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Contra la polarización

Juan David Otálora Sechague

Partido-COnservador-De-equinoXio-Partido-Conservador-CC-BY-2-0-by-equinoXio

Son también vehículos que transmiten consignas repetitivas que de a poco crean realidades e incluso tienen la capacidad de influir sobre las percepciones. Pero quizás el éxito más promisorio del lugar común es crear un ambiente de consenso artificial, una suerte de evidencia irreprochable, un falso axioma.

No existe en el escenario político actual –y hablamos de Colombia, aunque en el mundo funciona bastante parecido– un caballo de batalla más práctico que la llamada “polarización”. Políticos de todas las orientaciones, periodistas e incluso analistas y académicos han recurrido a este término para describir lo que a su juicio es el comportamiento de la sociedad. La polarización hoy constituye una explicación total y homogénea de lo que acaece en el contexto político. Todo, desde la decisión de un alto tribunal de justicia hasta un debate sobre el transporte público es materia de polarización, hecho que deja de lado, la multiplicidad de escalas y de grises.

Empero, detrás de esta explicación tan sencilla (pero útil) difundida ampliamente por los medios se esconde una falacia y un peligro. De un lado, se crea la sensación de posturas radicalmente opuestas que no son tales, o que legitiman un dilema de falsa división. Por otra parte, la polarización ha emergido en un ambiente de revanchismo, por lo que aquel que no le dé la razón a un político o a sus seguidores es porque está polarizando. El riesgo aquí es profundo pues es el caldo de cultivo para los “discursos totales”, esas formas de interpretar la realidad que son lineales y homogéneas y que descalifican a cualquier interlocutor acusándolo de “polarizador”. Por eso pensar la sociedad en cajas cerradas y uniformes es el preludio de los Estados totalitarios.

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Centro Democrático CC BY-SA 4.0

De hecho, la sofisticación de la polarización es la definición de política de Carl Schmitt (teórico asociado al nazismo). Para este jurista alemán, “la esencia de las relaciones políticas se caracteriza por la presencia de un antagonismo concreto”, por eso la política es la relación amigo-enemigo. Desde esta perspectiva, todo aquello que se produzca desde el ámbito colectivo enemigo es percibido como hostil y en las dinámicas de poder crea un relato de pugnacidad. De esa manera, la llamada polarización contribuye a crear un marco de permanente conflicto que es, sin embargo, inherente a la lucha política.

No quiere decir que dentro de los escenarios sociales no deban existir desacuerdos, de hecho, es una de las características esenciales de lo político. Lo que aquí quiere discutirse es la noción de “polarizar” como ejercicio explicativo total, como el lugar común de nuestra era. En efecto, quien dice democracia, dice disenso y esa es justamente la virtud de este sistema, lo que no puede perderse de vista es que con la polarización se crean falsos radicalismos, se difunde un estado perenne de hostilidad.

Existe además una complicación y es la destrucción de toda acción comunicativa. El mejor argumento, el más sólido o convincente ya no tiene relevancia sino se utiliza un aparato de comunicación efectivo para su transmisión. Esa es la condición de nuestra época: más vale la forma que el fondo. La polarización puede causar que “el que diga Uribe” se transforme “en lo que diga Uribe” (o cualquier otro político), convirtiendo el escenario de lo público en la discusión de unas pocas ideas (y su respectiva crítica a ultranza), reduciendo la participación ciudadana al “Estado total” para utilizar las palabras de Schmitt.

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Partido Liberal - De CarlosArturoAcosta - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0

El problema central con la polarización es que no existe o no al menos en los términos que políticos y periodistas han querido difundir. Probablemente, el punto consagratorio de la “polarización” en Colombia fue el plebiscito del 2 de octubre de 2016 con el que se definió el futuro de los Acuerdos de La Habana. Por un estrecho margen (de 50,21% contra 49,78%), el “No” obtuvo una victoria pírrica. Y a partir de entonces se comenzó a expandir el lugar común de la polarización. Incluso uno de los diarios con mayor circulación del país tituló: “polarización del país, reflejada en resultados de escrutinio”. En las primeras planas no apareció un fenómeno mucho más alarmante: la abstención de 62,59% en uno de los momentos más relevantes de la historia reciente del país. Este punto de inflexión ocasionó que toda lectura de la realidad, o incluso cada propuesta del gobierno o su oposición sea entendida desde la óptica polarizadora.

De manera que más allá de la división social o la fractura ideológica lo que existe es apatía e indiferencia frente a la realidad política nacional. Es cierto que no puede supeditarse la participación al ámbito electoral pues la abstención también es una forma de manifestación de la voluntad y de hecho sería interesante establecer un estudio al respecto. Sin embargo, hay un amplio porcentaje de ciudadanos que no se identifican con ninguno de los “polos” que medios y analistas han creado de manera artificial. La lógica de la polarización ha empujado a las personas a radicalizar sus posturas, a desconocer el valor del adversario y ser presa fácil de razonamientos primarios o falaces que convencen más con la emoción que con la lógica.

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Polo Democrático -Dominio público

Por lo dicho anteriormente, los medios de comunicación, los líderes políticos, la academia y demás sectores sociales tienen una responsabilidad importante para acabar con este lugar común que tanto daño ha causado al debate público. Si existe una queja constante de la “personalización de la política”, es justamente por difundir la idea mecánica de la polarización como único medio para entender las posturas divergentes. La democracia (pos)moderna se basa en la pluralidad de visiones, no en bloques monolíticos opuestos como se ha querido caracterizar a través de la polarización. De hecho, pensar lo político como dicotómico es un riesgo que pone a la sociedad al borde de comprensiones totalitarias de la realidad, muy cerca de la dictadura de los “buenos”.