Dio un paso hacia mí. Su figura titilaba, entre la luz y la sombra. Pude sentir el aroma de los lirios que solía poner en su habitación. Me di cuenta de que estaba llorando sin notarlo.

—Durante todo este tiempo —continuó ella—, quise creer que me retenías porque aún me amabas. Pero entendí que no podías vivir si seguía aquí.

Me miró con ternura, la misma de cuando aún estaba viva.

—No fue tu culpa, Akihiro. Ni la mía.

Extendí una mano hacia ella, sabiendo que no debía hacerlo, pero lo hice igual. Y esta vez, no sentí el vacío ni el aire frío. Sentí su calor, tenue, tembloroso, pero real.

Ella se inclinó y sus labios rozaron los míos. No fue un beso de pasión, sino de alivio, un contacto que parecía devolverle al mundo lo que la muerte le había robado. Por un instante, todo el ruido del pasado se detuvo.

Luego, la vela se apagó. Cuando encendí la luz, la habitación estaba vacía. Solo quedaba el sello del templo, ahora partido en dos, y un leve perfume a flores disuelto en el aire.

No lloré. No grité. Solo respiré. Por primera vez en años, respiré sin sentir el peso de alguien más dentro de mí.

Pasaron tres meses. Me mudé a un pequeño apartamento cerca de Nakano, lejos de los lugares que ella amaba, y también lejos de los que yo temía visitar. Trabajo medio tiempo en una librería; las horas pasan lentas, pero tranquilas.

A veces, al cerrar el local, miro el reflejo de los escaparates y creo verla pasar entre la gente. Es una costumbre, no una herida. He aprendido que el amor no desaparece: cambia de forma, se vuelve recuerdo, se vuelve voz interior.

Yuki me invita a salir de vez en cuando. Haruto dejó de preguntarme si sigo soñando con ella. Creo que todos entendieron que hay cosas que no se olvidan, solo se aprenden a sostener sin dolor.

Una noche, al volver a casa, encontré sobre el escritorio una flor seca que no recordaba haber dejado. Era una flor de cerezo.

No sentí miedo.

Me senté frente a la ventana y observé cómo el viento la movía suavemente.
Por un momento, creí escuchar su voz, no como maldición ni como eco, sino como presencia serena:

—Ya está bien, Akihiro. Ya puedes vivir.

Sonreí. Cerré los ojos.

El silencio volvió a llenarlo todo, pero esta vez no dolía. Era un silencio distinto, limpio, como si dentro de él también habitara su descanso.

Y comprendí, finalmente, que las almas no siempre se despiden.

A veces solo aprenden a dejar de gritar, y es ahí cuando el silencio que me responde finalmente descansa.

FIN


Historia creada por:

Juan José Velásquez Buelvas 

Dedicatoria especial a “S”

Muchas gracias por apoyarme en el transcurso de redacción de mi vida. Como parte de mi agradecimiento, te dedico esta historia. Se lo mucho que te gustan las novelas asiáticas y finalmente puedo entregársela a todos. 

I Love You


[1] Cuento ganador del concurso de cuento liderado por la Dirección de Evaluación, Permanencia y Éxito Estudiantil (DEPE), de la Universidad del Rosario.