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Picasso y Schiele: la despedida del que fue y el adiós del que no pudo ser

Felipe Cardona

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La vida se agota, es el ocaso. Frente al caballete está el lienzo en blanco donde se grabará el epilogo, el punto final de una trayectoria.

Siempre se guarda la esperanza de una despedida pomposa, pero la pintura no es una historia novelada. El pintor carece de elecciones porque la narrativa del arte no está ligada a equilibrios reconfortantes o finales apoteósicos.  La causa de los pinceles es mucho más íntima y está ligada a los desvelos diarios, es algo así como una confesión que no tiene un proceso de clausura, un relato que siempre se queda en puntos suspensivos.

Siempre fiel a su instinto Picasso trabaja en su ultima pintura. A los noventa y un años conserva la disciplina que lo consagró como uno de los mitos de la modernidad.  Vive la senectud en su casa de Notre Dame Vie, enclavada en las colinas de Cannes. El genio malagueño goza de esa atmosfera paradisiaca que en su juventud le fue vetada, los aires delicados de la Costa Azul le otorgan un sosiego envidiable para inspirarse. Sin embargo, su cuerpo cada vez se torna más frágil y los dolores articulares son cada vez más frecuentes. Después de cada noche de trabajo, su esposa Jacqueline Roque, entre esponjas y agua tibia intenta aliviar sus dolencias.

La pintura en que trabaja el artista es muy reveladora y está alineada con la obsesión que lo acompañó durante sus últimos años: La perdida de su virilidad. En 1965, cuando el artista español rondaba los ochenta y cuatro años, fue sometido de urgencia a una operación de próstata que, debido a un error médico, le arrebató su funcionalidad sexual. Este episodio resultó traumático para el insaciable pintor que contaba con un prontuario de leyenda respecto a su vehemencia sexual.

El cuadro que se titula Mujer acostada y cabeza está lleno de una riqueza inagotable. La figura de mayor relevancia en la pintura es la de una silueta con cabeza de minotauro. Esta criatura mitológica es una constante en la obra del artista como una representación de la virilidad. En este caso en particular vemos que el minotauro cumple un papel de alter ego para Picasso, los ojos angustiados de la bestia son los mismos del artista que se debate en la angustia de su invalidez.

La figura mitológica no está sola, la acompaña la silueta femenina que yace a su costado. El relato nos revela una fogosidad que no puede concretarse a través del cuerpo, la pulsión sexual es evidente pero la mirada es mucho más distante. Picasso ahora es el testigo, el hombre que contempla la divinidad del sexo y debe conformarse con ser un mero observador que no participa en las gestas amatorias.

El artista finalmente ha llegado al final de su laberinto, el minotauro ha encontrado la salida. Sin embargo, el gesto de la criatura no tiene nada de triunfante, atrás quedaron consignados los episodios de la bestia mitológica en los albores del sexo o en la lucha contra los gladiadores en la arena. Este último lienzo carga con una revelación nada grata. Es la madrugada del 08 de abril de 1973 y a un paso de terminar la pintura el artista siente una punzada en el corazón.  Los pinceles caen al suelo mientras Picasso se lleva consigo la última imagen de si mismo, la de un hombre marginado del éxtasis que mira con angustiado los dones de una juventud que jamás regresará.

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De todos modos, el pintor español contó con el privilegio de una larga vida, otros artistas como Egon Schiele apenas llegaron a los albores de la juventud. El pintor austriaco se despidió del mundo cuando apenas tenía veintiocho años, justo en el momento de mayor esplendor de su carrera.

En 1915, tres años antes de su muerte, Schiele había encontrado la calma tras una vida marcada por las tensiones de la pobreza y la hostilidad que su obra generaba en el gusto recatado de sus contemporáneos.  Esa tranquilidad tenía nombre propio, se trataba de Edith Harms, una mujer perteneciente a una familia de la burguesía vienesa. Tras un noviazgo de un año la pareja se casó en una ceremonia luterana, evento que marcó un giro definitivo en la vida del artista, quien hasta ese momento llevaba una existencia marginal y un tanto escandalosa.

Sin embargo, Schiele continuó trabajando en sus desnudos turbulentos. A pesar de encontrar la moderación en su vida personal, el artista siempre fue fiel a su temperamento íntimo y la obra nunca perdió su condición subversiva.  Cabe anotar que su esposa jugo un papel definitivo en su trabajo al servirle de modelo para casi todos sus cuadros. Juntos formaron un equipo que inspiró al artista a crear piezas de un dramatismo prodigioso.

Todo marchaba a pedir de boca, el trabajo abundó y los encargos fueron cada vez más frecuentes. A finales de 1917 Schiele se consagró a través de la pintura titulada Los amantes, una pieza de una fuerza extraordinaria donde se evidencia toda la fascinación que el artista sentía hacía su esposa. Pasión que pronto dio frutos cuando a mediados de 1918 Edith le confirmaría que estaba en embarazo.

Fue entonces que el artista inspirado por la noticia se lanzó hacía el caballete y emprendió la que sin saberlo sería su última obra.  La obra sería un homenaje a la familia que estaba formando.  Empezó con un autorretrato suyo donde se le ve altivo, pero algo perplejo, como si mirase hacía un futuro incierto. En otro plano aparece Edith, quien se ve nostálgica, como aquejada de un presentimiento funesto. Por último, a los pies de la mujer aparece un niño que sobresale por su palidez y su vulnerabilidad. El lienzo retrata la franqueza del artista que hasta entonces no había tomado una ruta distinta a la del erotismo. Es la celebración de la vida, la forma en que Schiele se anticipa a la adversidad que ya reclamaba con apoderarse de sus días.

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En octubre de 1918 la desgracia tocó las puertas del matrimonio.  La primera en desvanecerse fue Edith, en cuestión de días una fiebre intensa se apoderó de su cuerpo y la obligó a guardar cama. La mujer en estado de gestación nunca pudo volver a levantarse a pesar de que el pintor le prestó todas las atenciones posibles. En medio de la total impotencia el artista vio como el 28 de octubre la gripa española se llevaba al amor de su vida y truncaba la continuidad de su legado.

Sin embargo, Schiele no tuvo tiempo de asimilar su perdida, al otro día del fallecimiento de su esposa y su hijo, la agonía le tendía los brazos, el refugio para su duelo fueron las fiebres delirantes que minaron su existencia y no le permitieron la luz de nuevos días. Tres días bastaron para que el artista se juntara con los suyos en ese tránsito desconocido que nos espera después de la muerte.

Si bien es cierto que tanto Picasso como Schiele abandonaron este mundo en medio de la confusión, ambos abrazaron a la parca en situaciones muy diferentes.  Para uno la muerte fue la confirmación de la perdida irreparable mientras que para el otro fue un revés que marchitó un futuro lleno de esperanza. Para uno la nostalgia por lo que fue y para otro la desazón por lo que no pudo ser.