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Carta a mis estudiantes en ciencia: no tienen que demostrar el doble

Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia
En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, nuestro profesor Rafael Méndez Romero, de la Escuela de Ciencias e Ingeniería, comparte con sus estudiantes una reflexión profunda y significativa que invita a reconocer, valorar e impulsar el papel fundamental de las mujeres y las niñas en la construcción del conocimiento científico y en la transformación de nuestra sociedad.

Queridas estudiantes:

Escribo esta carta en el Día de la niña y la mujer en la Ciencia porque, aunque las fechas conmemorativas importan, ustedes importan más que la fecha. Y porque quiero decirles algo que no siempre se dice con suficiente claridad en los paneles, en los homenajes o en los discursos institucionales: no tienen que demostrar el doble para merecer estar aquí.

Claro que quiero que sean extraordinarias. Quiero que brillen intelectualmente, que investiguen con rigor, que lideren con excelencia, que hagan ciencia con profundidad ética y con imaginación crítica. Lo que no quiero es que la extraordinariedad sea la condición mínima para que se les reconozca como legítimas. No quiero que su permanencia dependa de probar una y otra vez que sí pueden, que sí saben, que sí pertenecen.

Durante décadas, la cultura científica global se ha presentado como neutral, objetiva y meritocrática. Nos han enseñado que en la ciencia solo cuentan los resultados, que el talento se abre camino por sí mismo, que el mérito es una categoría pura. Sin embargo, la evidencia muestra algo más complejo. Persisten brechas en liderazgo científico, en visibilidad académica, en reconocimiento y en tiempos de promoción. Las trayectorias lineales siguen siendo premiadas en sistemas que no reconocen las interrupciones asociadas al cuidado. Los procesos de evaluación, incluso cuando buscan ser ciegos, operan dentro de culturas que no lo son.

Nada de esto es casual. Es estructural.

Y cuando lo estructural no se revisa, se naturaliza. Entonces la carga se desplaza hacia ustedes. Se vuelve casi imperceptible la expectativa de que deben rendir más, fallar menos y estar siempre preparadas para responder a una duda implícita que rara vez se formula de manera abierta, pero que muchas han sentido. El llamado síndrome del impostor no nace en el vacío; florece en entornos donde la pertenencia femenina ha sido históricamente cuestionada.

No acepten esa lógica como destino.

No internalicen como falla personal lo que muchas veces es consecuencia de culturas que distribuyen la confianza de manera desigual. No asuman que deben compensar con excelencia lo que otros nunca tuvieron que justificar. La excelencia es un valor académico irrenunciable, pero no puede convertirse en una prueba de supervivencia selectiva.

Al mismo tiempo, esta carta no es solo para ustedes. Es también una interpelación directa a quienes lideramos universidades y centros de investigación. Porque si de verdad creemos que la ciencia necesita más mujeres, no basta con decirlo cada 11 de febrero. No basta con organizar conversatorios ni con publicar cifras de participación creciente. La pregunta es más incómoda: ¿qué estamos haciendo para revisar nuestras reglas, nuestros criterios de promoción, nuestros mecanismos de evaluación y nuestras culturas internas?

Si las convocatorias siguen premiando trayectorias sin interrupciones, si la productividad se mide sin interrogar las condiciones en que se produce, si los comités no examinan sus sesgos y si la competencia permanente se convierte en la única definición de excelencia, entonces no estamos transformando nada. Estamos preservando una estructura que obliga a algunas a demostrar el doble para recibir el mismo reconocimiento.

Las universidades no pueden limitarse a celebrar a las mujeres que lograron atravesar el sistema. Deben preguntarse por qué atravesarlo sigue siendo, para muchas, una hazaña.

Queridas estudiantes, quiero que hagan preguntas incómodas. Quiero que lideren con conciencia, que investiguen con rigor y que amplíen los límites de la cultura científica. Quiero que sean extraordinarias por vocación y no por presión estructural. Que su excelencia sea una elección libre, nacida del deseo de comprender y transformar el mundo, y no una respuesta defensiva frente a una sospecha injusta.

Su presencia en la ciencia no es concesión ni cuota. Es derecho intelectual, es derecho epistémico, es derecho histórico. La ciencia no pierde rigor cuando ustedes entran; lo gana. Se vuelve más completa, más compleja y más honesta.

La moraleja de esta carta no es que deban esforzarse más. Es que la excelencia científica del siglo XXI será inseparable de la justicia estructural. Una ciencia que se proclama universal, pero excluye sistemáticamente perspectivas y talentos no es más objetiva; es más limitada. Y una universidad que no se transforma para garantizar equidad no está defendiendo la ciencia, está defendiendo inercias.

No tienen que demostrar el doble para pertenecer.

Lo que debemos demostrar, como instituciones y como líderes educativos, es que somos capaces de cambiar las reglas que hicieron necesario ese esfuerzo adicional.