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Nihil literatura melius: tres piezas sobre la Sociedad Filológica de Bogotá, 1828-31

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Un diploma o esquela con la leyenda Nihil literatura melius; nihil dulcius; nihil homine libero dignius (Nada mejor para el hombre libre que la literatura, nada más grato ni más digno). La frase es una adaptación de Cicerón[1], en que sus epígonos neogranadinos pusieron ‘literatura’ en vez de ‘agricultura’. La ‘literatura’ invocada no es, por supuesto, la creación narrativa de nuestros días, sino la educación en general, la ciencia incluso. Ello es claro al observar los nombres que rodean el diploma (y citamos tal cual): Zea, Camilo Torres, Fruto Gurierres, Caldas, Ustaris, Ulloa, Garcia Cena, Cabal, Mexia, Muños Tebar, Nariño, Roscio. Doce personajes en total. Tal disposición recuerda el santuario donde Nariño oficiaba su tertulia, el Arcano sublime de la filantropía, en cuyo techo formaba la siguiente nómina: Tácito y Raynal, Newton, Platón, Franklin, Sócrates y Rousseau, Plinio y Buffon, Cicerón, Demóstenes y William Pitt, Jenofonte y Washington, Solón y Montesquieu[2].

El diploma de la Sociedad Filológica de Bogotá, fechado en doce de julio de 1828, acredita a Vargas Tejada “en el número de sus miembros protectores” y está firmado por su director, Ezequiel Rojas[3]. Esta pista, la número uno, entra en juego con otra del Archivo Histórico de la Universidad del Rosario, la número dos: una comunicación de Pablo Crespo[4], a nombre de la citada Sociedad Filológica, en que solicita al Dr. José Duque “remitir las obras, q[ue] en la primera epoca de esta sociedad tuvo la jenerosidad de ceder, y q[ue] volvió á tomar U[sted] cuando se puso ella en receso”[5]. El oficio, fechado en veintinueve de agosto de 1831, aunque deja la incógnita de qué tipo de obras se cedieron, es clave porque señala las dificultades de funcionamiento de dicha Sociedad, apenas a tres años de su fundación.

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Diploma de la Sociedad Filológica de Bogotá, 1828. Biblioteca Nacional de Colombia.

La tercera pista de este rompecabezas histórico es el único reglamento que conocemos de la corporación: Reglamento para la Sociedad Filolójica, “dado en el salon de las sesiones de la federacion filolojica fundamental en Bogotà à 19 de agosto de 1831. – 4.o de la ecsistencia de la sociedad, i 1.o de su reorganizacion”[6].

Estas piezas juntas forman la imagen de la Sociedad Filológica de Bogotá, documentada en el periodo 1828-31 y con dos épocas de funcionamiento.

 

Filología y política.

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Pablo Crespo, de la sociedad Filológica, al Dr. José Duque, 29-8-1831. AHUR, caja 26 f. 41.


 

“Filología” es, de acuerdo con el Primer diccionario general etimológico de la lengua española, “la suma de conocimientos que proporciona el esmerado estudio de la gramática, retórica, historia, poesía, antigüedades, crítica, interpretación de autores, con nociones generales de las demás ciencias”[7]. La entidad produjo su órgano de comunicación, Tareas de la Sociedad Filolójica, publicado en noviembre de 1831. La Filológica, sin embargo, es más conocida por sus tareas políticas. Basta citar algunos autores. Alberto Miramón las juzga en estos términos:

Cada vez que la violencia de los que ejercen el poder intenta aherrojar el natural espíritu de rebeldía de los gobernados y silenciar su conciencia, reaparecen las llamadas Sociedades Filológicas. Aun no se han estudiado estos verdaderos clubes revolucionarios fundados con el aparente objetivo “de instruirse y de propagar en la masa del pueblo los conocimientos que iban adquiriendo sus miembros”, como diplomáticamente dice el Reglamento del que se fundó en Bogotá el 8 de mayo de 1828.

Quince páginas que abarcan un plan vasto de acción componen el estatuto de la Sociedad Filológica, y a través de aquéllas se comprende la firmeza con que la juventud democrática se disponía a luchar contra el gobierno y la impopularidad de éste. Perfectamente organizada, su fuerza al cabo de algún tiempo hubiera sido indestructible. Desgraciadamente si allí todo estaba previsto, faltaba un jefe verdadero, y el orden, la jerarquía que encauzara la obra común y dirigiera a cada miembro, no existía. [...] Como es natural, no podía dejar de pertenecer a esta asociación Luis Vargas Tejada, famoso ya por sus escritos, por su amistad con Santander y sobre todo por sus ideas democráticas. Así pues, en la reunión del 12 de julio, cuatro días después del estreno de Las Convulsiones, “la Sociedad Filológica de Bogotá admitió al señor Luis Vargas Tejada en el número de sus miembros protectores”[8].

 

La fama política de la Sociedad se atestigua en escritores contemporáneos. José Manuel Restrepo, en su Historia, trae el siguiente pasaje:

Se conocia la existencia de una sociedad de jóvenes que aparentaban estudiar en ella; pero despues se supo que su principal objeto era conspirar contra el gobierno del Libertador. Todos ellos eran miembros de una sociedad secreta dirigida por Juan Francisco Arganil, uno de los sans-culottes de Marsella en tiempo de la revolucion de Francia, por Agustin Horment tambien Frances, y por el comandante venezolano Pedro Carujo, la que constaba de bastante número de miembros. Se supo despues haberse acordado en ella, que estallaria la conspiracion el 28 de octubre próximo, en que debian celebrarse los dias del Libertador; los asesinos habian combinado tan bien sus medidas que ni Bolívar ni otras muchas víctimas que estaban designadas habrian escapado (setiembre 21). Súpose igualmente que los conjurados quisieron matar al Libertador en un paseo que hizo al pueblo de Soacha con escasa comitiva: el general Santander se opuso; de lo contrario habrian asesinado allí á Bolívar con algunos de sus amigos y compañeros[9].

La noche del 25 de septiembre, añade Restrepo, los conjurados se juntaron en casa de Luis Vargas Tejada. Lo mismo recuerda el general Joaquín Posada, en sus Memorias:

Había entonces una sociedad llamada «Filológica», que bajo el disfraz de sociedad literaria, era un club político conspirador. Sus miembros, todos jóvenes, estudiantes los más en el colegio de San Bartolomé, aprendiendo la historia en las novelas y en catecismos diminutos, calificaban a Julio César de tirano abominable y al Libertador de otro César, y más tirano que César.

No se hablaba sino del paso del Rubicón, de la batalla de Farsalia; los más filólogos citaban a Harmodio y a Aristojitón; el joven Vargas Tejada escribio un monólogo en verso sobre el suicidio de Cayo Porcio Catón en Utica, monólogo que tuvo una gran boga; lo aprendían los colegiales de memoria y lo representaban, aplaudidos por los muchachos a los gritos de «viva la libertad, muera el tirano. Subía, pues, la marea bramando, y Bolívar la oía, y nada hacía, y sin embargo lo llamaban tirano[10].

Aunque parece claro el carácter de la sociedad, no lo es tanto su composición y jerarquía[11].

Los doce de la Filológica.

Una pista para esclarecer el funcionamiento del grupo. Un militar que anduvo por estas tierras y cercano a Bolívar, O’Leary, declara en sus Memorias lo siguiente: que las sociedades secretas empezaron a conformarse a fines de 1826, con la denominación de círculos. El principal de ellos estaba en Bogotá, formado de doce miembros, cada uno de ellos jefe de un subcírculo, a su vez:

Por aquel tiempo se formaron sociedades secretas que se denominaban Círculos, cuyo objeto principal era minar la reputación del Libertador y sembrar la desconfianza entre las diferentes secciones que componían a Colombia, desconfianza que tan amargos frutos debía dar después. El Círculo principal residía en Bogotá y constaba de doce individuos, cada uno de los cuales era jefe de un Círculo subalterno, que se componía también de doce miembros, y así sucesivamente se formaban otros en las provincias, que estaban en correspondencia con el central de Bogotá. Por medio de esta organización, de que eran principales directores Santander, Soto y Azuero, se mantenía agitado el país y se concitaban odios contra el Libertador, haciéndole aparecer como enemigo del pueblo y promotor de planes liberticidas[12].

Suponiendo que la información de O’Leary fuera correcta, ¿quiénes serían los doce de la Filológica? Volviendo al diploma de la Biblioteca Nacional, tenemos:

Ezequiel Rojas, director

Mariano Ospina, primer vicedirector

Eladio Manrique, secretario

Luis Vargas Tejada, miembro protector

Con el soporte documental del Archivo Histórico, postulamos dos más: José Duque Gómez y Pablo Crespo. Ambos fueron miembros de la sociedad en sus dos épocas. Seis en total, conforme a documentos[13]. En el reglamento de 1831, firmaron casi cincuenta miembros, de los cuales nombraremos los que han tenido notoriedad: Rafael E. Santander (autor de cuadros de costumbres), José Hilario López (presidente de la República) y Ramón Espina (general del Ejército).

Estas son las pistas que presentamos para trazar la historia de la Sociedad Filológica de Bogotá. Es un caso misterioso, anecdótico en el presente. En su época, la fama del grupo llegó incluso a la ficción. Don Ventura Ahumada, el inquisidor rosarista, protagoniza ilustrativo diálogo:

Y este caballerito —dijo don Ventura, fijándose con burlones ojos en don Juanito Galafate, que era el contrahombre de la señora Nicanora—; este caballerito, ¿qué carrera tiene?

—La de estudiante, señor —dijo el interrogado.

—No van tan mal sus estudios… ¿Y qué pruebas me da usted?

—Estas —le contestó don Juanito, levantando los codos, y mostrándoselos muy rotos.

—Eso, y el cuello postizo de su camisa, y el capote de calamaco verde me indican su clase; pero querría tener pruebas en lugar de indicios… ¿Y qué estudia usted?

—Segundo año de latín. —Es usted un cachifo, ¿no es esto?… ¿Y tan grande?

—Como la dominación de los españoles y la guerra de la independencia no han dejado tiempo para estudiar, por eso es que ahora estamos algunos patanes estudiando gramática.

—¿Y qué está usted dando?

—Nebrija, fábulas y Nepote… Aquí está el Nebrija en mi bolsillo: ¿lo quiere ver usted, V. S.?

Sacó don Juanito un libro en pergamino, con más grasa que las puertas de la casa de doña Nicanora, y se lo presentó a don Ventura, el cual le dijo, como con aire de desconfianza:

—A ver: tradúzcame algún rengloncito.

Et nomen dogo finitum, caro jungitur illis —leyó don Juanito, y luego se quedó suspenso.

—¿Pero qué quiere decir eso?

—Nomen, el hombre; dogo, de godo; finitum, está acabado; et, y; caro, caro les costará; jungitur, a los que se les junten; illis, a ellos.

—Pues ni tanto, ni tan poco —dijo entonces don Ventura, como distraído—: ni tanto rigor como los godos, ni tanta soltura como en la patria boba. El Libertador lo que quiere es que haya gobierno… ¿usted es de la sociedad filológica? —le preguntó en fin al patán—. ¿De esa sociedad estudiantil tan enemiga del Libertador?

—No, señor don Ventura.

—Pues cuidado con eso, porque esa sociedad nos hace la guerra, y de golpe… Y dígame, caballero, ¿la carrera de tahúr y la carrera de estudiante no son contradictorias?

—No, señor… ¿Por qué?[14]

Las prácticas asociativas modernas tienen por antecedente las sociedades patrióticas y las económicas de amigos del país, fundadas en España a fines del siglo XVIII y extendidas a América para fomentar la educación y los conocimientos útiles. De notorio carácter elitista, se consideran elemento clave en la consolidación del nuevo régimen republicano[15]. La Sociedad Filológica, constituida por elementos del ambiente universitario de la época, encaja en esta descripción de actividad académica y política.

Santander y la Academia.

Por la época y su carácter, no puede evitarse el paralelismo con la Academia Nacional de Santander. Nació mediante la Ley de dieciocho de marzo de 1826, con el objeto de “establecer, fomentar y propagar en toda Colombia el conocimiento y perfección de las artes, las letras, las ciencias naturales y exactas y además, la moral y la política”. Los miembros se nombraron en sesión del dos de noviembre de 1826, honrando las siguientes personas:

Félix Restrepo

Vicente Azuero

José María del Castillo y Rada

José Manuel Restrepo

Andrés Bello

Pedro Gual

Estanislao Vergara

José María Salazar

José Rafael Revenga

Joaquín Olmedo

Cristóbal Mendoza

Francisco Javier Yanes

Jerónimo Torres

Francisco Soto

José Fernández Madrid

Manuel Benito Rebollo

José Lanz

Mariano Talavera

Fray Diego Padilla

Santiago Arroyo y

Pedro Acevedo[16]

Notable, por supuesto, la presencia de académicos grancolombianos, un cubano, Francisco Javier Yanes y Socarrás, y un mejicano, José Lanz. Los hechos políticos del día, incluyendo el destierro de Santander, dejan la Academia apenas fundada. Vuelto Santander como presidente de la Nueva Granada, restableció la Academia Nacional, mediante Decreto de quince de noviembre de 1832, “en los términos prescritos por la ley de 18 de marzo de 1826”. De la primera época, continúan los siguientes miembros: Azuero, Restrepo, Soto, Castillo y Rada, Gual, Vergara, Domínguez, Arroyo, Jerónimo Torres y Rebollo. Los nuevos son:

Joaquín Mosquera

Diego Fernando Gómez

Rufino Cuervo

Joaquín Acosta

José María Estévez, obispo de Santa Marta

Joaquín García

Lino de Pombo

Manuel María Quijano

Juan María Céspedes

José María Triana y

José Hilario López


[1] Cicerón, De officiis, 1, 151. Fraschini, A. (2022). Citas latinas en el primer periódico rioplatense.

[2] Boceto del techo de El Santurio (ca. 1793). Biblioteca Nacional de Colombia.

[3] El diploma está digitalizado por la Biblioteca Nacional de Colombia, [Diploma del señor Vargas Tejada como miembro de la Sociedad Filológica de Bogotá], FPD 360 PZA. 1.

[4] Quinto de los miembros de la Filológica en su segunda época, según figura en el reglamento de 1831.

[5] AHUR caja 26 f. 41. Que Duque Gómez fue miembro de la Sociedad y cercano a los conjurados de 1828 es una afirmación de Cordovez Moure, Reminiscencias de Santafé y Bogotá.

6] Reglamento para la Sociedad Filológica. Biblioteca Nacional de Colombia, FPD 467 PZA. 6.

[7] Primer diccionario general etimológico de la lengua española por D. Roque Bárcia. Madrid: Establecimiento Tipográfico de Álvarez Hermanos, 1881.


[8] Miramón, A. (1937). Luis Vargas Tejada. Estampa de un poeta conspirador. Revista del Rosario, 32(315-16), 589-606.

[9] Restrepo, J. (1858). Historia de la revolución de la República de Colombia en la América Meridional. Besanzón: Imprenta de José Jacquin.

[10] Posada, J. (1920). Memorias histórico-políticas: últimos días de la Gran Colombia y del Libertador. Madrid: Editorial América. Para el autor, Arganil era parte de otra agrupación: “Además de la sociedad filológica, en la que en sesiones públicas se discutían cuestiones literarias y en privado la muerte del César colombiano, había otras juntas secretas. Un francés llamado Arganil, de los que se divirtieron en los retozos democráticos de la Francia antropófaga de 1793, (...) eran de los principales corifeos en aquellas juntas”. Groot también distingue entre junta (Arganil, Horment, Carujo y Vargas) y Sociedad: “Esta sociedad secreta dirigia otra que se formó, denominada Filológica, compuesta de jóvenes, bajo pretesto de perfeccionarse en el estudio de las ciencias, y al efecto, asistian á ella algunos catedráticos de los del plan de estudios”. Historia eclesiástica y civil de Nueva Granada, escrita sobre documentos auténticos. Tomo III. Bogotá: Imprenta i estereotipia de Medardo Rívas.

[11] Cordovez Moure, en sus Reminiscencias, confirma que al frente de los “tribunos imberbes” de la Filológica estaba Ezequiel Rojas, junto con Vargas Tejada y Pedro Celestino Azuero. Menciona a Arganil como agitador famoso, pero no necesariamente ligado a la Sociedad. Diez miembros de la Filológica fueron condenados por conspiración por el tribunal 7de la Comandancia general del Departamento de Cundinamarca. Cf. Ferrer, J. (2011). Masonería, Iglesia, Revolución e Independencia. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.

[12] O’Leary, D. (1914). Memorias del general O’Leary, tomadas y arregladas de los originales por su hijo Simón B. O’Leary. Tomo tercero. Apéndice. Bogotá: Librería Americana.

[13] Los biógrafos de Lorenzo María Lleras suelen ponerlo de secretario de la Filológica, sin presentar las pruebas. Incluso afirman que su exilio fue posterior a la Conspiración septembrina. Cf. Blog del Archivo Histórico de la Universidad del Rosario: En la biblioteca del catedrático Lleras, nota 2.

[14] Díaz, E. (2020). Una ronda de don Ventura Ahumada. Ilustración de Carlos Díaz. Serie Leer es mi cuento

[15] Loaiza, G. (2011). Sociabilidad, religión y política en la definición de la Nación. Colombia 1820-1886. Bogotá: Universidad Externado de Colombia.

[16] Ocampo, J. (1992). Santander y la Academia Nacional. Rev. Acad. Colomb. Cienc., 18(70), 383-87. En 1827, fray Diego Padilla renunció y fue remplazado por el Dr. Benedicto Domínguez.