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Ser colegial, una misión de servicio para el Claustro rosarista

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Palabras de la rectora Ana Isabel Gómez en la ceremonia de consagración de los colegiales de número, celebrada el 27 de febrero de 2026.

Hace 372 años, las puertas de este Claustro se abrieron para recibir, por primera vez, a los colegiales que por disposición del Fundador iniciarían su proceso de formación en las aulas dispuestas para albergar el conocimiento y compartir con ellos las máximas humanistas que moldearon la idea de esta comunidad. Fue entonces en ese momento cuando esta casa de estudios inició tan bella e importante misión como lo fue instruir a los jóvenes en las verdades humanas y divinas para que, posteriormente, fueran esos colegiales aquellos que llevaran en su mente y corazón el deber de servir a la sociedad bajo la firme convicción del poder transformador de la educación y el saber, sin perder de vista, el respeto y amor debidos al Claustro que los formó y que los distinguió con tan importante prerrogativa.

Ante el retrato del Fundador, fiel imagen de su figura y que hoy preside esta Aula Máxima, han sido cientos de rosaristas que han lucido la Cruz de Calatrava y jurado ante las Constituciones el participar, decididamente, en la edificación constante de este lugar para que más jóvenes tengan la oportunidad de integrar esta comunidad educativa que, dentro de algunos años, llegará ya a su cuarto centenario de existencia.

De ahí que el Colegio Mayor del Rosario, obra maravillosa del maestro fray Cristóbal de Torres, está estrechamente ligada en su fundación a la figura de la Colegiatura y es concebida como un elemento identitario. No obstante, la existencia de esta figura, legada por instituciones centenarias como el Colegio del Arzobispo de Fonseca, adscrito a la Universidad de Salamanca, o la Universidad de Bolonia, evocaba desde sus orígenes un instituto que era dirigido por la comunidad de quienes aprendían, es decir, de sus estudiantes. Estos, para los años iniciales de este Colegio, eran los encargados de proteger el Claustro, de garantizar que la educación que se diera allí fuera la adecuada y que los profesores se guiaran por virtudes humanistas. A ello se sumaba el deber de elegir a la persona que ocuparía la rectoría y también a los consiliarios. La Colegiatura, entonces, formaba estudiantes que, a su vez, eran ciudadanos del saber y tejían una corporación guiada bajo el modelo del universitas scholarium, idea que persiste hasta nuestros días.

De este periodo inicial, evocamos, con especial afecto y ante su inmortal imagen presentada en los retratos que adornan esta Aula, nombres como Juan de Mosquera, Enrique de Caldas, Nicolás de Guzmán y Cristóbal de Torres Bravo, quienes siendo parte de los primeros colegiales asumieron, como rectores, la misión que, más de tres siglos después, seguimos cuidando.

El servicio al país y a esta comunidad perduró en el tiempo. Nombres insignes como Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano y Camilo Torres, entre otros, actores fundamentales en el proceso independentista, fueron alumnos de este Claustro y colegiales.

En el Siglo XX la figura de la Colegiatura se adaptaría a su tiempo. Mantiene su misión de elegir al rector y a los consiliarios, pero también participa en instancias de gobernanza académica, como son los consejos académicos de escuelas y facultades.

Bien es sabido que, para este Colegio Mayor, sus tradiciones son motivo de orgullo. Pero esa palabra, ‘tradición’, no se debe entender como algo anquilosado o carente de vida; antes bien, alude a un testimonio de perdurabilidad, de un pasado sólido en cuanto a sus ideas y hechos que han marcado para bien nuestra identidad institucional.

La figura de la Colegiatura, si bien hace parte de nuestras tradiciones, no puede ser ajena a las realidades cambiantes propias de este siglo. Y, como todo lo que hace parte fundamental de este Claustro, está inmersa en otra idea fundacional e identitaria: el nova et vetera.

Nuestro presente nos invita a pensar una universidad que conserve su identidad y principios fundacionales pero que, también, no sea ajena a las transformaciones requeridas dado el contexto actual de las instituciones educativas y del marco jurídico que las determina, en la forma en que, como comunidad, participamos en la toma de las decisiones más trascendentes, que resignifique el concepto de universitas scholarium y que lo amplíe a otros actores de nuestra comunidad.

La idea anteriormente expresada está en concordancia con lo dicho por el rector magnífico, Monseñor Rafael María Carrasquilla, de que esta institución es un organismo vivo que posee en sí mismo el origen de su acción, esto es, que no depende de ninguna presión externa pues su preciada autonomía infunde al Claustro una vida propia e iniciativa intelectual que siempre ha estado y estará a la vanguardia de cada época. De ahí que si algo es seguro en nuestra historia es que encontraremos el camino para reinventarnos sin olvidar nuestra esencia.

Hoy, María Alejandra, Gabriela, Antonio, Juan Felipe, Mariana, Samuel, María Paula, Danna, Sara, Mateo, Isabella y Sofía se presentan ante este Claustro como herederos de esa misión encargada a la Colegiatura, pero también como actores de las transformaciones que seguramente este Claustro vivirá en los próximos años; con su virtud, amor por el Rosario y por el bien de toda la comunidad, protegerán la perdurabilidad de nuestra institución a la par que los cambios requeridos en el modelo de nuestra gobernanza se den.

Ellos representan los valores y carácter distintivo de un estudiante de la Universidad del Rosario. Si bien son quince, poseen las virtudes que este Claustro busca inspirar en todos sus estudiantes: respeto por el ser humano, amor por el conocimiento, deseo de transformar positivamente la realidad que los rodea, amor incondicional y lealtad a la misión del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y a su comunidad de estudiantes, profesores, egresados y funcionarios.

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Así, quisiera compartir unas cuantas consideraciones con nuestros nuevos colegiales, con el objetivo de resaltar una serie de elementos que, espero, les sean útiles para el ejercicio de su rol y que esté en concordancia con los desafíos que nos plantea un siglo marcado por la incertidumbre, la inmediatez y las nuevas formas de relacionamiento humano, intelectual y cultural a través de las tecnologías.

No sorprende que las instituciones, a lo largo de la historia, hayan conocido aciertos y extravíos, inherentes a la condición humana. Pero, en cuanto seres racionales, podemos discernir entre lo que lesiona a los otros y lo que favorece el bien común, y aspirar a que esos colectivos humanos incorporen en su cultura, en su quehacer, acuerdos de ética de mínimos y se proyecten, a la vez, hacia un horizonte de ética de máximos.

Por lo mismo, queridos y queridas colegiales, los y las invito a que la distinción que hoy reciben la honren siempre a partir de conductas orientadas hacia el bien y la justicia y que promuevan la paz y el desarrollo humano. Procuren siempre respetar la dignidad de los otros en aras de contribuir al bien común, que es también el bien de esta institución. Sean conscientes de que el papel que asumen no es una tarea superflua o banal; sus convicciones, aportes y acuerdos deben siempre ir dirigidos al mayor bienestar de la comunidad educativa a la que pertenecen.

Que esta ceremonia reciba el nombre de ‘consagración’ tiene un profundo mensaje; porque ustedes, aquí, se presentan ante un Claustro que espera su entrega a una misión superior, que demanda de ustedes la dedicación de su tiempo y saber a una causa importantísima, como lo es nuestra Universidad, y espera que encarnen los valores que, a lo largo de 372 años, han procurado inculcarse en el corazón de cada rosarista. Por eso mismo es que este acto recibe el nombre de consagración y no de posesión; ustedes van a profesar, ante todas las personas presentes, su compromiso con lo sagrado, entendiendo esta palabra, como aquello que merece el máximo respeto y protección especial, dado su valor inestimable. Esta es la razón por la profesaron hace un momento, es decir, declararon públicamente su compromiso de guardar las Constituciones que rijan a este Colegio Mayor y, por tanto, la misión de este.

Ustedes adquieren, a partir de este momento, una condición permanente en el tiempo; ser Colegial no termina cuando se gradúan; es algo que los acompañará a lo largo de su vida. Es una transformación del ser, de la identidad y que exhorta a guardar el respeto y defensa de este Claustro para toda la vida.

¿Por dónde comenzar? Sé perfectamente que las dudas, la cantidad de información y la emoción de una nueva experiencia les puede embargar, y que las respuestas a preguntas como: ¿lo estoy haciendo bien? o ¿qué se espera de mí? pueden no siempre develarse tan fácil. Permítanme parafrasear la bellísima obra aristotélica, Ética a Nicómaco; nos dice este filósofo que aquellas cosas que queremos aprender, las aprendemos a hacer haciéndolas. Conseguimos ser justos, haciendo justicia; valerosos, por los actos de valor, libres con actos de independencia.  Bajo esa misma consigna, se espera que el colegial consiga ser virtuoso, practicando la virtud; que sea altruista, anteponiendo el interés general por encima del personal.

Queridos y queridas rosaristas: guarden en su corazón la máxima de la dignidad humana; es una premisa que establece que cada ser humano, sin ningún tipo de distingo, posee intrínsecamente el mismo valor y se encuentra en condiciones de igualdad en cuanto a su dignidad y derechos. Ninguna persona, incluidos ustedes mismos, puede ser utilizada como un medio en tanto es un fin en sí mismo. Esta Universidad, que se reconoce como faro del humanismo, nos exhorta a nunca ver en ningún ser humano un medio al que se le pueda poner precio y, mucho menos, que pueda ser usado como medio para satisfacer el impulso de la arrogancia, el egoísmo, el odio o el deseo de poder.

Ligado a este punto viene el principio de autonomía. La cohorte que ustedes integran deberá tomar decisiones importantes. Por eso, deben ser conscientes del derecho de cada uno a tener su propio punto de vista, a elegir y a ejecutar acciones conforme a los valores y creencias personales, siempre y cuando prime la máxima de la dignidad y el bienestar general. Si bien la Colegiatura es un cuerpo colectivo, esto no significa que se desdibuje el valor del individuo, su libertad y racionalidad. Un colegial es libre en cuanto su participación lo es de manera inequívoca; eso incluye la posibilidad de asentir y disentir, pero también, para que exista, dicha libertad debe ejercerse a partir de la posibilidad de elegir alternativas por medio de una toma de decisiones guiada por la claridad, la objetividad y la transparencia.

Las decisiones, sin duda, serán conjuntas, pero ellas se toman a partir de la contemplación de los diversos puntos de vista que surgen y de la deliberación respetuosa, en donde argumentos y contrargumentos sean considerados. Es dicha dinámica la que garantiza, a su vez, que ustedes ejerzan control sobre sí mismos, lo que les permitirá no envanecerse con el ejercicio del poder. Por eso, la virtud del verdadero colegial es ajena a la prepotencia y a la falsa idea de perfección absoluta por encima de todos los demás, todo lo contrario, se fundamenta en la humildad, en la idea de que en el servicio a los otros se encuentra la verdadera grandeza.

Quise preguntar a algunos colegiales de cohortes anteriores qué significaba para ellos el tener esta distinción, qué valores y principios orientaron sus acciones y qué retos debieron enfrentar. Rescato de sus diversas respuestas que muchos coincidieron en sus apreciaciones. Sin embargo, quisiera citar, literalmente, el mensaje de una de ellas que, además, pertenece a mi generación y es médica como yo lo soy, pues creo, dibuja a la perfección todo aquello que les quiero transmitir:

Abro comillas: “Ser colegial significó en su momento la adquisición de un compromiso permanente e imborrable con nuestro Claustro.

Sentí el peso de la responsabilidad de formar parte de un grupo esencial de almas jóvenes que, conforme a la voluntad del fundador, es uno de los tres pilares de un esquema institucional único, distintivo y baluarte de la Universidad del Rosario, tradicional, sin lugar a dudas, y al tiempo increíblemente original y moderno.

Entendí que asumía el compromiso personal, y no menos retador, de saber que se adquiere la responsabilidad, de honrar y representar, para siempre, los valores que enmarcan la condición de ser colegial.

Los principios inamovibles que deben orientar a los colegiales en la tarea como electores, y después en su compromiso permanente e irrevocable con la Universidad deben ser: la honestidad a toda prueba, la ética en todas sus dimensiones, la libertad entendida en su sentido más amplio, la autocrítica, el sentido de pertenencia, y la capacidad de respetar la diferencia y de aprender de ella.

Con el paso del tiempo he podido confirmar que el espíritu que quiso imprimirle el fundador a la institución de la Colegiatura y la esencia de la misma es la de entregar a jóvenes,  inteligentes, bondadosos y sobre todo libres de intereses, prejuicios y contaminaciones la facultad de elegir a quien consideren honesta y responsablemente la mejor persona para dirigir los destinos de una universidad totalmente original en su concepción, no atada a instituciones públicas o privadas nacionales o foráneas, o a congregaciones, familias o grupos empresariales de ninguna índole.

El gran reto que significó y sigue significando ser colegial es precisamente el honrar el compromiso inmediato de hacer bien la tarea, sobre todo con independencia, en el tiempo fugaz de estadía en las aulas del Claustro y luego preservar su sentido profundo, y velar porque, adaptándose a las condiciones cambiantes de los contextos sociales y de la educación, conserve sus pilares y pueda repeler con autoridad las contaminaciones a las que haya sido o pueda ser expuesto”, cierro comillas.

A esto quisiera adicionar que, en palabras de otros colegiales que los preceden, la Colegiatura es una figura que invita a la amistad. Ha de ser un espacio en el que sus miembros aprendan a construir confianza, a disentir sin romper, a sostener al otro en los momentos difíciles y a celebrar los logros como si fueran propios. Además, debe ser concebida como un espacio de aprendizaje entre pares, que los y las acerca a enfrentar los retos y los momentos difíciles que naturalmente se presentarán.

Debo señalar, además, que en lo que me compete solo tengo gratitud y admiración por los colegiales que antes de ustedes me acompañaron en la primera parte de mi rectoría y que con su virtud le permitieron a este Claustro contar con la Consiliatura que hoy tenemos, que, con todas sus acciones, incluida su certera elección, han cuidado de nuestra comunidad y de la universidad. A ellos, mi afecto y agradecimiento perenne. Quiero también hacer un especial reconocimiento a los consejos académicos de sus facultades y escuelas que, con transparencia y en el mejor interés de la universidad, los postularon a la honorable Consiliatura, contribuyendo a la legitimidad de su elección.

Confío, entonces, en que estos puntos que he expuesto puedan aportar algo a esas respuestas que, desde el momento en el que recibieron la noticia de que serían colegiales, han venido buscando. Por supuesto, celebren sus méritos, porque si han sido convocados para servir al Colegio del Rosario por medio de la Colegiatura, ha sido porque han dado cuenta de las virtudes y empeño necesarias para asumir tan honorífica tarea.

Tal será la importancia que cobra este acto que ha dictado la tradición que cuenten ustedes con madrinas y padrinos que los acompañen en este nuevo camino. Y quisiera dirigirme precisamente a ellos para agradecerles por aceptar esa invitación que sus ahijados y ahijadas les hicieron. Si están sentados ahí, es porque representan para estos jóvenes un modelo a seguir. Entre ustedes hay familiares, amigos, y profesores que simbolizan para cada colegial un ideal a imitar y que han influido poderosamente en lo que ellos son hoy. Los padrinos y madrinas se convierten en testigos de esta consagración que hoy nuestros colegiales juran hacer, simbolizan que cada colegial no se consagra solo, sino que también es un momento que se hace en comunidad. Por eso mismo, tienen un rol importante que quisiera recordarles; ustedes están llamados a acompañar, orientar y sostener cuando su ahijado o ahijada lo requiera. Sean el abrazo comprensivo, la sonrisa esperanzadora y la palabra que revitaliza. Pero también la luz que no les permita perder el norte.

Nuevamente, a nuestros colegiales, y especial a sus amadas familias y allegados, quiero extenderles mi más sincera felicitación y expresar la plena confianza que tengo en ellos, creo con firmeza que sabrán cumplir cabalmente con sus deberes.

Les deseo que este sea un camino de aprendizaje, que valoren este tiempo, pero también que, superada esta etapa, sepan que en el servicio a la sociedad desde sus profesiones encontraran incluso mayor realización personal.

No se cansen, por favor, de amar a este Colegio Mayor; que la vida les traiga las cosas buenas que sus justas y buenas acciones merecerán y que nunca olviden ejercer sus funciones con virtud. Y como es la tradición en este Claustro, los y las encomiendo al amparo de nuestra patrona, la Virgen de La Bordadita, para que les brinde sabiduría, discernimiento y libertad en el deber que adquieren de aportar al mantenimiento de nuestra misión educativa y a la perdurabilidad de este Claustro de estudios.

A todos los asistentes que nos acompañan hoy, mi gratitud por rodearlos a ustedes con su amor.

Felicitaciones y muchas gracias.