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Ambientalismo y posconflicto

Manuel Guzmán Hennessey

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Una nueva oportunidad se abre ante nosotros. La de volver a pensar el territorio desde la perspectiva de la paz. La de considerar como posible una nueva planificación ambiental que sea capaz de armonizar las necesidades básicas de aquellas poblaciones que no han tenido nada, con los requerimientos que la crisis imponen a las sociedades avanzadas. El posconflicto representa la oportunidad de que muchos de nuestros pueblos apartados, olvidados, excluidos, puedan pasar de condiciones de atraso equivalentes a la edad media, a estructuras de desarrollo afines con la sociedad sostenible del siglo XXI. Sin pasar por el capitalismo, entendido como el sistema promotor de energías fósiles, estilos de vida insostenibles, modelos de crecimiento inadecuados y usos indebidos de los recursos naturales.

El ambientalismo colombiano ha trabajado por la vida humana y no humana, en este país, donde todas las formas de vida sufrieron los rigores de una guerra que duró 63 años.

Permítanme empezar haciendo mías las palabras del Rey Lear en la tragedia de Shakespeare: “Mira hacia atrás, apagado corazón, y descubre el centro de la vida”. Este es el desafío que nos impone el Acuerdo de paz. Pensar de nuevo, mirar un poco hacia nuestra triste guerra y descubrir en sus huellas la fuerza de la vida.

A propósito de Shakespeare es bueno recordar, en esa mirada hacia el comienzo del ambientalismo, a quien fuera considerado por sus pares ‘el Shakespeare de la ciencia’ y el hombre más importante de su tiempo, superando a Napoleón: Alexander von Humboldt. Anduvo por nuestras tierras de la mano del sabio Caldas y de José Celestino Mutis. Y dijo en 1801 que la Tierra no estaba al servicio del hombre sino que el hombre y la Tierra constituían una sola totalidad cuyos diversos componentes se retroalimentaban entre sí, en virtud de su intercambio dinámico de energías. Tal intuición, que por entonces contradecía lo que habían dicho Aristóteles, Bacon y Descartes, sería confirmada, casi al mismo tiempo —179 años después— por James Lovelock y Lynn Margulis en su ‘Hipótesis GAIA’, por el filósofo noruego Arne Naess en su ‘ecología profunda’ y por Theodore Roszak.

¿Qué significa todo esto? Que tanto Humboldt, como el sociobiólogo Edward Wilson, conocido como el padre de la consiliencia —la unión de todas las artes y las ciencias— intuyeron lo que debería ser la evolución social de la ecología: el ambientalismo del siglo XXI: confluencia virtuosa de múltiples saberes alrededor de la protección de la vida.

Humboldt había iluminado el camino de los naturalistas para que construyeran la primera ecología; después vendrían los biólogos y los botánicos, y más tarde personas de otras disciplinas, como la antropología, la geografía, la geofísica, la oceanografía, la fisiología, la zoología, la geología, la climatología, la meteorología y la cartografía. El ambientalismo es hermoso porque es diverso. Casi al final del siglo XX llegaron los que faltaban: abogados, economistas, sociólogos, filósofos, poetas, politólogos, ingenieros, arquitectos y gerentes.

Roszak sentenció: “Las necesidades del Planeta y las necesidades de la persona se han unificado, y juntas, han comenzado a actuar sobre las instituciones centrales de la sociedad con una fuerza profundamente subversiva, que encierra en sí la promesa de una renovación cultural”.

El movimiento ambientalista ha sido siempre subversivo pues esa es su razón existencial de ser. Nada puede ser más subversivo, en la sociedad del statu quo, que la defensa integral de la vida.

Subversivo fue en 1972 el documento “Una sola Tierra” resultado de la Conferencia de Estocolmo convocada por las naciones Unidas. Y subversivos, en el más puro sentido científico, fueron Enrique Pérez Arbeláez y Augusto Angel Maya, quien sentenció: Si el problema ambiental significa una crisis de la civilización en su conjunto un nuevo orden cultural permitiría establecer una sociedad ambiental alternativa.

En 1968 no habíamos acabado de asimilar el impacto de la publicación de ‘La Primavera silenciosa’ (Carson, 1962) cuando el mundo se estremeció por el mayo de París. Y mientras las FARC revisaban en su Tercera Conferencia "la práctica de una guerrilla muy liberal... que no cumplía los lineamientos de una guerrilla móvil y clandestina", en Roma se creaba un Club de pensadores, a instancias de varias fundaciones privadas, para realizar un diagnóstico sobre el futuro del mundo.

Años después el INDERENA daría las primeras batallas ambientales, la hidroeléctrica Urrá II y la tentativa de convertir en balnearios las bahías del Parque Natural Tayrona. Se crearon 400 Cabildos Verdes muchos de los cuales se convirtieron en municipios verdes. He ahí el antecedente de lo que hoy significa para nosotros el desafío de construir “Una novedosa paz territorial, basada en aprendizajes derivados de procesos locales participativos y del reconocimiento de la deuda y los pasivos ambientales”.

Cuando expresamos la necesidad de redefinir las relaciones entre la Colombia Urbana y la Colombia Rural debido a que los ecosistemas naturales y construidos han sido víctimas de la guerra y que es preciso concertar acciones colectivas orientadas a restaurar estos ecosistemas, recuperando valores de conservación, equidad, reciprocidad, solidaridad, hospitalidad, corresponsabilidad e identidad, tenemos en cuenta, entre otras razones, que la creación del sistema nacional de parques naturales fue también un logro científico de aquel INDERENA que definió un sistema de 9 millones de hectáreas con 43 áreas de conservación en 1977.

Cuando pedimos trabajar por la confluencia crítica entre la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible con la agenda 2030 del posconflicto (con los ojos puestos por lo menos en el 2050), estamos pidiendo planificar el desarrollo teniendo en cuenta los límites del crecimiento. Este fue el nombre que los investigadores del MIT dieron al diagnóstico encargado por el Club de Roma en 1972. Pero este trabajo de “los límites” tiene también un antecedente en la ecología: el trabajo de Paul Elrich publicado en 1968 y conocido como Population Bomb. Lo que nos dijeron los Meadows, Randers y Beherens es que no podíamos organizar el desarrollo como si el mundo fuera una entidad infinita, pues era una entidad finita.

Quizás fue debido a que nadie hizo caso a las advertencias de los científicos, como casi siempre ocurre, que en 1981 habían crecido todos los riesgos. Y Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma, dijo: “El futuro ya no es lo que podría haber sido si los seres humanos hubieran sabido como usar sus cerebros y sus oportunidades”. No obstante en 1992, mil seiscientos científicos le dijeron al secretario de ONU U Thant que “Los seres humanos y el mundo natural siguen una trayectoria que conduce a la colisión”.

El poeta alemán, Friedrich Holderlin escribió, por aquellos mismos años que Humboldt vivió entre nosotros, lo siguiente:

“¡Que cambie todo a fondo!
¡Que de las raíces de la humanidad surja el nuevo mundo!
¡Que una nueva deidad reine sobre los hombres,
que un nuevo futuro se abra entre ellos!
En el taller, en las casas, en las asambleas, en los templos,
¡que cambie todo en todas partes!”

Uno de los pioneros del ambientalismo colombiano, Augusto Angel Maya, escribió: “La actual crisis ambiental es posible que nos obligue a repensar la totalidad de la cultura”.

La ambición del movimiento ambientalista colombiano no puede ser menos ambiciosa. Quizás sí más práctica:

Pedimos que no haya fracking, que se declare una moratoria minera y energética en aquellos territorios donde pueda haber grave afectación para el agua. Que se acelere la transición energética hacia energías renovables. Que se construya un plan nacional de seguridad hídrica y alimentaria. Que se contenga la deforestación y el modelo de monocultivo y de ganadería extensiva. Que se revise la Ley 1776 de 2016 (ZIDRES) y se estimule una política de beneficio real a los campesinos. Que se fortalezcan las zonas de reserva campesinas y las asociaciones campesinas agroecológicas.

Cuando escribimos que es necesario “asumir la educación integral y la democratización de la información y el conocimiento como instrumentos de construcción de la paz. Y que juntos, el Estado, la sociedad, las instituciones educativas, y los actores que renunciaron a la guerra, tenemos el desafío de construir conocimiento con sentido humanista y una nueva ética planetaria, y que para ello es necesario construir un proyecto pedagógico permanente orientado a construir nuevas formas de Ser y de convivir en el mundo, que reconozcan las utopías y las diversidades culturales y naturales, estamos tomando en cuenta los instrumentos para la sostenibilidad que formulara Donella Meadows en 1992: visión, verdad, coordinación, aprendizaje y amor. Y el aserto de Peccei: “El humanismo acorde con nuestra época tiene que sustituir y dar la vuelta a principios y normas que hasta ahora hemos considerado intocables. El humanismo debe favorecer nuevos sistemas de valores para restablecer nuestro equilibrio interior, y de nuevas motivaciones espirituales, éticas, filosóficas, sociales, políticas estéticas y artísticas que llenen el vacío de nuestras vidas. El amor, la amistad, la comprensión, la solidaridad, el espíritu de sacrificio, la convivencia, son cualidades que nos pueden unir a otras formas de vida y a todos los seres humanos de todas las partes del mundo”.

Esto, a mi modesto entender, es la paz y al mismo tiempo el desafío que tiene el ambientalismo colombiano en el posconflicto.