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Miguel de la Torre y Pando: El contrahombre de Pablo Morillo

Álvaro Pablo Ortiz

Portada

El propósito de fondo del presente ensayo busca privilegiar las ejecutorias militares del General Miguel de la Torre y Pando, Marqués de Torre Pando, toda vez que aquellas se ajustaron en lo esencial a lo que hoy se denomina el Derecho Internacional Humanitario, que por cierto, por querer “humanizar” la cruenta y despiadada guerra civil entre españoles de dos mundo, más conocida como la “reconquista” (1814-1820), le acarreó fuertes pugnas y desacuerdos con su principal superior de la expedición “pacificadora”: General en jefe, Mariscal de campo, y más adelante acreedor de los títulos de conde de Cartagena y de conde De la Puerta, Pablo Morillo. En efecto, alrededor de tres preguntas fundamentales que todo militar –independientemente del mayor o menor grado que ostente, o de las condecoraciones que posea- debe formularse ante sí mismo y ante el cuerpo de tropa que lidera: ¿Por qué lucho? ¿Para qué lucho?, y ¿Contra quién lucho?, hubo desacuerdos entre el General Morillo y su subalterno en la línea de mando, al punto, de ser acusado de cuestionar “la obediencia debida al superior”. Con otras palabras, en más de un episodio de guerra, Miguel de la Torre, no compartió la magnitud de los anhelos vindicativos de Morillo, no se hizo cómplice de sus pretensiones más arraigadas, o sea, devolver golpe por golpe, de mantener vivas las injurias, pasadas y recientes.

Todos los biógrafos de Morillo, sin negarle su indiscutible valentía, su arrojo y coraje en el combate y su sentido de la austeridad, coinciden, sin embargo, al momento de retratarlo, en que era un hombre que poco o ningún freno le imponía a sus impulsos vindicativos, a ese vivir para el día del “ajuste de cuentas”.

Queriéndolo o no, de la Torre, se convertirá, será, el jurado de conciencia de Pablo Morillo, la voz discordante frente a la metodología de la guerra utilizada por el primero. Estas y otras consideraciones, son, pues, las que a nuestro parecer justifican la revaloración de este soldado español, quien a lo largo de los cinco años que duró la “reconquista”, dio lo mejor de sí mismo, en los escenarios cruentos y dramáticos del combate que bajo la modalidad de “guerra asimétrica”, le correspondieron.

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España Perdió a América el primero de julio de 1814.
El rey Fernando VII, el “deseado Fernando”, el “suspirado Fernando”, era algo peor que un ser perverso, fanático, insensible a la belleza, o pusilánime, y lo era, porque nunca pudo escapar o hacerle trampas a su condición de imbécil irrecuperable. Cuánta razón tenía en ese sentido, el formidable escritor italiano Giovani Papini cuando en alguna de las páginas de su autobiografía titulada “Hombre acabado”, afirmaba a modo de definición de sí mismo: “yo siempre he preferido el martirio a la imbecilidad”. Ciertamente, la lucidez le fue siempre esquiva al hijo de Carlos IV.

Fernando VII es un tipo que colinda con la anormalidad. Cuando era príncipe de Asturias, pasaba el tiempo en las habitaciones de su mujer, la princesa napolitana María Antonia de Borbón, con quien no tuvo por larguísimo periodo, relación sexual alguna. La madre de esta escribía: mi hija está desesperada. Fernando es enteramente memo; ni siquiera un marido físico y, por añadidura, un latoso que no sale de su cuarto. Allí el nobilísimo bobarrón empleaba su tiempo en dos cosas: en rezar el rosario repetidas veces, y en bordar zapatillas y pañuelos, “cosa que el príncipe hace tan primorosamente como la mejor bordadora en fino” (Caballero, 1980 Pág. 267).

El día primero de julio de 1814, mediante real orden se creó una junta de altos oficiales caracterizados por haberse empleado a fondo contra la invasión napoleónica, constituida por un presidente y siete vocales. Luego de largas deliberaciones, la junta en cuestión, acordó el envío de una expedición que haría un énfasis especial en recuperar nuevamente para España la Capitanía General de Venezuela y el Virreinato del Nuevo Reino de Granada. Como primero en la línea de mando quedó escogido el General Pablo Morillo.

Fatal error. El designado para tan delicada misión a modo de ejemplo debería haber sido un ex virrey del corte de Pedro Mendinueta y Múzquiz, con gran experiencia y conocimiento en asuntos americanos y particularmente los relacionados con la Nueva Granada, de la que fue mandatario durante el periodo 1797-1803.

“El hombre escogido para la pacificación del Nuevo Reino fue el General Pablo Morillo, militar de oscura estirpe, afortunado en combates memorables, apto para devastar como un incendio, nulo para restablecer amistades rotas y contentar súbditos desavenidos. Era inteligente, feroz, falso, cruel, impolítico e inculto” (Granados, 1972 Pág. 155).

Dentro de un esquema piramidal, la línea de mando colocaba como subalternos de Morillo a los siguientes oficiales: comandante general de la marina y jefe del estado mayor del ejército, al brigadier Pascual Enrile; ministro principal de hacienda, don Julián Francisco Ibarra; intendente general, don Pedro Michelena; pagador, don Lorenzo Martínez; y como vicario general del ejército, a don Luis Villabrille.

En lo relacionado con las armas del ejército, a la de infantería le correspondieron seis regimientos, cada uno de los cuales contaba con un pie de fuerza de 1.200 soldados y un batallón suelto de 650, discriminados así:

Regimiento de León; comandante don Antonio Caro; Regimiento de Castilla, comandante don Pascual del Real; Regimiento de la Victoria, comandante don Miguel de la Torre; regimiento de Extremadura; comandante don Mariano Ricafort; regimiento de Barbastro, comandante don Juan Cin; y regimiento Valecy, comandante don Juan Francisco Mendevil. Con relación al arma de caballería, se crearon dos regimientos: uno de dragones y otro de húsares, que llevaban consigo todos sus elementos a excepción del ganado que se esperaba adquirir por la razón o la fuerza en los territorios americanos que aspiraban a “pacificar”.

Tenemos constituido desde esas funciones, al regimiento de dragones de la Unión, comandante don Salvador Moxo; y por último, al regimiento de húsares de Fernando VII, comandante don Juan Bautista Pardo. Regimiento de Artillería compuesto de dos compañías de artillería de plaza, un escuadrón volante con 18 piezas y una compañía de artilleros de más de cien hombres. Este alto mando estaba plenamente concientizado de las instrucciones dadas por Fernando VII, en donde manifestaba: “Los deseos de S.M. quedarán enteramente satisfechos si esto se consigue con el menos derramamiento de sangre de sus amados vasallos, sin excluir del número de estos a los extraviados de aquellas vastas regiones de América. La tranquilidad de Caracas, la ocupación de Cartagena de Indias y el auxiliar al Jefe que mande en el Nuevo Reino de Granada, con las atenciones de que se ocupará la expedición” (Mercado, 1963 Pág. 69-60).Para el caso del Nuevo Reino de Granada, se conformaron cuatro columnas con la pretensión de copar militarmente su inmensa y compleja topografía, ocupando los sitios más estratégicos.

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De estas cuatro columnas, una le tocó en suerte a Julián Bayer. Su objetivo: controlar el Chocó y hacer lo propio con el Cauca. La segunda, tuvo bajo el mando de Francisco Warleta, copar y controlar a Antioquia, Cali, Buga y Popayán. Ansioso por obtener triunfos vindicativos, cometió múltiples desmanes no en Antioquia, pero si es Cali y en Popayán.

Si Antioquia había sido parcialmente respetada por Warleta, otra fue la situación cuando fue ocupada por el Coronel Carlos Tolrá. Cruel y resentido y apadrinado por el aún más retaliador Virrey Juan Samano, quien hizo de la cultura del “ajuste de cuentas” una idea fija y obsesiva. Bajo el visto favorable de su protector, Carlos Tolrá contrajo matrimonio con doña María Feliciana Rendón, natural de la provincia de Antioquia. De esa unión, hubo una hija: doña Ramona Tolrá Rendón, que posteriormente, en 1841, se radicó en España.

El perfil militar de Miguel de la Torre.

La cuarta columna tuvo como comandante a Miguel de la Torre y Pando. Este culto y alto oficial nació en Berrales, Vizcaya, en 1786, y falleció luego de una larga estadía en Puerto Rico, en Madrid en 1843. A diferencia de los anteriores comandantes, este militar vasco era un lector voraz y al parecer, había cursado estudios de filosofía. Muy seguramente, tenía bien grabadas las palabras de Tito Livio sobre el estamento castrense: “el militar debe regresar de la guerra con su escudo o sobre su escudo, pero sin él”. Un hombre con este perfil; un hombre que creía en el “poder letrado”; un hombre que figuró como socio honorario de la academia grecolatina; este hombre que era caballero del hábito de Santiago; este hombre no podía- como si se tratase de un imposible metafísico- tener empatía con Pablo Morillo. En esas diferencias existentes entre ambos sobre la manera de dirigir la guerra, había una de fondo: Miguel de la Torre, tanto en Ocaña, como en Pamplona, como en Santafé de Bogotá se comportó con humanidad rasgo del que carecía por completo Morillo.
 
No fueron pocas las veces en las que el “pacificador”, desautorizó, increpó y humilló en privado, frente a la tropa o por escrito a este recto, culto y compasivo soldado. Efectivamente, Miguel de la Torre rechazaba y repudiaba  esa despreciable escuela de mando que privilegia el maltrato, la arbitrariedad, la grosería y la arrogancia del mando. De la Torre sabía que el buen militar, no es aquel que más grita y humilla a los subalternos, que muchos confunden con la energía y el carácter, ni tampoco aquel que demuestra debilidad, indecisión o asume falsas actitudes paternalistas. Es aquel que sabe equilibrar estos dos extremos, para cumplir la misión asignada con éxito, y esto solo se logra con la cooperación voluntaria y decidida de los subalternos que siguen y obedecen a un jefe que tiene verdaderas cualidades de líder. Lo contrario- y traemos nuevamente a colación a Pablo Morillo-, es evidenciar una filosofía de la selva, de insensible egoísmo.

Contra Miguel de la Torre, aparte de otras oscuras motivaciones, existían tres razones fundamentales sumadas a las exageradas muestras de indulgencias demostradas por de la Torre, con los habitantes de la capital del Virreinato. Para el jefe supremo de los ejércitos expedicionarios, Miguel de la Torre había bajado la guardia, tornándose en su sentir, arrogante y vanidoso por cuenta de la toma de la capital, en que dicho oficial desempeñó un papel protagónico. Pero más allá de eso, Morillo no le perdonaba a su subalterno el increíble descuido al no haber perseguido a Fernández Madrid en su retirada, y de su ineficacia casi cómplice, demostrada en su rotundo fracaso para recapturar a Manuel Serviez. Una carta de Morillo dirigida a de la Torre no ahorra ningún descalificativo ni improperio contra su subalterno. Ese y no otro, es el tono de la misiva. Reza así:

Mi estimado la Torre; sin duda que ha salido usted de la Batueca se ha vuelto bobo o no conoce aún a los Americanos; me dice usted en su carta que los pocos malos que hay están arrepentidos; lo mismo se decía de los de Margarita y nos han jeringado muy bien y falta el rabo por desollar, entonces era otro tiempo porque el ejército acababa de llegar a América, pero ahora estamos en otro caso y es preciso proceder como el Rey manda, esto es, castigar las cabezas o motores de la Revolución por más que digan que están ochenta mil veces arrepentidos, y su principal deber de usted, luego que ocupó la capital, era haberlos puesto presos inmediatamente, porque debió conocer que en mi indulto sólo perdono a los oficiales que hagan un servicio interesante a la Patria, no podría verificarlo  con los cabecillas ni el Rey lo aprobaría. Si usted dice que son tan buenos y tan amantes del Rey, ¿por qué no han imitado a los de Honda, prendiendo a Serviez y a toda la canalla para lavar su mancha? Amigo mío, desengáñese y abra el ojo con esa canalla que solo desean que los soldados se vayan minorizando e inutilizando con las llagas y en otras bajas, para echarse encima, en cuyo caso quizás sería usted el primero a quien como tal elemento colgasen. Tanto usted como Calzada[2] se han quedado asombrados con cuatro vivas y otras exterioridades, habiendo dejado de perseguir los enemigos sólo por disfrutar de la capital, pero a bien que ahora tendrá que hacer cuatro meses de marcha, cuando se pudo haber acabado con la canalla en cuatro días. Lo hago a usted responsable de todos los resultados. No es difícil suponer que ahora Serviez y todos se reúnan dispuestos cómo están a que se infeste todo el Reino de Guerrillas (Díaz Díaz, 1964 Pág. 76-77).

El odio a los letrados

A las anteriores razones que explican el odio que le tomó Morillo a de la Torre, habría que sumar otras. Una de ellas es la que corre por cuenta del resentimiento. Pablo Morillo era un resentido. Un resentido social con inmenso poder. Su ensañamiento contra los abogados rosaristas y bartolinos no era gratuito en absoluta. En ellos detestaban profundamente ciertas condiciones que en él eran aterradoras carencias: elaboración mental, independencia de criterios, lecturas de fondo, alto grado de notoriedad social, y marcada influencia sobre el entorno. En uno de sus últimos textos, “El poder letrado”, el historiador Gilberto Loaiza Cano, con rigor y acierto escribe lo siguiente: desde la independencia hasta el Frente Nacional, la historia de la vida pública colombiana transcurrió bajo el predominio de la cultura letrada y, por tanto, bajo la hegemonía del político letrado.


Dicho en otras palabras, mientras hubo un agente político e intelectual dominante en el espacio público, es posible hablar, en términos de una historia intelectual de Colombia, de un gran momento histórico. Cuando esa cultura letrada comenzó a erosionarse fue relativizada por la aparición de otros agentes políticos e intelectuales. Esa mutación puede verse hoy, como una pérdida o como una ganancia. Lo que no se puede negar es que era el poder de los legistas y gramáticos el que parecía garantizar la difusión de un orden o, al menos, la ilusión de un orden. Entendamos de una vez, este libro acerca del lugar de los intelectuales en la vida pública colombiana, en un país donde- a veces olvidamos esa premisa horrible- se lee muy poco, por no decir que nada. Un país, precisemos aún más, donde el mundo académico es débil, donde la tradición universitaria es incipiente, donde hay otras ideas acerca de lo que es bueno, bello y verdadero.

Los intelectuales, los que nos negamos a manejar la Academia con criterio empresarial y tecnocrático, solemos ser apenas un dato marginal del decorado que confirma la poca importancia que, para el Estado y la sociedad en general, tienen la educación y el acceso a formas superiores de conocimiento. Una sociedad que nos ha enseñado que la capacidad y el mérito acumulados son lo menos indispensable para tener poder o alguna notoriedad social (Loaiza, 2016 pág. 11).

Cuando se desconoce la historia- se ha dicho miles de veces- las sociedades se exponen a repetirla, y no exactamente en lo que pudo tener de modélica. Por estos días, hace doscientos años, por vía de la horca o del fusilamiento, Santafé de Bogotá contemplaba aterrada el atroz final de las primeras víctimas del régimen del terror implantado por Morillo y por su segundo en la línea de mando: Pacual Enrile. A este último le envío una larga y conmovedora misiva el científico y botánico rosarista Francisco José de Caldas, como último recurso para eludir la pena de muerte. Enrile se limitó a decir: “España no necesita de sabios”. Hoy habría que decir lo que con otras palabras expresa el ya citado historiador Gilberto Loaiza Cano: “Colombia no necesita de sabios”. Cuando una sociedad, en este caso la nuestra, se da el lujo de mirar con desdén, o peor aún, de arrinconar o marginar a sus mejores humanistas, sabiéndolo o no, está condenando nuevamente a Caldas a la pena capital.

Reflexiones sobre el resentimiento.

Morillo, afirmábamos, era un resentido integral. Sobre esa baja y precaria pasión del alma, se ha escrito mucho, y se seguirá escribiendo. Así lo hace el académico venezolano Rafael Arraíz. Estas son sus reflexiones sobre esta perversión moral:

He buscado en muchas páginas, he indagado con psicoanalistas amigos, y psicólogos sociales, cuantas veces he podido, hasta que si con un estupendo trabajo sobre este fenómeno del resentimiento. El breve ensayo de Max Sheler “sobre el resentimiento”, publicado por la Fundación Manuel García-Pelayo en Caracas, 2004, nos entrega una verdadera joya de penetración sobre el asunto. Sin embargo, no me refiero al ensayo de Sheler, sino al prólogo del propio maestro García-Pelayo, una autoridad en Derecho Constitucional e Historia Política que vivió y urdió buena parte de su obra entre nosotros, en la Universidad Central de Venezuela, entre 1958 y 1979. Al explicar la naturaleza del resentimiento García Pelayo afirma: “consiste en un odio impotente hacia aquello que se admira o se estima, pero que no se puede ser o no se puede poseer. Se estiman ciertos valores, pero se odia a quienes los poseen o a los valores mismos, en razón de que no se tienen. En su forma extrema, el resentimiento transforma el odio en la negación de los valores vigentes y en la postulación  de un sistema de valores contrarios. Como mínima apostilla podría señalarse que la envidia, acaso la más común y primaria de las emociones es el punto de partida del resentimiento. Aquí, además, la simbiosis entre el egocentrismo y el resentimiento es clara, y lo es en la medida es que el resentido con poder, al actuar en la esfera política o militar, va imantando el ambiente con sus propios prejuicios, y va estableciendo un mundo de parcelas, de incluidos y excluidos. De la mano del resentimiento está la perfidia y de la mano de la perfidia esta una de las más bajas pasiones del hombre: la venganza, que no hay manera de olvidar que será obra segura del resentido, en cuanto tenga oportunidad de perpetrarla (Arraíz, 2015 Pág. 109-110).

Sobre la inquina desplegada por Morillo sobre Miguel de la Torre, incluido también Sebastián Calzada, el historiador José Manuel Restrepo afirmaba:

En tales circunstancias hacían en Santafé grandes preparativos para recibir a los Generales Morillo y Enrile, pensando acaso los patriotas que de este modo dulcificarían algún tanto la acrimonia de estos jefes; empero Morillo, sin admitir obsequio alguno, entró en Santafé por la noche del 26 de mayo, víspera del día en que se le aguardaba… reprendió ásperamente a los coroneles de la Torre y Calzada porque habían admitido obsequios de sus moradores y porque desde los primero momentos después de su entrada no redujeron a prisión a todos los insurgentes o rebeldes: estos eran los nombres que daba a los que habían sostenido la noble causa de hacer independiente a su patria. En castigo por su benignidad ordenó que marchara inmediatamente la Torre para los llanos de San Martín en persecución de Serviez, dulcificando un tanto la píldora con hacerlo brigadier; Calzada salió con el destino de mandar en los Valles de Cúcuta. Dio por nulo y de ningún valor el indulto publicado por la Torre en Zipaquirá (Restrepo, 1943 Pág. 93-94.

Un indulto desautorizado.


Bien vale la pena trascribir parte del indulto, por considerarlo un documento de alto valor en relación con los acontecimientos y posterior desarrollo de la guerra:

Americanos: el excelentísimo señor General en jefe son Pablo Morillo, destinado por el soberano para pacificar esta vasta región de sus dominios, me ha confiado el mando del ejército oriental del Magdalena; constituido por este empleo a obtener la satisfacción de gobernar un territorio desolado por unos maluados, que su edor de amor a la patria la han aniquilado y destruido hasta el extremo en que yace; y usando de las facultades que S.E. me concede, como fiel intérprete de las piadosas intenciones del Rey nuestro señor, quiero antes de ensangrentar mis bayonetas, gesto al que resisto con todas las fuerzas de mi ser, haceros participes del último indulto que ofrezco. Todo los sargentos cabos y soldados, empleados de hacienda y demás cargos civiles, que deponiendo sus armas y actual servicio vuelvan a los pueblos de su domicilio a ejercitarse con toda seguridad en sus antiguas profesiones, se harán acreedores a esta gracia, y merecerán el perdón de su extravío. Indulto también a todos los oficiales desde capitán inclusive abajo. Estas generosas proposiciones, que en medio de 6.000 vencedoras bayonetas, pronuncio, podrán convenceros que ningún género de temor me las hace proclamar; y si solo el ardiente deseo de restituir aquella tranquilidad que respira todo vasallo protegido por nuestras leyes. Preguntad a los pueblos por donde ha trasmitido mi ejército, los mismos pueblos que los bandidos de Serviez han saqueado sin perdonar lo más sagrado y recóndito de los templos; preguntadle que conducta ha observado: no hay esposa ni madre que no llore la pérdida de su hijo, cuando ve en su casa alojado un español, y deponiendo su fuerza militar se dedica a consolarla; jóvenes esposas calmad vuestro llanto y vivid persuadidas que vuestro consortes arrancados del lecho nupcial por la crueldad y despotismo de los que os gobiernan, volverán a enlazarse con indisoluble vinculo, luego que sepan esta invitación que les hago en nombre del rey Nuestro señor Don Fernando VII. Zipaquirá, 4 de mayo de 1816. El comandante general Miguel de la Torre (Mercado, 1919 Pág. 171-175).

Tal y como se desprende de la anterior proclama, de la Torre tenía claro, que en una guerra, y más en una guerra irregular, se hace imperativo por parte de un ejército conquistar el apoyo de la población civil. Sin este concurso, la derrota está asegurada. Sobre este aspecto existe abundante literatura que demuestra que gran parte del territorio correspondiente al Nuevo Reino de Granada, era afecto a la “reconquista española”. Esta simpatía por el régimen monárquico se manifestó con creces en Santa Marta, en Riohacha, en Valledupar, en Girón y sobre todo en el sur del país, donde la conformación de guerrillas indígenas y afrodescendientes mantuvieron a raya a las tropas patriotas hasta 1824. Esta coyuntura, que para oficiales como de la Torre, o sea, la de contribuir al desarrollo de una opinión pública favorable a los intereses de la Corona española, fue desestimada y desaprovechada por Morillo.

Él, Morillo, valiente hasta el extremo, y proveniente de un país que durante siglos hizo de la guerrilla un estado de alma, se dio el lujo de ignorar que la mayor debilidad de una fuerza irregular reside en que depende del apoyo de la población civil; cuando este apoyo falta, la guerrilla se desmoraliza, pierde control territorial, los niveles de deserción entre sus filas se vuelven recurrentes.  De 1815 a 1820, y más allá de esas fechas, como la emblemática del Puente de Boyacá en 1819, el antiguo Reino de Granada vivió y padeció una guerra de guerrillas, mal denominadas en muchos casos de independencia.
Ya desde esa época, las tácticas de guerrilla seguían preceptos bien conocidos: si el enemigo ataca “desaparecen”; si se defiende “lo hostigan” y si se retira o en cualquier momento se torna vulnerable, “lo atacan”.

Velocidad, movilidad, sorpresa, infiltración, especialización en operaciones nocturnas, infiltración y el deterioro de la moral del enemigo, fueron tácticas comunes utilizadas tanto por los realistas como por los patriotas. Casos desde el lado republicano como los de la “guerrilla de los Almayda” fueron frecuentes.

La fuerza por encima de la razón.

El error de Morillo, al lado de muchos otros, fue el de su política de represión, sumada a la extralimitación de sus funciones, al desacato de las instrucciones dadas por Fernando VII, y víctima como ya se ha expresado de su propio temperamento proclive al rencor, al egocentrismo, al resentimiento y el mantenimiento a término indefinido una serie de ideas fijas que le roían la mente, privándolo en consecuencia de serenidad y autodominio.

Su consigna: “Mano firme, corazón amplio”, se invirtió con el tiempo. Fueron tantos los prisioneros que, sólo en Santafé de Bogotá, llegó a haber más de 600 personas en las cárceles. Esto explica que se tuvieran que habilitar como prisiones los Colegios del Rosario y de San Bartolomé, el convento de la orden tercera de San Francisco. Desbordado “el consejo permanente de guerra” instalado en Santafé, Morillo se vio forzado a establecer otros en Tunja y Neiva.

La gran mayoría de los prisioneros, y sobre todo, de los que fueron pasados por las armas, eran la prueba fehaciente de su radical desconfianza hacia los intelectuales, hacia los “señoritos” como despectivamente los calificaba, enfatizando su rencor y su prevención contra los que ostentaban el título de abogados. Pero en colección de obsesiones, hubo una que se anteponía con más fuerza: su obsesión por hacer desaparecer la Isla Margarita, luego de la traición de que fuera objeto por parte de Juan Domingo Arismendi:

La traición de Arismendi le había calado a Morillo en lo más hondo. En su escala de valores el honor, o su idea de éste, ocupaba un lugar muy destacado, tal vez el más importante, y que  Arismendi hubiera faltado a su juramento de fidelidad volviéndose contra la persona que todo le había perdonado, constituía la mayor afrenta. Su honor y su reputación no podían soportar la actitud de este venezolano, y hacerle pagar su traición acabaría convirtiéndose en una obsesión. El odio hacia el rebelde le nublaría el juicio hasta el punto de convertirse en el principal motivo tras la decisión irreversible de emprender una campaña contra la Isla Margarita. Es cierto que Margarita era importante, pero no tanto como para hacer de su recuperación el eje de toda una campaña, y la movilización de lo más granado de las tropas realistas para esta operación, dejando otros puntos desguarnecidos, supuso un grave error estratégico (Quintero, 2005 Pág. 359).

Su tragedia moral, fue en últimas las de un hombre que pretendió ajustar al mundo a sus triunfos vindicativos. Su otra tragedia fue, si así puede decirse, geográfica. La geografía del Nuevo Reino de Granada y particularmente, la de los llanos, fue a la larga, el detonante de su derrota militar. Otro tanto le sucedió a de la Torre en vano e inútil esfuerzo por capturar a Serviez, y en cumplimiento de otras misiones.

Desde San Fernando de Apure, en febrero de 1817, Morillo envió parte de sus tropas, al mando de la Torre, a socorrer la ciudad de Angostura al mando de Manuel Piar. Una vez llegados los refuerzos a Angostura, la Torre ordenó efectuar una salida y entonces, 11 de abril de 1817, cerca de San Félix, se encontró con las tropas de Piar. El resultado fue un fracaso para los realistas, que sufrieron muchas bajas. Como relata el propio de la Torre “nos sostuvimos, sufriendo miseria indecible y combates diarios hasta el 15 de julio”, fecha en la que la Torre hubo de rendirse ante la evidencia.

Todos estos desastres militares estaban ya prefigurando el armisticio de Trujillo (25 de noviembre de 1820). En la célebre confraternización entre Bolívar y Morillo en Santa Ana (27 de noviembre de 1820), se encontraba también presente el ahora mariscal de campo Miguel Luciano de la Torre y Pando, el militar español que siempre se comportó con nobleza y humanidad. La academia sigue debiéndole al país unas biografías de fondo aparte de la de Miguel de la Torre, de Melchor de Aymerich, de Sebastián Calzada, de Carlos Tolrá, de José María Barreiro, de Julián Bayer y de otros tantos, que se jugaron el todo por el todo para que Fernando VII siguiera presidiendo los destinos de las provincias de ultramar. Pero la verdad es que ni ellos, ni los patriotas merecían un Rey como Fernando VII, ni Miguel de la Torre un superior como Pablo Morillo.

“Los sueños de la razón producen monstruos”. Goya no se equivocó parte del periplo geográfico de Miguel de la Torre se concentró en los llanos. Como expresábamos arriba, su destino al llano obedeció a la obsesión de Morillo por capturar vivo o muerto  Serviez. Pero también por castigar a de la Torre por haberse atrevido a publicar un indulto, ya referido. Indulto que fue declarado nulo de toda nulidad por Morillo. Este acto, produjo un conato de sublevación por parte de Miguel de la Torre “cuando le recriminó a sus superior que hiciera honor a su palabra comprometida en nombre del Rey”

En efecto, de la Torre había sido- a diferencia de su jefe- un cumplido servidor de “las instrucciones del Ministerio Universal de Indias” haciendo del famoso documento una profesión de fe, una palabra, la suya, empeñada y sin regreso.

De la denigración al elogio.

El mismo Morillo, tuvo que admitir los sufrimientos y la entereza demostrada en los llanos por su subalterno y sus tropas:

Por fin, al cabo de 44 días de una marcha inaudita, de no dormir en poblado, de no alimentarse más que con carnes, de sufrir lluvias continuas, en una geografía que parece hecha para ocultar bandidos, de pasear los ríos negro, Ocoa, Guaitiquia, Upía, Cuciana, Cravo y Pauto, unas veces en balsas, otras en troncos, otras en marquetas y las más de las veces agarrados los soldados de las colas de los caballos que atravesaban nadando unos ríos el menos más ancho que el Ebro en su desemboque, al fin logró a fuerza de constancia increíble llegar a Pore, capital de los llanos de Casanare, con su columna cubierta de laureles, venciendo obstáculos que parecen invencibles y sin más pérdida que la de algunos pocos que no se pudo evitar los arrastrasen las corrientes.

Ese era Miguel de la Torre: un soldado integro, coherente con el sentido del deber: un militar sin tacha, que jamás le exigió a sus subalternos nada que él mismo no estuviera dispuesto a soportar – que en este caso es de justicia reconocerlo – fue también el de Morillo, y los testimonios abundan, mostrando sin  fanfarronerías más resistencia física que la de los hombres que comandaba. Pero a Morillo le faltaba algo, que de la Torre si poseía: valentía moral y sentido de la compasión. En una de las tantas comunicaciones que Morillo le envió a de la Torre, hay una con fecha 22 de junio de 1820, en donde en alguno de sus apartes le dice: “Aunque no lo crea debe usted persuadirse de cuanto lo aprecio y lo quiero”.  Qué extraña manera de apreciar y de querer. Qué extraño era este hombre, Pablo Morillo, que en múltiples ocasiones hizo las veces de un toro negro de casta, hay que admitirlo, embistiéndose a sí mismo entre los laberintos más tenebrosos de la conciencia. De casta como la que tenía el toro de lidia que acabó con la vida de “Manolete” en la Plaza de Linares, Sevilla.

Que extraño en verdad era este soldado formidable que había nacido el 5 de mayo de 1775, en Fuentesecas de la provincia de Toro, en la Castilla profunda y falleció- ¡Oh paradojas del destino!- en Francia, pobre y en el anonimato, el 27 de julio de 1837.


 

 

 

 

 

Referencias

 

 

 

 

Arraiz, R (2015) Venezolanos (de la A a la Z) Fundav Ediciones, Caracas Venezuela
Caballero, E (1989) Incienso y Pólvora. Comuneros y precursores. Editorial Pluma, Bogotá, Colombia.
Díaz, O (1964) la reconquista española. Tomo I, invasión pacificadora, régimen del terror, mártires, conspiradores y guerrilleros (1815-1817). Historia extensa de Colombia de la Academia colombiana de historia Vol. VI, ediciones Lerner, Bogotá Colombia.
Granados, R.M (1972) Historia de Colombia, Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, Colombia
Loaiza, G. (2016) Poder letrado. Ensayo sobre historia, siglos XIX y XX, Universidad del Valle, Cali, Colombia.
Marín Leoz, J. M. (2007) La elite rectora de la capital. Composición de las instituciones político-administrativas de Santa Fe de Bogotá durante el gobierno del Virrey Pedro Mendinueta y Múzquiz (1783-1797), Universidad de Navarra España.
Mercado, J. (1919) Campaña de invasión del Teniente General don Pablo Morillo, Bogotá, Colombia
Quintero, G (2005) Pablo Morillo General de dos mundos, editorial Planeta, Bogotá, Colombia.
Restrepo, J.M (1963) Historia de la Revolución de Colombia, T. 3, Editorial Beduot, Medellín Colombia
Sevilla, D. (1979) Historia política de España 1800-1973. Editora Nacional, Madrid España.
Vallenilla Lanz, L. (1938)  Cesarismo Democrático, Caracas Venezuela

[2] De origen Andaluz. En 1815 Pablo Morillo, lo destacó al nombrarlo comandante del primer batallón del regimiento de infantería Numancia. Su triunfo militar más resonante fue un cachiri, población santandereana donde derrotó rotunda y contundentemente al General Custodio García Rovira. Posteriormente Calzada se hizo fuerte, organizando una división militar de composición claramente heterogénea en donde indígenas y afrodescendientes del Patia se sumaron a las tropas peninsulares, defendiendo como un solo has de voluntades la causa del Rey y de la religión católica. Venezuela también contó con la presencia militar de Calzada, quien en un momento dado se hizo fuerte en Puesto Cabello. En 1823 fue tomado prisionero por cuenta de las arrolladoras victorias de José Antonio Páez. Liberado en 1824, partió a Cuba, presumiéndose que allí falleció Sebastián Calzada, fue otro de los integrantes del Estado Mayor de Morillo, caracterizado, al igual que en el caso de la Torre, por poseer y manifestar un alto sentido humanitario.