Violencias heredadas y fronteras invisibles: Puerto Tejada, un territorio sitiado por pandillas juveniles
Por:Ximena Serrano Gil | Julio de 2026
Foto:Ximena Serrano, Alberto Sierra, Freepik.es
Cultura y sociedad
Por:Ximena Serrano Gil | Julio de 2026
Foto:Ximena Serrano, Alberto Sierra, Freepik.es
En Puerto Tejada, Cauca, a 30 minutos de Cali, la vida se calcula en cuadras y la muerte suele tener rostro juvenil. Aquí, llegar vivo a los 26 años es un logro extraordinario. En este Municipio de unos 45.000 habitantes, donde el 79 % de su población vive en condiciones de pobreza o pobreza extrema, la violencia juvenil no es una excepción, es parte del paisaje cotidiano.
Las cifras lo confirman, pero no lo explican todo. El 55 % de las víctimas de homicidio son menores de 25 años. En 2025, Puerto Tejada registró la tasa de homicidios más alta de su historia: 170.9 por cada 100.000 habitantes, más de cinco veces el promedio nacional, cifra calculada por los investigadores con base en los datos de la Policía Nacional. Sin embargo, reducir esta tragedia a estadísticas sería una forma de invisibilizar su dimensión más profunda, la ruptura del tejido social y la normalización del miedo.
A diferencia de otros escenarios del conflicto armado en Colombia, la violencia en Puerto Tejada no responde hoy a lógicas rurales ni a disputas territoriales clásicas. Aquí, la guerra se libra en esquinas, calles y barrios fragmentados por pandillas juveniles que han convertido el Municipio en el epicentro de una violencia juvenil y en un mosaico de ´fronteras invisibles´.
Entender esta realidad exige una mirada diferente, una que entienda la paz desde la cotidianidad de barrios fracturados por pandillas y, profundice en las percepciones que tienen sobre la violencia. Es así como, desde la Universidad del Rosario, Karen Nathalia Cerón Steevens, investigadora de la Escuela de Estudios Sociales, Políticos e Internacionales y Cristian Javier Linares Gómez, coinvestigador y analista de datos, egresado de la misma Escuela, emprendieron un estudio orientado a diseñar estrategias para prevenir la violencia juvenil desde la participación comunitaria.

Puerto Tejada es hoy un laboratorio de paz desafiante. Sus heridas son profundas, pero la esperanza habita en esos jóvenes que, pese a crecer entre fronteras invisibles en un territorio quebrado, se atreven a pedir una oportunidad.
La investigación, cuyo objetivo es co-idear y co-formular soluciones para prevenir la violencia asociada a bandas juveniles, mediante un diálogo abierto y participativo de los propios jóvenes y de la comunidad estudiada, se ha desarrollado en etapas. En 2023 comenzó con el proyecto Pandillas y reconfiguraciones territoriales en Puerto Tejada, Cauca. Una mirada desde el posacuerdo, financiado por el Instituto Colombo Alemán para la Paz (CAPAZ). En 2024, con el apoyo del Instituto Catalán para la Paz, el enfoque se amplió hacia la Construcción de estrategias de prevención de la violencia y diálogos con jóvenes y líderes. Y a finales de 2025, con respaldo del Gobierno suizo, inició una tercera fase de tres años, para desarrollar Indicadores comunitarios de violencia juvenil, en el marco del proyecto Juvenicide: understanding and measuring lethal violence against youth (Juvenicidio: comprender y medir la violencia letal contra los jóvenes).
En la primera etapa, bajo la premisa de identificar y analizar la injerencia de los actores armados con presencia en la zona, como el Bloque Calima de las AUC y las disidencias de Dagoberto Ramos, que dejaron un legado de circulación de armas y su impacto en la criminalidad urbana, la investigación reveló que los verdaderos protagonistas del conflicto en Puerto Tejada son principalmente, los jóvenes de las pandillas locales, a quienes se les conoce como ´galladas´, grupos juveniles que permanecen en conflicto entre ellos y con la ley.
“No son jóvenes aislados de la comunidad” explica el politólogo Cristian Javier Linares, “pertenecen a familias desestructuradas, que enfrentan altos niveles de deserción escolar y responden a un tejido social profundamente fracturado”. Añade que después de dialogar con los jóvenes, los líderes sociales y los miembros de la administración municipal coincidieron en que el mayor desafío es intervenir en un territorio marcado por una hiperfragmentación.
La investigación identificó 34 pandillas, en una población de 41 barrios, que han dividido el Municipio en ´micromundos hostiles ´. Esta fragmentación es tan extrema que, algunos barrios Puerto Tejada es hoy un laboratorio de paz desafiante. Sus heridas son profundas, pero la esperanza habita en esos jóvenes que, pese a crecer entre fronteras invisibles en un territorio quebrado, se atreven a pedir una oportunidad. albergan hasta cinco bandas distintas, y algunas logran controlar apenas una cuadra. “Estas ´fronteras invisibles´ son imaginarias, pero letales”, advierte Karen Cerón, doctoranda en sociología en la Universidad de Barcelona, líder del estudio. “Cruzar una calle puede significar la muerte, muchos jóvenes viven como prisioneros en sus propios barrios”, enfatiza.
Violencia con rostro de juventud
Las pandillas en Puerto Tejada no son un fenómeno reciente. Tiene una historia de 35 a 40 años y existe ahora un preocupante relevo generacional, con pandillas conformadas por niños de tan solo 11 años, que tiene en alerta a las autoridades locales, organizaciones gubernamentales, no gubernamentales y académicas.
A diferencia de pandillas con estructuras criminales altamente complejas y peligrosas como las Maras centroamericanas que ponen a prueba a los aspirantes, los jóvenes portejadeños, se vinculan con ellas en un proceso paulatino e informal, sin rituales de iniciación que comienza al ´parchar´ en una esquina, consumir sustancias en algunos casos y, socializar con la ´gallada´. El punto de quiebre llega cuando el joven toma un arma y decide ´calentarse ´. A partir de ahí, no hay marcha atrás.
Consecuente con el enfoque identitario del proyecto, en su segunda etapa, el estudio Co-Creando futuros: una experiencia de participación comunitaria en la prevención de la violencia juvenil, financiado por el Instituto Catalán para la Paz, no trata los jóvenes desde una postura criminalizante acerca de sus actuaciones al margen de la ley, sino desde una perspectiva sociológica, de las razones que los llevan a vincularse con estas agrupaciones y permanecer en ellas.
En este sentido, los investigadores por medio de diálogos, talleres participativos y entrevistas en profundidad con jóvenes pandilleros y expandilleros, identificaron las motivaciones recurrentes para entrar a una pandilla: protección frente a amenazas, deseo de venganza por la pérdida de un familiar, estatus y reconocimiento en el mundo ilegal. De ahí que, para los jóvenes de Puerto Tejada, la entrada en una ´gallada ´ o pandilla no siempre es una elección, sino un mecanismo de defensa. “La violencia se convierte en una forma de interacción cotidiana, donde el prestigio se gana siendo ‘el más malo’”, añade Linares.
Su testimonio resume una realidad brutal: en un territorio roto, el arma se convierte en escudo. La pandilla ofrece identidad, protección y pertenencia, aquello que las instituciones no han logrado garantizar. “Aquí la violencia no es solo física”, coinciden los investigadores. “Es una venganza heredada que se transmite de generación en generación”.
Apuesta por una transformación integral
La urgencia de intervenir es evidente. Según la Alcaldía Municipal de Puerto Tejada, entre 800 y 900 muchachos participan directamente en la confrontación entre pandillas, una cifra que podría ser mayor. A esto se suman las limitaciones presupuestales y administrativas que dificultan la implementación de programas integrales como “Puerto Tejada sin Fronteras”, estimado en más de $1.000 millones.

En 2025, Puerto Tejada registró la tasa de homicidios más alta de su historia: 170.9 por cada 100.000 habitantes, más de cinco veces el promedio nacional.
Frente a este panorama, la Universidad del Rosario y la Alcaldía Municipal han articulado esfuerzos para impulsar estrategias de prevención y desvinculación del mundo delincuencial con el proyecto Co-creando Futuros que se basa en la metodología del Design Thinking, la cual promueve soluciones construidas desde la comunidad y no impuestas desde afuera.

“La sistematización de estas historias, testimonios y en general del proceso, busca convertirse en una ´caja de herramientas´ que pueda ser replicada en otros contextos de violencia juvenil en Colombia y el mundo”, explica Karen Nathalia Cerón Steevens, líder del estudio e investigadora de la Escuela de Estudios Sociales, Políticos e Internacionales de la Universidad del Rosario.
Líderes sociales, familias, jóvenes y actores institucionales participaron en un diagnóstico colectivo que reveló las vulnerabilidades y las potencialidades del territorio. Las propuestas que surgieron fueron claras: talleres de mecánica, carpintería, cría de animales y actividades vinculadas con el campo. Algunas de estas iniciativas ya cuentan con apoyo de la empresa privada y la Alcaldía.
“La idea es cambiar las armas por herramientas”, resume Cerón, quien aclara que el equipo de investigación mantiene un diálogo permanente con la administración municipal y diversas organizaciones de base, participa en la mesa de articulación de actores sociales en cabeza de la alcaldía, comparte sus hallazgos y lidera acciones de prevención de la violencia en el territorio.
El desafío de la sostenibilidad
La sostenibilidad es uno de los mayores retos. Mientras los diferentes actores estratégicos idean y trabajan en propuestas para un territorio en paz, los más pequeños de los barrios parecen atraídos por la adrenalina de la confrontación.
El enfoque propuesto por los investigadores se orienta a reconstruir el ´ser´ como un punto de autorreconocimiento: sanar dolores colectivos, promover ocupaciones positivas y fortalecer la co-creación. Programas como CampeSENA ya han permitido que jóvenes que antes portaban armas, hoy tecnifiquen la cría de cerdos o la ebanistería.
“Si bien, la falta de garantías de seguridad es una barrera importante para los actores públicos y privados, la fragilidad de las intervenciones permanecen en riesgo constante ante hechos violentos, como en el asesinato de un líder que provocó el retiro de otro colaborador”, narra Linares. Sin embargo, complementa Cerón, “la sistematización de estas historias, testimonios y en general del proceso, busca convertirse en una ´caja de herramientas´ que pueda ser replicada en otros contextos de violencia juvenil en Colombia y el mundo”.

“No son jóvenes aislados de la comunidad”, explica el politólogo de la Universidad del Rosario, Cristian Javier Linares Gómez, quien agrega que “pertenecen a familias desestructuradas que enfrentan altos niveles de deserción escolar y responden a un tejido social profundamente fracturado”.
Aunque es difícil impedir que los jóvenes pandilleros se dejen llevar por la violencia, es trascendental ofrecerles oportunidades y generar entornos confiables que eviten su retorno a esos espacios. Por lo tanto, el estudio plantea que la intervención también afronte la dramática realidad de las fronteras invisibles y la desconfianza generalizada, así como los entornos de la escuela y la familia, donde persisten dolores profundos del pasado y dinámicas como la permisividad o la transmisión generacional del crimen.
En la actualidad, el proyecto se encuentra en la fase tres que corresponde a la construcción de “indicadores comunitarios de la violencia juvenil”, en colaboración con el Gobierno Suizo, construidos a nivel comunitario para la toma de decisiones municipales. Además, el equipo está buscando financiación para lograr una propuesta más amplia de intervención integral, que abarque la familia y la escuela, y enfrente el consumo problemático de sustancias psicoactivas. Con esta iniciativa se busca generar evidencia empírica de buenas prácticas replicables.
Puerto Tejada es hoy un laboratorio de paz desafiante. Sus heridas son profundas, pero la esperanza habita en esos jóvenes que, pese a crecer entre fronteras invisibles en un territorio quebrado, se atreven a pedir una oportunidad. No quieren ser vistos como amenazas, sino como protagonistas de su propia transformación. Quizás ahí, en esa lucha cotidiana por desarmar el miedo, comience a gestarse una paz posible.