Pasar al contenido principal

El terremoto de 1826 en el Colegio del Rosario

el-terremoto-de-1826-en-el-colegio-del-rosario-portada

El terremoto de 1826 en el Colegio del Rosario

Dos siglos casi exactos pasaron entre dos terremotos que afectaron al país: el de 1826, con graves daños en Bogotá y específicamente en el Rosario.

En julio de 1826, el rector del Rosario envió una circular impresa a los exalumnos del Colegio, tradicionalmente llamados sus “hijos”. El motivo: que su Colegio “desgraciadamente en la noche terrible del 17 de junio, ha padecido como no es decible por el violento temblor de tierra, que aconteció á las diez y media”. Con mucho optimismo, el rector planeaba reparar el edificio y reanudar labores en octubre próximo [AHUR caja 92 f. 657].

Circular del rector del Rosario a sus exalumnos, julio de 1826. AHUR caja 92 f. 657.

Por una nota de prensa, conocemos mejor los detalles del terremoto1:

 

El sábado 17 del corriente a las diez y tres cuartos de la noche se sintió en esta ciudad un temblor de tierra bastante fuerte y que consistió en dos movimientos principales con una intermisión de 15 à 20 segundos entre uno y otro. El último fue más fuerte y de mayor duración que el primero, y causó la ruina de la pequeña capilla situada sobre el cerro de Guadalupe, y estragos parciales en algunas casas y conventos: las iglesias, inclusa la hermosa catedral fabricada hace poco, se resintieron bastante, y a otra conmoción se desplomaría parte de ellas. Los habitantes consternados abandonaron casi todos sus casas, y un número considerable pasó el resto de la noche en las plazas y en las huertas, pero no sabemos sino de dos o tres que hayan recibido algún ligero daño en sus personas por huir precipitadamente. Parece que el terremoto ha causado también algunos estragos en los pequeños lugares convecinos, cuyas iglesias, edificios casi aislados y por lo regular mal construidos, no están calculadas para resistir los movimientos de la tierra.

Las lluvias continuas que sucedieron a una larga sequedad, hacían presumible este fenómeno, que por fortuna no es muy frecuente en la parte alta de la Cordillera donde está situada esta ciudad, sin que sea una de las menores ventajas de su posición. Hemos oído decir que a pocas leguas de aquí, cerca del sitio llamado el Cedro, ha aparecido en la tierra grieta notable, y aunque no tenemos noticia exacta sobre sus dimensiones, podemos anunciar su descubrimiento como un fundamento de seguridad para lo sucesivo, pues hallando un respiradero los vapores oprimidos bajo la superficie de la tierra, que indudablemente tienen mucha parte en los temblores, es probable que no se repitan los movimientos a que dio logar su represión.

 

El historiador José Manuel Restrepo2 notó así la emergencia:

 

Junio 18. Anoche a las 10 y 40 minutos de la noche hubo en Bogotá un terremoto muy fuerte; ha dañado la mayor parte de las casas de la ciudad, aunque ningún edificio ha venido abajo. Los conventos de San Francisco, San Juan de Dios y la Candelaria sufrieron mucho, como también la catedral, mas no pereció ninguna persona.

Junio 21. Han continuado los terremotos ligeros, pero hoy a las 5 de la mañana hubo otro fuerte sacudimiento que ha echado a tierra algunos trozos de edificios y acabado de dañar otros que será preciso derribar. Toda la población está consternada, durmiendo en toldos o en las casas de paja que hay en los alrededores de la ciudad3.

Junio 23. Continúan los movimientos de la tierra aunque no con fuerza, y por consiguiente sigue el terror de todas las gentes4. Hay noticias que casi todas las iglesias de los pueblos inmediatos están vencidas o han caído. Esta calamidad ha venido a completar los apuros del gobierno a consecuencia de nuestro descrédito exterior y de los movimientos de Venezuela.

 

Jean Baptiste Boussingault, en sus Memorias5, dejó una patética narración:

 

En Santa Fe de Bogotá fue el... de 1826 entre las 10 y las 11 de la noche; había pasado buena parte de la tarde en casa del encargado de negocios de su Majestad británica, en una reunión numerosa; yo estaba entonces, como ingeniero, bajo las órdenes del señor Lanz. Tomábamos el té y jugábamos al whist cuando se produjo un choque muy violento; un espejo se rompió y las calles desiertas se llenaron de pronto de gentes aterradas, a medio vestir, que corrían gritando: “¡tiembla, tiembla!” y cantado el cántico de circunstancia: “¡Santo Dios, Santo Fuerte, Santo inmortal: líbranos de todo mal!” 

Corrí a mi casa; estaba hospedado en donde mi amigo Illingworth; en mi cuarto, en el segundo piso, todos mis muebles habían sido desplazados; vestí mi uniforme y me armé, pues la autoridad podía necesitar la organización de una fuerza pública; nunca se sabe lo que puede suceder con una población presa del terror. Apenas había bajado la escalera hubo una sacudida extremadamente fuerte y el aire se llenó de un polvo asfixiante; era el Colegio de San Bartolomé que se había desplomado; felizmente los alumnos habían huido al primer movimiento; la tierra oscilaba todavía y me coloqué en el marco de una puerta cochera (se debe escoger por abrigo un dintel). Apenas me había instalado vi llegar a un joven sirviente completamente loco que reía a carcajadas, orando y llorando al mismo tiempo. Tuve que emplear la violencia para impedir que saliera: no lo solté, ni salí yo mismo, sino hasta que el suelo dejó de temblar. Torné la calle real para llegar a la plaza del convento de Santo Domingo, a donde llegaba la gente de todas direcciones. Me choqué con un inglés, un gigante en camisa, que gritaba: “¡Death, Death!” 

En el mismo momento cuando yo pasaba por un puente para llegar a la plaza, se desplomó un molino. La plaza de Santo Domingo presentaba un espectáculo terrible y singular: muchos infelices aterrados se calentaban cerca a una hoguera que habían prendido: mujeres jóvenes y bonitas, en prendas menores, trataban de dar calor a sus hijos. Hacía frío, la noche estaba tranquila y la Luna en todo su esplendor iluminaba esta escena de desolación. Sacerdotes y monjes recorrían las calles recitando oraciones; pronto fui reconocido por familias amigas: “Don Juan, por favor, encuentre algo para cubrirnos y también para nuestros hijos”, me decían. (...) A la una de la mañana se oyó un aterrador rugido subterráneo, un “bramido”. Inmediatamente se levantó un clamor que salía de la multitud, pero la tierra no se había movido y aun cuando así hubiera sido, no había ningún peligro porque lo único que nos cubría era un cielo estrellado. 

(...) En Bogotá la noche terminó sin mayor incidente; el sueño interrumpió las plegarias, los cantos religiosos y las penitencias voluntariamente impuestas. El sol hizo su radiante aparición y no hay nada que tranquilice y consuele más que la luz. Cada cual buscó un asilo; unos entraron a sus casas y otros, la mayoría, fueron a hospedarse en haciendas, fuera de la ciudad y en los poblados, en casas con techo de paja. La familia del coronel Barrionuevo me ofreció un sitio donde vivir, en su bella casa de campo de la “Huerta de Jaime”, invitación que yo me apresuré a aceptar.

En resumen, no hubo grandes desgracias en Bogotá; el primer choque que obligó a las gentes a salir de sus casas, las preservó de accidentes mayores y aún de la muerte. Pocas casas cayeron, pero muchas de ellas quedaron tan averiadas que no podían ser habitadas. Es por otra parte una creencia muy difundida en las cordilleras que un temblor de tierra no se presenta con un solo movimiento, sino que viene acompañado de otro sacudón en un corto intervalo: primero “la tembladora” (temblor hembra), luego “el temblor” (el temblor macho); éste es el más fuerte, como el que asoló a Bogotá y se produjo en Caracas, en 1812.

 

Volvamos al Diario de Restrepo, que nos permite ver mejor el dilatado periodo de temblores:

 

Julio 15. Hoy a las 8 de la noche hubo un terremoto bastante fuerte que no hizo daños; no han faltado otros ligeros, y el terror de la ciudad no se quita. (...) Los enemigos del sistema y los descontentos se han valido de los terremotos para difundir rumores alarmantes, pintándolos como castigo del Cielo contra el congreso por las leyes que ha dictado reformando varios abusos.

Febrero 26 (1827). Hoy a las 5 ½ de la mañana ha habido un temblor de tierra que fue sensible en toda la ciudad, aunque no fuerte. Había ya algunos días que no se sentían terremotos ligeros, que por 4 o 5 meses han sido muy frecuentes después del 17 de junio último. 

Mayo 4. (...). El 30 de abril, a las 10 de la noche, hubo en Bogotá un terremoto bastante fuerte, pero no causó daño en los edificios. Antes se habían sentido pequeños sacudimientos, que no han faltado con más o menos frecuencia desde los fuertes del 17 y 21 de junio último. El del 30 es el tercero en fuerza.

Mayo 9. Anoche a las 7 ½ de la noche se sintió un terremoto y otro a las 4 de la mañana. Desde el 30 último, casi todos los días se ha sentido algún movimiento. Ordinariamente vienen de oriente a poniente, y son más fuertes en los lugares que se hallan al este de Bogotá.

Mayo 27. A las 10 de la mañana, no completas, hubo en Bogotá un terremoto sensible a todo el mundo pero no fuerte.

Mayo 31. Aseguran que ha habido algunos otros movimientos de la tierra antes y después del 27. 

Noviembre 18. El 16 a las 6 ¼ de la tarde se ha sentido en Bogotá un fuerte terremoto, acaso el mayor que recuerda esta ciudad en muchas generaciones. Su movimiento fue de sur a norte, y duró con pequeñas pausas más de un minuto6. Los edificios han sufrido mucho. Las cúpulas de las dos torres de la catedral cayeron y están dañados los demás cuerpos. Este bello y nuevo edificio quedó en extremo maltratado. La media naranja de la capilla inmediata del Sagrario vino a tierra, y las ruinas se precipitaron sobre el hermoso altar de carey, que fue despedazado, inclusa una custodia y otras alhajas de valor que contenía. La media naranja del templo de Santo Domingo está al caer, de la torre de la iglesia de la Orden Tercera cayó la mitad, lo mismo que la del colegio del Rosario, cuya casa está casi arruinada, así como los conventos de Santo Domingo y de San Francisco que eran buenos edificios; el de San Agustín se halla muy maltratado. Los cuarteles quedaron en mal estado e inhabitables, también el palacio de gobierno. Muchas casas se arruinaron en parte y otras amenazan ruina, de modo que no se puede vivir en ellas. El terremoto ha causado una pérdida en Bogotá de más de un millón de pesos [nota al pie: Después se vio que era menor y que se exageraron los daños], pérdida de que no podrá reponerse en medio de la pobreza que aflige así al gobierno como a los particulares. Las han perseguido furiosamente a la república en los últimos años.

Por el terremoto han perecido 9 personas de uno y otro sexo. Según las noticias recibidas hasta hoy, se han arruinado las iglesias de Chía, Soacha, Bojacá y Engativá. El movimiento fue tan violento, que casi ningún templo será capaz de resistir a él. Se temen noticias funestas de otros puntos, si el foco no está cerca de esta ciudad. En el mes anterior se habían sentido terremotos fuertes en la provincia de Antioquia, pero no en Bogotá. Puede el movimiento haber venido del poniente, contra lo que se dice que vino del sur. Después del 16 no se han sentido nuevos movimientos de la tierra, a excepción de esta mañana a la una que hubo uno tenue. Los habitantes de Bogotá han tenido ahora menos temor que después del terremoto del 17 de junio de 1826, a pesar de que aquél no fue tan violento como el actual .

Noviembre 22. Hoy a las 9 de la mañana se ha sentido un sacudimiento corto y que no hizo daño.

Noviembre 30. Ha habido noticias circunstanciadas del terremoto hasta Popayán. En aquella ciudad fue muy fuerte; cayeron algunas torres y casas, dañándose mucho los edificios, cuyos tejados rodaron. Se asegura que la explosión fue del cerro de Huila y del volcán de Puracé; acaso principalmente del páramo de Las Papas, de donde nacen el Cauca y el Magdalena. Dichos montes con la explosión arrojaron a los ríos que corren hacia el Cauca, mucha agua y cieno de las lagunas y pantanos que hay en la cima de la cordillera, lo que hizo crecer los ríos, cuyas aguas se pusieron fétidas con las materias volcánicas arrojadas en ellos. Lo mismo sucedió hacia el Magdalena; sus aguas se enturbiaron a tal punto que murieron muchos peces y aseguran también que estaban hediondas. En el valle de Neiva fue horrible el terremoto, cayendo todas o la mayor parte de las casas de paredes y teja, lo mismo que las iglesias. Muchos cerros se han desplomado, y con sus ruinas taparon algunos ríos y quebradas; así sucedió con la Honda, en cuyas vegas había hermosos plantíos de cacao; estuvo tapada algunos días, y rompiendo después el impedimento arrastró lo que hallaba al paso, destruyendo las haciendas, y ahogando 161 personas; en otro punto se ahogaron 21, y pasan de 200 las que se sabe haber perecido en la provincia de Neiva a consecuencia del terremoto.

Tanto en esta provincia como en Popayán se sintieron muchos sacudimientos después del 16, y cada 6 horas hubo uno en Popayán hasta el 18, en que comenzaron a minorar.

Diciembre 9. Por el terremoto del 16, dos cerros que formaban un estrecho en el río de Suaza, del cantón de Timaná, en Neiva, se derrumbaron y taparon del todo el curso de las aguas. Se temía una fuerte inundación si de repente rompía los diques. Los habitantes del valle de Neiva se hallaban habitando los cerros hasta ver en qué paraba la inundación del Suaza.

Diciembre 30. A las 11 de la mañana de este día ha habido en Bogotá un terremoto sensible en toda la ciudad, pero que no ha hecho daño.

Diciembre 31. A las 10 y ¾ de la mañana hubo un sacudimiento sensible de la tierra, que no fue recio ni largo.

Octubre 22 (1828). Hoy a las 3 ½ de la mañana ha habido un terremoto bastante sensible, de tres movimientos casi seguidos. También tembló a las 10 ¼ de la noche del 27 o 28 de septiembre último; el sacudimiento fue pequeño y poco sensible.”.

El terremoto en el Rosario.

Cuenta semanal de los gastos de reconstrucción del Colegio, 1826. AHUR caja 22 f. 105r.

Cuando tembló, el 17 de junio de 1826, estaba por terminar el año escolar8. Dos consecuencias tuvo el sismo para la educación: los certámenes de fin de año, programados para junio y julio, se difirieron para septiembre y octubre; además, San Bartolomé y el Rosario quedaron cerrados hasta entonces9. El rector Fernández Sotomayor registró la gravedad de la situación [AHUR caja 22 ff. 310-13]:

 

En la casa rectoral la pared de la escalera abierta, vaciada la del archivo de la sala, rajada la que la divide con la casa inmediata, lo mismo que las paredes de la antesala, las del estudio y pieza inmediata cuyos techos rasos fue necesario rehacer, blanquear todo esto y pintarlo.

En el Colegio el primer corredor cayó un gran pedazo de la pared al patio del cepo y se descubrió daño en un tramo considerable del tejado, se venció y se hizo nuevo tabique del cuarto del rincón, se reforzó la pared del cuarto destinado a los capellanes lo mismo que el tabique de el de los catedráticos de filosofía. Las paredes del claustro cubierto con dirección a la escalera principal se rajaron por mil partes; en la escalera se venció y se hizo nueva la pared maestra del costado y la que divide el primer cuarto del segundo; tres tabiques de este lado todos nuevos, el cancel de tablas de uno de ellos que se hizo añicos y los reparos que se hicieron a otros. En el claustro para el coro se levantaron dos tabiques nuevos y los otros tres se repusieron y aumentaron en la parte superior con chusque para evitar el peso del adobe en cualquier cimbrón.

El claustro de la Iglesia sufrió considerablemente, se deshicieron las columnas, se desprendió la madera del techo y fue necesario asegurarlo con tres vigas teleras. En el claustro siguiente la pared interior y exterior del cuarto primero casi son nuevas como el techo y los tabiques del cuarto segundo y tercero separándose los otros con chusque como se ha dicho. En los claustros bajos todas las aulas exigieron reparos considerables y además en el patio del chorro se hizo nuevo un pedazo considerable del corredor que amenazaba ruina, lo mismo que todos los cajones del lugar común que fueron reparados por el maltrato en que se hallaban.

En la Iglesia la ventana primera junto al altar de la Bordadita exigió una composición muy regular, lo mismo que toda la pared de ese lado y la que está atrás del altar mayor en que hizo grietas y rajaduras no pequeñas. Todo el Colegio incluso la Iglesia ha sido blanqueado, está con un friso y lo demás con su cinta mejorándose el enladrillado de los cuartos. Es indecible el trastorno que sufrió el tejado de todos los edificios que se trató de componer con preferencia para que las lluvias no aumentaran el daño. Podré olvidar muchas cosas pero será fácil reconocer toda la obra. Confieso que habría hecho menores gastos si como acontecía en aquellos días no hubiera tenido que sufrir mil robos que no se podían evitar, así en el recargo de los jornales que muchos apreciaban trabajo que no valía prevalidos de la necesidad, como en las trampas del tiempo en que debían trabajar y que eludían la vigilancia de los que los observaban o se ponían de acuerdo con el mismo maestro.

Yo cumplí la palabra que di para el 18 de octubre sin que el trabajo que continuaba impidiese la asistencia a las aulas ni el que viviesen los colegiales en sus cuartos (...).

 

Las reparaciones pueden seguirse en los documentos de contabilidad, por ejemplo, en los “Recibos de la composicion del Colejio”. La primera partida es muy diciente de la gravedad de los daños:

 

El S[eñor] Rector del Rosario me ha pagado ocho p[esos] q[u]e importaron dos big[a]s para soleras de un claustro frente a la mampara de la casa Rectoral, tres tablas, clavos, canes y hechura. Bogota

Julio 8 de 1826

Manuel Andrade.

Siguen cobros por zunchos de hierro, adobes, tejas, arena rodada, cargas de chusque, obra de pintura y carpintería, hasta agosto de 1827. Más información se registró en el “Quaderno primero de los gastos semanales de la obra p[ar]a descargar el daño que ha sufrido el colejio de N[uest]ra Señora del Rosario”10, desde veinte de noviembre de 1827. ‘Descargar’ aquí se usa en el sentido de reparar “lo que amenaza ruina”, para lo cual trabajaban seis operarios y un sobrestante, cinco días. Unos ganaban tres y otros cuatro reales, cuyos nombres eran: Mateo, Salvador y Pedro Rozo, José Cruz Moscoso, Fermín Rodríguez y Matías Moya; el sobrestante, Estanislao León. En diciembre, empezaron a derribar la torre. En enero de 1828, se descargó la pared del corredor de la mampara de la casa rectoral, se apuntaló el techo y se levantó una pared; dos semanas después, se levantó la pared interior del claustro. Por Semana Santa, estaban blanqueando la casa de Las Águilas; a estas alturas la nómina de obreros promediaba la docena. La relación termina en la semana 41, el 29 de agosto. Luego viene la lista de materiales y útiles para la obra. La primera cuenta suma 1247 con 6 ½ reales; la segunda, 1249 con 2 ½.

Complementario a este expediente es el titulado “Estado que manifiesta los aucilios que algunos hijos del Colejio del Rosario han dado para la obra de las ruinas causadas p[o]r el temblor del 17 de Junio de 1826”11. Un folio, recto y verso, trae la lista de la contribución económica los hijos del Colegio. Además de la lista, existen las contestaciones de cada contribuyente, con infinidad de detalles. De Popayán y en veintidós de septiembre de 1826, Cristóbal de Vergara contestaba que había repartido las comunicaciones a “los sujetos a quienes venian rotuladas” y esperaba “los socorros” de su mano. Por su parte, se reportaba “tratando de ganar algunas ventajas para concurrir al bien del Colegio, esperando tener la satisfacción de hacerlo prontamente”12. No vemos su nombre entre los cuarenta del citado Estado de auxilios.

 

Para hacerse una idea de los montos, se consideraban diez pesos una corta donación. José María de Mendoza, catedrático de Menores (Gramática latina), se expresó en los siguientes términos:

 

(...) Yo quisiera poseér hoy crecidas sumas de dinero para emplearlas á tan laudable fin; pero las cortas proporciones de mi familia, y el deterioro de mi casa ocacionado por los mismos terremotos, me impide llenar cumplidamente mis deceos. Sin embargo, para contribuir de alg[u]n modo aunq[u]e pequeño, puede V[uestra] S[eñoria] deducir la cantidad de doce p[eso]s de los sueldos que como Catedratico de Menores, he devengado en estos ultimos meses13.

Fernando Caicedo y Flórez, exrector del Rosario y futuro arzobispo de Bogotá, donó cien pesos. No fue el único en manifestarse con una generosidad por encima del promedio.

El recuento que hemos hecho no es exhaustivo, pero sí indica un periodo de sismos particularmente intenso. A semejanza del que azotó a Venezuela en junio de 2026, el de hace dos siglos fue un doblete. Además, la tierra siguió moviéndose por más de dos años, con un terremoto importante el dieciséis de noviembre de 1827, “acaso el mayor que recuerda esta ciudad en muchas generaciones”. El sitio Sismicidad histórica de Colombia, del Servicio Geológico Colombiano, fija en 7 (daño moderado) la intensidad del sismo de 1826 en Bogotá. Para 1827, le atribuye a la capital 7/8 (daño fuerte), pero varias localidades alcanzaron cifras de 9 y 10 (daño muy destructivo). Los epicentros se ubicaron cerca de Úmbita (Boyacá) y de Altamira (Huila).

Cuenta de los auxilios para la reconstrucción del Colegio, 1826. AHUR caja 22 f. 104r.

 


 

1 “El sábado se sintió un temblor”. El Constitucional, 95, 2; junio 22 de 1826.

2 Restrepo, J. (1954). Diario político y militar. Tomo primero. Bogotá: Imprenta Nacional.

3 El rector Fernández confirma este y otros sismos: “El daño que recibió la torre aquella noche del 17 de junio no se aumentó en el terremoto del 21 del mismo y no sé que haya sufrido más en los que sucesivamente se han repetido”. AHUR caja 22 f. 310v.

4 Groot recuerda lo mismo: “Por más de quince días se estuvieron sintiendo movimientos que, aunque tenues, eran suficientes para mantener a la gente en alarma fuera de sus casas. En todos estos días el trabajo de las oficinas se interrumpió y los negocios sufrieron atraso por mucho tiempo, principalmente en el comercio, pues los de plazos cumplidos se disculpaban con el temblor, porque no hay mal que por bien no venga”. Citado por Ramírez, J. (2004). Actualización de la historia de los terremotos en Colombia. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.

5 Boussingault, J. (1994). Memorias. Bogotá: Banco de la República.

6 “La tierra tembló aún durante 3 minutos, no creo que exagere si digo que las oscilaciones horizontales del sureste al noroeste duraron 6 minutos en total”, registró Boussingault. Citado por Ramírez, J. (2004). Reporta asimismo un extraño ruido: “Apenas había entrado cuando un criado me viene a llamar para que salga, porque partía del cielo un ruido que no era de trueno. Yo oí, efectivamente, detonaciones parecidas a un ruido lejano de cañón, pero sin ecos. No se veía ninguna luz. El intervalo de tiempo entre los dos sonidos era bastante regular, alrededor de 30 segundos. Conté 10 detonaciones... el cielo estaba cubierto”.

7 Las percepciones, como siempre, son variadas. Bolívar, en carta a Briceño Méndez, veintitrés de noviembre: “El 16 por la tarde hemos sufrido un fuerte terremoto; de resultas de él ha quedado la ciudad desamparada y bastante triste. Yo, que por entonces me hallaba en mi quinta, no he tenido novedad, ni mi habitación ha sido dañada como ha sucedido en la ciudad”. Citado por Ramírez, J. (2004).

8 Los exámenes de inicio se celebraron el diecinueve de octubre de 1825. AHUR vol. 122 ff. 130r-v. Los certámenes impresos tienen la fecha original, 26 de junio, con firma y aprobación del día dieciséis de junio. El de Osteología, programado para el cinco de julio, se corrió para el mismo día de diciembre. AHUR caja 21 ff. 153-6. Las actividades académicas debieron de retomarse a fin de año: si bien el veintiuno de octubre se fijó edicto para proveer becas vacantes, las elecciones se verificaron el doce de diciembre. AHUR caja 21 ff. 164-78.

9 Educación pública. Gaceta de Colombia, 248. Bogotá, domingo 16 de julio de 1826. Nótese que, un mes después del terremoto, solo hay un par de menciones al desastre en dicho periódico.

10 AHUR caja 21 ff. 27-45.

11 AHUR caja 22 ff. 104r-v.

12 AHUR caja 92 ff. 662r-v. También se excusó José Ignacio Pescador, “teniendo en consideracion mi actual escases por varios infortunios que me ha aparejado la mala suerte”. Ibid., f. 663. Las contestaciones de los contribuyentes ocupan los folios 661-74, 688-91.

13 AHUR caja 92 ff. 655r-v. Gregorio Posada juzga su auxilio de dieciséis pesos “entre las cuotas menores, ó mínimas”. Ibid. f. 690. Cuando el violento terremoto de Pasto, en 1834, el presidente Santander abrió una suscripción en Bogotá para favorecer a las víctimas, aportando él tres mil pesos. Cf. Ramírez, J. (2004).