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¿Qué es la soberanía? Su negación

Tomás Molina, Ph.D.

¿Qué es la soberanía? Su negación

El concepto de soberanía tiene una larga historia que se remonta al derecho romano (lex de imperio principios, lex hortensia, etc.) y a las luchas medievales entre el Papa, el Emperador y el rey de Francia.

Pero cuando se trata de los tiempos modernos, los académicos suelen rastrearla hasta la paz de Westfalia en 1648. Allí, nos dicen, los Estados europeos acordaron que los príncipes tenían el supremo poder en sus territorios.

La sociología histórica nos ha enseñado en las últimas décadas que lo anterior no se convirtió en un hecho político real sino hasta bien entrado el siglo XIX, y según algunos, hasta el XX. Sin embargo, el principio jurídico de la soberanía ganó importancia central en las relaciones entre Estados desde el siglo XVII. Usualmente la entendemos como la autoridad suprema en un territorio. En una monarquía soberana, por ejemplo, nadie tiene autoridad sobre el rey, ni siquiera el papa, el emperador, los señores feudales, o el pueblo. La soberanía también está muy conectada con un concepto aledaño: la autonomía. Soberano es aquel que decide qué ley darse precisamente por ser la autoridad suprema.

En el ámbito democrático, prácticamente todo el mundo supone que el pueblo es soberano. Si el pueblo no es la máxima autoridad en un territorio, eso quiere decir que hay otra autoridad por encima de él y que, por tanto, el pueblo no gobierna en última instancia. Decir pueblo soberano y democracia es decir dos veces lo mismo. Los académicos suelen pensar que la presencia de una autoridad soberana significa la exclusión de autoridades que compitan con la suya o que no sean una extensión de la suya en su territorio. Un pueblo soberano implica la exclusión de otros pueblos que aspiren a la soberanía en el mismo territorio. Sin embargo, si uno piensa el asunto dialécticamente quizá descubra que el asunto es más complicado.

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Hegel notó que en el mundo antiguo el poder soberano de las decisiones del príncipe dependía en última instancia de los oráculos, las entrañas de los animales sacrificados y los vuelos de pájaros. Ninguna decisión importante se tomaba sin consultar alguna de las tres cosas. Para Hegel esto no es así en el mundo moderno. El monarca toma la decisión última. Aquí no estamos hablando de un rey filósofo que tome las mejores decisiones. El rey es una figura cuya función es puramente formal: solo debe decir “sí” a las leyes que se le ponen en el escritorio. No hace más, no tiene más poder que ese. Pero ese “sí” se vuelve incuestionable una vez el monarca lo ha dado. Con ese “sí” le da una unidad ideal a la decisión del Estado.

No obstante, ese monarca solo puede ser soberano si otros lo reconocen como tal. Su autonomía soberana en realidad depende de otros. Fue Marx quien notó que, mientras la gente cree que el rey es rey en sí mismo, la verdad política es que el rey solo es tal en la medida en la que los sujetos creen en su autoridad. Aquí uno podría decir que mientras la gente cree que los pueblos son soberanos en sí mismos, la verdad política es que solo lo son si otros pueblos lo reconocen. La soberanía está descentrada.

El ”sí” soberano del monarca en realidad descansa sobre su legitimidad política, que a su vez es la consecuencia del reconocimiento de la comunidad política. El monarca no es autónomo, el pueblo tampoco (depende de otros pueblos que lo reconozcan como tal, etc.). Es más, que yo me reconozca como autónomo no es una decisión autónoma sino el resultado del deseo del Otro, de lo que otros dicen que yo soy. Nadie se define a sí mismo, nuestro yo es el repositorio de múltiples deseos ajenos. Los Estados periféricos, por ejemplo, adoptaron el lenguaje de la soberanía europea no solo como defensa contra el colonialismo sino como una interiorización del deseo del Otro (el Otro dice que todo Estado legítimo es soberano, etc.).

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Las aspiraciones a la soberanía de Napoleón eran nada si el pueblo francés no lo reconocía como soberano, pero al mismo tiempo dependía del reconocimiento de otros Estados, así fuera por medio de la fuerza, las alianzas, los matrimonios, etc.

La soberanía incluye dentro de sí a su negación: la dependencia. El soberano solo es soberano si Otro lo reconoce como tal y si Otro lo ha definido como tal. Volviendo a Hegel, el mundo moderno no ha abolido la situación de los antiguos: el soberano depende de Otro. Si Estados diferentes creen que tienen derecho sobre mi territorio y lo invaden permanentemente, mi soberanía no es más que una aspiración. Si otros Estados no reconocen el estatuto soberano del mío, entonces actuarán sobre mí como un imperio sobre una colonia. La soberanía real y jurídica depende de que otros la respeten, por eso dependo de ellos.

Kenneth Waltz decía que la soberanía y la dependencia no son situaciones contradictorias. Los Estados—y uno podría decir que por extensión los pueblos—nunca están libres de la influencia de los otros y no pueden hacer lo que quieran sin consecuencias. Eso no es que sea falso, simplemente no es suficiente. El problema es precisamente que la soberanía es autonomía y dependencia al mismo tiempo. Yo puedo declararme hoy mismo emperador de Colombia y, por lo mismo, soberano. Pero si nadie me reconoce como tal, si el gran Otro no registra mi posición, soy un pobre loco, nada más.

El Otro, el enemigo que pone en peligro mi propia soberanía, que amenaza con invadir mi territorio, que pone límites económicos a mi autonomía utilizando el chantaje y el poder de sacar dinero del país, etc., es parte constitutiva de la soberanía. Uno ni siquiera tendría la necesidad de definirse como soberano si no hubiese algo o alguien retando el poder de uno. No es que haya oposición entre el pueblo soberano y sus enemigos. Hay más bien una contradicción, una autodivisión en el concepto mismo de soberanía. Nada es idéntico a sí mismo, como lo enseña Hegel. La identidad se forma por medio de la diferencia. Uno no puede aislar a nada de la Otredad, ni siquiera—especialmente—a la soberanía. El soberano, entonces, no puede realmente excluir a Otros totalmente. Puede y quizá debe excluir de su territorio a quienes retan su poder político, pero depende hasta de quienes excluye (los otros pueblos, Estados, etc.) para ser soberano.