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La riesgosa desaparición del centro en Colombia

Mauricio Jaramillo Jassir

Gustavo-Petro-De-Arturo-de-La-Barrera-CC-BY-SA-2-0_Mesa-de-trabajo-1

Pocas veces en la historia reciente de las elecciones en Colombia se habían visto semejantes niveles de polarización. Claro está, en el pasado se habían presentado resultados estrechos y para la segunda vuelta pareció imponerse la dudosamente ética estrategia del “todo vale” con tal de descalificar al adversario político. Sin embargo, el panorama actual es inédito. Como resulta apenas obvio con la aparición de internet, las redes sociales y en general de las nuevas tecnologías de las comunicaciones han proliferado todo tipo de discursos, narrativas y señalamientos denigrantes que sobrepasan el campo ideológico. En Colombia se ha pasado de observar debates televisados donde se definen los mejores, a la circulación de noticias falsas, señalamientos en contra de candidatos sin ninguna prueba e incluso se puede constatar con estupefacción la aparición de insultos racistas y clasistas que comprueban la forma como se pierde toda noción del adversario político. Crudamente se impone la imagen de un enemigo que se debe aniquilar.

Esta polarización que no es nueva, había tenido en algo efectos positivos pues había conseguido que, por fin, los jóvenes se identificaran con algunos partidos, movimientos o ideologías. Por décadas, se evitó la reivindicación de izquierda o derecha por el miedo a la estigmatización, pero en el pasado reciente y, sobre todo, desde que existe un progresismo más viable y con chances reales de ejercer el poder, parece haber un despertar político en varias generaciones que posibilita una cultura de la identificación con valores, creencias y principios que hacían parte de una intimidad en la que la política se vetó de círculos sociales por miedo a la fragmentación. Desafortunadamente, se ha caído en el exceso y esa cultura política de la identificación parece hoy intolerancia. Esto podría tener dos consecuencias nocivas en la democracia colombiana en el corto plazo: la desaparición paulatina del centro, principal víctima de la imposición de los extremos; y, la posibilidad cada vez más evocada de que quien resulte perdedor en las elecciones no reconozca el resultado, tendencia riesgosa que se empieza a observar en otras latitudes y genera una crisis de legitimidad sobre quien gobierna y el conjunto del sistema político.

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Federico Gutiérrez (Fico) - Dominio público

El centro es con frecuencia objeto del verbo encendido de los extremos. Se tiende a considerar que se trata de una opción “poco comprometida”, “tibia” o en dados casos “traidora”, esto último si por alguna circunstancia ha tomado distancia de algún extremo. Suele ocurrir que, a la centroizquierda o socialdemocracia, se le considera “neoliberal” por su postura flexible frente al mercado, al considerar que el Estado si bien debe intervenir para corregir imperfecciones, lo debe hacer mínimamente pues presupone que un involucramiento mayor atrofia los motores endógenos de la economía que reposan en la empresa privada. Y, a la centroderecha se le considera condescendiente con la izquierda radical y en el discurso colombiano a quienes han tenido el valor de negociar con la guerrilla, se les sindica de cómplices o aliados. Para la muestra la delirante acusación del Centro Democrático en contra de Juan Manuel Santos de ser un simpatizante del comunismo armado o contra Sergio Fajardo a quien se le equipara con Álvaro Uribe o su candidato Federico Gutiérrez. Todo vale en el descrédito de quienes han estado en el extremo y deciden deslizarse unos grados hacia el centro.

La consecuencia de esto es que se va borrando del mapa de opciones al centro al que se inviabiliza. La mejor muestra es la manera como hoy resulta casi imposible su supervivencia de cara a las elecciones presidenciales al tiempo que se acomoda en la opinión pública, la dudosa estrategia del voto útil en la que prima impedir que algún candidato llegue al poder y optar por quien represente de mejor manera su antítesis. Dicho de otro modo, el centro padece los efectos de la elección del “mal menor” o del “voto contra”. El centro es una fuerza necesaria en la democracia, y es vital para el pluralismo. No puede ser sentenciado a partir de estigmatizaciones y lugares comunes, que nos acercan a un mesianismo y una personificación que elimina matices y convierte en enemigos irreconciliables a quienes discrepan o disienten.

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Sergio Fajardo - De Sergio Fajardo Valderrama - CC BY 2.0

Los riesgos para el pluralismo y el Estado de derecho no son pocos. Esto se observa en la posibilidad de que alguno de los que resulte perdedor no reconozca el resultado final. La elección legislativa fue una antesala de lo que podría ocurrir en la presidencial, pues de forma inverosímil, tanto izquierda como derecha, acusaron de fraude a la contraparte, una situación tan inédita como absurda pero que refleja hasta qué punto se juega con la credibilidad de la institucionalidad con tal de imponerse. En los meses previos, el propio gobierno nacional, en cabeza de presidente y vicepresidenta, evocaron con insistencia la posibilidad de una “injerencia extranjera” en el proceso electoral dejando la sensación de que existen fuerzas interesadas en alterar su curso. Como suele ser costumbre en esta administración, la acusación se presentó sin pruebas, pero dejando en el ambiente la idea de que no existen garantías y fácilmente se puede contemplar el fraude. Precisamente eso ocurrió cuando quedaron expuestas las incongruencias en la sumatoria de votos del Pacto Histórico para el Senado y la Cámara de Representantes.

Esta elección es histórica, pues por primera vez existe la posibilidad real de que el progresismo acceda al poder y al haber obtenido ya un record histórico en escaños, pondrá a prueba a la clase política y permitirá evaluar qué tan consolidada está la democracia. Parece que, como en otros lugares de América Latina y el Caribe, Colombia entra en una era de confrontaciones irreconciliables que no solo pondrán a prueba la convicción democrática sino un postconflicto que parece cada vez más debilitado. La paz requiere más que nunca de una prueba del establecimiento colombiano de que pase lo que pase, no se alterará lo pactado en los Acuerdos de La Habana, punto de inflexión de la democracia, pero siempre será víctima por excelencia de la polarización.