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La Pola en capilla: presos célebres en el Colegio del Rosario

La pola

José Hilario López (1798-1869) es uno de esos nombres que resuenan en la historia colombiana del siglo XIX. Nacido en Popayán, se vinculó muy joven a la causa libertadora, hasta caer prisionero de los realistas en la batalla de la Cuchilla de El Tambo (29-6-1816). A principios de septiembre, marcha a Bogotá conducido por José Polit, donde quedará a disposición de Morillo[1]. Al entrar en la ciudad, López se entera de lo siguiente:

Desde los pueblos del tránsito se nos había anunciado, que los presos que se destinaban al colegio del Rosario no salían de allí sino al patíbulo, mientras que los que iban á las cárceles y á los cuarteles no eran considerados sino como reos de segundo órden, y no tenian mucho riesgo de que se les quitase la vida.

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José María Espinosa. José Hilario López, 1843; litografía del Museo Nacional, reg. 1899.

 

López fue conducido al Rosario, la cárcel “de mal agüero”, donde compartió calabozo con los señores Vicente Azuero, José María Tejada y su hijo, y N. Navia. López actualizó a sus compañeros de infortunio de las últimas noticias; ellos le confirmaron que, en el Rosario, se hallaban los “reos de Estado, y que de continuo salian muchos al suplicio”, excepto un señor Ibáñez, que se había escapado la víspera de la ejecución. De la ubicación de los reclusos, solo dice López: “(...) estando nuestro calabozo en un ángulo distante de la escalera”, además que “en la misma pieza habia un cuartito oscuro y muy reducido, destinado al brasero donde se hacia el chocolate” y de su resolución de “morir matando”, valiéndose de los ladrillos dislocados del mencionado cuartito.

Mientras tanto, y por indicación del Dr. Tomás Tenorio, López solicitó de Morillo el indulto, en vista de haberse librado ya de una pena de muerte. El Pacificador se limitó a contestar, a los seis días: “No ha lugar”. Poco después, sin embargo, y con ocasión del cumpleaños de Fernando VII, se le conmutaba el presidio por el servicio de soldado, por tiempo ilimitado. Como tenía una herida antigua, López pidió la baja para ir a curarse al hospital del convento de Las Aguas y luego al de San Fernando.

Restablecido de salud y reincorporado al ejército español, conoce a los Almeidas y la Pola, destacados conspiradores. Una parte del grupo cae en prisión, mientras los demás huyen de la ciudad. Así lo planeaba López, si no lo hubiera afectado una fiebre que lo depositó en el hospital San Juan de Dios, al cuidado de los doctores Merizalde y Quijano. Vuelve el enfermo a su puesto de soldado y por esos días cae en prisión la Pola, cuya casa frecuentaba López. A pesar de esta relación, no fue denunciado y tuvo ocasión de presenciar las últimas horas de la famosa patriota. La Pola compartía capilla con Sabaraín y otros cómplices. López tenía que hacer de centinela en la capilla de sus antiguos compañeros del Ejército del Sur. Al pasar por la capilla de la Pola y viéndolo afectado por el destino de sus colegas, le dijo: “No llore usted, Lopecito, por nuestra suerte: nosotros vamos a recibir un alivio librándonos de los tiranos, de estas fieras, de estos mónstruos”. Aunque a dieciséis pasos de ella, el centinela oyó y contó lo que decía la presa. Que la visitaban sacerdotes y no lograban que se confesara y aplacara su ira: “En vano se molestan, padres mios: si la salvacion de mi alma consiste en perdonar á los verdugos mios y de mis compatriotas, no hay remedio, ella será perdida, porque no puedo perdonarlos, ni quiero consentir en semejante idea”. Tal humillación le impedía su alma que, “á Dios gracias, ha recibido un temple nada vulgar”. Ni perdonar ni pedir clemencia. Irreductible y ciega de ira, le llegó la hora definitiva[2]: “Preparado todo, se pusieron en movimiento las víctimas y sus sacrificadores. La Pola rompía la procesion con dos sacerdotes á los lados”. Pretextando avería del fusil, López logró que lo excluyeran del pelotón de fusilamiento y lo pusieran detrás, en la escolta del cortejo. Saliendo a la calle, nota la Pola que el encargado de la ejecución es un americano, el mayor Córdova, y de nuevo la domina la cólera: “Porqué se aumenta mi tortor en los últimos momentos que me restan poniendo ante mis ojos estos monstruos de iniquidad, estos imbéciles americanos, estos instrumentos ciegos del esterminio de su patria”. Marchaba al suplicio maldiciendo a los españoles y ante el pueblo dijo las palabras que repiten los monumentos:

¡Pueblo indolente! ¡Cuán diversa seria hoy vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad! Pero no es tarde. Ved que, aunque mujer y jóven, me sobra valor para sufrir la muerte, y mil muertes mas, y no olvideis este ejemplo...

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José María Espinosa. La pola en capilla (detalle), ca. 1857; óleo sobre lienzo, Concejo de Guaduas, reg. 233.

La Pola en el Claustro.

Ya vimos el testimonio, al parecer único, de José Hilario López, centinela de la capilla en el Rosario y escolta del pelotón de fusilamiento. En iconografía, la Pola en capilla es el tema más tratado, desde tiempos de José María Espinosa. Aparece la joven en su calabozo; incluso puede decirse que Espinosa registró a López, guardia tras los barrotes, con gesto amargo. Es conocido el cuadro de Caldas rumbo al patíbulo, cruzando la puerta del Rosario: uno similar existe sobre la salida de la Pola, obra de Pedro Alcántara Quijano (1944), en frente de la puerta, con vista al patio de columnas[3].

La historia, por otra parte, de la Pola en capilla en el Colegio del Rosario se conoce desde que el propio general López la contara, siendo presidente de la República, con motivo de que se le nombrara padrino de José María Cordovez Moure y otros colegiales, en 1851.
 

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Pedro Alcántara Quijano. Salida de la Pola hacia el patíbulo, 1944; óleo sobre lienzo, Casa Museo 20 de Julio, inv. 13.12.486.

 

[1] López, J. (1857). Memorias del General José Hilario López. París: Imp. D'Abusson y Kugelmann.

[2] El consejo de guerra tuvo lugar el diez de noviembre; la ejecución, el catorce, según Caballero, J. (1974). Diario de la independencia. Bogotá: Banco Popular. El cronista la describe como “muchacha muy despercudida, arrogante y de bellos procederes, y sobre todo muy patriota; buena moza, bien parecida y de buenas prendas”.

[3] Museo Nacional. (1996). Policarpa 200: exposición conmemorativa del bicentenario del nacimiento de Policarpa Salavarrieta. Instituto Colombiano de Cultura. La obra pertenece a la Casa Museo 20 de Julio.