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La misión de la Colegiatura en tiempos de transformación

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Palabras del colegial Juan Salvador Vargas Díaz en la ceremonia de consagración de los colegiales de número, celebrada el 27 de febrero de 2026.

Señora rectora, señores consiliarios y colegiales de número, profesores, estudiantes, egresados, familias, invitados especiales: muy buenas tardes.

Quiero comenzar felicitando, con toda la sinceridad, a las y los colegiales que hoy se consagran. Este acto representa un hito personal, pero, más aún, se trata de un hito para nuestra comunidad: culmina un proceso de consolidación de quienes integran los órganos de gobierno de la Universidad del Rosario y, sobre todo, reafirma una idea que hoy vale la pena transmitir con entidad: esta es una institución dinámica, que piensa, se gobierna autónomamente y, naturalmente, se transforma.

Quisiera que este fuera, ante todo, un mensaje de futuro y de optimismo. Quisiera proponer un diálogo sobre nuestro pasado, antiguo y reciente, visto como historia y como fundamento. Creo que una visión así resulta profundamente orientadora y apasionante.

Y en esa orientación, lo que hemos vivido en estas semanas —junto con las y los colegiales— ha sido una oportunidad invaluable para repensar…

Sería antihumano, contra natura, dejar de pensar.

En un contexto de uso creciente de tecnologías emergentes, inteligencia artificial y automatización, que prometen eficiencia y resultados inmediatos, hay una tarea que no se puede delegar: hacer prevalecer lo humano para conservar el sentido —la razón, si se quiere— de las cosas.

Pensar, reflexionar, en esta sociedad, además de casi un lujo, es una profunda responsabilidad. Porque reflexionar implica preguntarnos quiénes somos, en qué contexto estamos, cuál es nuestra contribución real a lo que importa: a la humanidad misma, a la sociedad, al ecosistema, a la vida compartida. Y esa reflexión no se construye en soledad, se hace en comunidad.

Por eso, quiero compartir una conclusión reciente que escuché ayer de un excolegial mayor: debemos actuar desde el optimismo.

Una de las cosas más maravillosas que tiene la juventud es el optimismo. Y eso es algo que debemos defender. Defenderlo no como ingenuidad, sino como elección ética. Defenderlo como decisión de futuro. Porque esta es una universidad maravillosa. Es una universidad única en el mundo, un referente en Colombia y en América Latina. Es una universidad de docencia que hace investigación y que transforma la sociedad. Una universidad con una comunidad de egresados poderosa; con un cuerpo profesoral comprometido; con proyectos de vida admirables; con estudiantes que construyen día a día un camino para nuestra humanidad.

Dicho eso, quiero hablarles por un momento a ustedes, estimados y estimadas colegiales.

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Ustedes tienen una responsabilidad histórica. Y quiero precisar algo: “histórica” no significa trascendente ni suprahumana. Significa importante. Significa decisiva. Significa que lo que hagan —y lo que no hagan— podrá ser recordado.

Porque hoy la Universidad del Rosario está consolidando su proyección hacia el futuro. Y los próximos quince años son determinantes no solo para Colombia, sino para el mundo entero. Vivimos un contexto de guerras, tensiones sociales y étnicas, un recrudecimiento de la violencia, una crisis profunda del mercado del trabajo con tecnologías y dinámicas emergentes, y una sociedad dividida, fragmentada por el odio en muchos sentidos.

En ese contexto, me permito reflexionar: ¿qué tiene para aportar la Colegiatura de la Universidad del Rosario?

Creo que, entre muchas otras opciones de respuesta, la colegiatura es un ejemplo del rol de las personas jóvenes en escenarios difíciles. Nuestro Claustro, a través de su historia, ha superado obstáculos inmensos: crisis políticas, económicas, transformaciones sociales. Y se ha mantenido a flote por quienes verdaderamente la sostienen.

¿Quiénes han logrado esto? ¿Quiénes son, entonces, “los dueños” del Rosario, si se me permite la expresión?

No es una persona. No es un grupo, ni un grupo. Somos las y los rosaristas, como dijo también una excolegial mayor. Su comunidad. Sus egresados. Sus profesores. Sus estudiantes. Sus trabajadores. La colegiatura tiene sentido si entiende esa realidad: que la institución le pertenece a una comunidad viva, plural y profundamente comprometida.

Y es desde esa idea que me atrevo a decir algo sin ningún tipo de modestia: la única universidad de Colombia que tiene la posibilidad real —por su historia, estructura, cultura institucional— de hacer resurgir los valores del humanismo y del civismo en conjunto; de impactar, de soñar con investigación transformadora, de repensar la educación, de generar conciencia social real sobre la humanidad, es la Universidad del Rosario.

Por eso, la colegiatura —si quiere ser realmente fiel a su misión— debe ser una institución que escucha. Que se autocontrola. Que entiende críticamente la realidad. Que comprende que hay muchas personas en la sociedad y en la universidad que no siempre han tenido un lugar central. Que transforma —con inteligencia y prudencia— su propio gobierno, para hacerlo más participativo y más legítimo. Esa es la tarea. Esa es la tarea.

Ahora bien: la señora Rectora ha hecho un análisis impecable de hitos y momentos históricos de nuestra universidad. Y yo quisiera hacer algo que, tal vez, no es tan típico en el Rosario, con el fin de complementarla: esto es, mirar afuera.

Mirar afuera no para imitar, sino para entender. Para ubicarnos en el mundo. Para reconocer cuáles han sido los referentes que han construido la idea misma de universidad y qué exige hoy la época.

Y quiero poner sobre la mesa una convicción: creo que las universidades —a diferencia de lo que dicen algunas personas, algunos discursos e incluso ciertos estudios— no van a desaparecer. Es más, las universidades van a ser cada vez más importantes.

¿Por qué? Porque en este contexto de confusión ética y moral, de saturación de información, de crisis de sentido, la universidad es una institución antigua que quizá se ha repensado poco y que necesita reflexionar sobre sí misma, además de reflexionar sobre el mundo. La universidad debe ser un epicentro del humanismo. Y eso, precisamente, es la Universidad del Rosario. Eso es lo que nos distingue.

Y lo digo como lo quiero decir: la universidad va a ser la “gerente” —si se me permite esa palabra— del recurso más importante que tendremos, de lo único que nos va a hacer distintos de ChatGPT: nuestra humanidad.

Por eso, quiero citar estas palabras del doctor Daisaku Ikeda:

 
“La educación debe forjar a personas que comprendan y sepan intuitivamente, en su mente, su corazón y todo su ser, el valor irremplazable de los seres humanos y del mundo natural. Tengo la convicción de que esa clase de educación corporifica la lucha eterna de la civilización humana para crear un camino certero hacia la paz”.
 

Daisaku Ikeda es una de las personas que más se dedicó a estudiar la educación humanista en el mundo. Y quiero traer aquí una reflexión suya, a través de un diálogo que tuvo con el doctor M. S. Swaminathan. En ese diálogo, una de las primeras cosas que se dijeron fue que la humanidad necesitaba, de manera crucial, revolucionar la práctica y el ejercicio de la educación. Eso fue en los años setenta.

Dijeron: lo que hace falta —hoy, más que nunca— son ciudadanos del mundo capaces de adoptar una perspectiva realmente global, consagrados al bienestar de la humanidad en su conjunto. Será necesario reformar la educación para responder a esta exigencia de la época. Y, en ese sentido, la misión y la responsabilidad de las universidades, como instancias superiores del saber, es crucial.

Si miramos la historia universal de las IES, encontramos una idea reiterada: la universidad surge cuando se encuentran el deseo de aprender y la responsabilidad de enseñar.

La Universidad de Bolonia, conocida como la mater nobilium studiorum, se desarrolló gracias a esa conjunción: la necesidad de conocimiento de los jóvenes y la determinación de los profesores para responder. La Universidad de Berlín, fundada en 1810, inició la historia de la universidad moderna y adoptó un método centrado en la investigación conjunta entre profesores y estudiantes, rompiendo con la pasividad del aula tradicional.

Y en este pensamiento sobre la universidad, quiero recordar a Ortega y Gasset. Para él, la misión fundamental de la universidad es la transmisión y el fomento de la cultura: “el sistema vital de ideas de cada tiempo”, esa clase de filosofía o compás espiritual capaz de guiar a los seres humanos por el rumbo correcto en épocas de confusión. Y decía algo potente: que la cultura no es ornamento exterior; la cultura es lo que salva del naufragio vital, lo que permite al ser humano vivir sin que su vida sea una tragedia sin sentido o un radical envilecimiento.

Y sumo, para finalizar este punto, una idea de Karl Jaspers, tras la caída del nazismo, en su ensayo sobre La idea de la universidad. Jaspers decía que, idealmente, la relación entre profesor y estudiantes implica una socrática igualdad de lugar, con mutuo hincapié en los criterios y no en la autoridad. Y recalcaba que las personas cuyo intelecto y temple han sido cultivados mediante el diálogo y el afán de la verdad —basados en ese lazo entre docente y educando— son las más capacitadas para contribuir a la sociedad.

¿Qué nos muestra todo esto? Que las universidades han entendido que es en la relación de sus partes —en ese diálogo— donde se construye lo más poderoso.

Y aquí quiero decir algo aplicado a nuestro contexto: la única forma de consolidar la universidad del siglo XXI —y del siglo XXII, prácticamente— en la que se está convirtiendo la Universidad del Rosario es que entendamos que estamos en una sola misión: crear valor en comunidad.

Tsunesaburo Makiguchi —educador japonés— formuló la filosofía de la creación de valor como misión pedagógica. Y aquí es donde quiero aterrizar: el conocimiento, por sí solo, no genera valor. El valor se crea cuando la sabiduría orienta el conocimiento hacia el bien, hacia la belleza, hacia el beneficio.

¿Y cómo creamos valor en la universidad? Con diálogo. Con diálogo real.

La Universidad del Rosario no debe temerle al diálogo sincero y franco entre todos y todas, para construir lo de adentro y aportar a la sociedad. Es en ese diálogo donde hay valor. Ahí se crea.

Y quiero cerrar con unas ideas finales:

La Colegiatura es una institución absolutamente importante. En los últimos años ha contribuido a decisiones fundamentales para que la universidad se consolide. Pero hay algo que no puede suceder, queridos y queridas colegiales, no pueden hacerlo solos.

La Colegiatura tiene que hacer su tarea con la comunidad, entendiendo prioridades, necesidades, dolores y esperanzas del momento. Porque, para ser esa universidad llamada a liderar el humanismo en Colombia, primero tenemos que estar muy bien desde dentro.

Y, en mi humilde criterio, ahí está la tarea: contribuir a consolidar escenarios de participación real de todas las instancias y estamentos; facilitar la coordinación entre unidades y personas; y esparcir el amor por la universidad, el orgullo de ser rosarista, en la sociedad entera, incluyendo a nuestros egresados, escuchándolos.

Querida comunidad, yo he tenido el honor de conocer a estos jóvenes y estas jóvenes. Y quiero decirles, después de verlos esforzarse profundamente estas semanas: están más que listos y más que listas para asumir la responsabilidad histórica que tienen.

Y quisiera cerrar compartiendo algunos valores éticos, una ética de máximos, que hemos identificado como grupo, fruto de reflexión individual y colectiva. Estos puntos son una carta para ustedes y, ojalá, también para toda la universidad:

  1. Diálogo participativo e incluyente, con todos los grupos de interés de la universidad, con todas las personas a quienes esto les importa y que quieren contribuir al Rosario.

  2. Autonomía e independencia de criterio. Esto es fundamental. Colegiales: su misión es grande, no solo en la elección de rector o rectora, sino en la transformación de la gobernanza, en el apoyo a la implementación del Plan Integral de Desarrollo, en el seguimiento a la vida profesoral y estudiantil, en la consolidación de una gestión institucional moderna y transparente. En cada decisión, debe primar la autonomía.

  3. Conciencia y valor de la otredad, que es conciencia y valor de la humanidad. Entender que los seres humanos nos necesitamos.

  4. Transparencia y ética, como regla mínima y como horizonte máximo.

  5. Liderazgo basado en información y excelencia académica. El presupuesto de ustedes y de esta comunidad es el impacto académico. No lo olviden.

Y cierro de manera personal: felicitándolos. Diciéndoles que me siento orgulloso de ustedes, de su auténtico deseo de que este Colegio Mayor sea —como lo ha sido— un referente. De su disposición a escuchar a todos los actores. De su prudencia, su paciencia, su amor por esta institución.

Son personas extraordinarias. Tienen toda mi admiración, mi cariño y mi respeto.

Felicidades a sus familias y amigos por eso.

Y quiero repetirles algo que dije el día de la elección de la rectora, porque no se les puede olvidar: no están solos.

Ese es el punto de inflexión. Este es el antes y el después de la colegiatura.

Y la única forma de preservar esta institución es:

  1. Adaptarla a las necesidades del presente;

  2. Integrar en su gobierno a sus estamentos; y

  3. Portarse bien: actuar conforme a una ética de máximos para ganarse, día a día, el respeto de esta comunidad.

Muchísimas gracias.