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A veces llegan versos

Jairo Hernan Ortega

A veces llegan versos

A veces llegan versos

 

Jairo Hernán Ortega Ortega, M. D.


Ama

Escucha los sonidos del amor:
hasta ahora han sido variadas
las melodías que has percibido.

Ya no es justo que sigas temiendo
a los arpegios del sentimiento.

Las notas son melódicas y plenas,
el ejecutante las realiza profundamente.

Reconócelo, con la pureza
de la más bella sonata
que algún día pudiera interpretar tu corazón.


Negro

Mi piel negra no es una piel sucia,
es la piel que el creador me dio.

Cuando alcance tu plato
no tienes por qué temer.

No rehúyas mi contacto
si necesitas abrazarme.

Pero, quizás yo,
ante lo oscuro de tu alma
y lo negro de tus sentimientos,
decida rechazarte.


Amor de barrio

Un amor de barrio,
una inmensa hoguera
y, en medio de todo,
la amistad.

Escalar la vida
y cruzar fronteras,
regresar…

Y buscar…
esa novia en cierne
y, en la misma cuadra,
la verdad.

El mejor amigo,
la mejor parranda,
los versos de niños,
retornar…

Y gritar:
¡Lo he hecho todo!
Sé triunfar.
Recordar…
Lo amargo del alma,
esa intensa vida
de un hermano mío
que acabó.
Y una triste lágrima,
escuchando
su mejor canción,
nos hizo brotar.

Y poder gritar:
Lo he buscado todo,
lo he vivido todo,
lo he llorado todo,
lo he amado todo.
¡Sé triunfar!


Suleiminaya

¡Madre, madre!
Dos gigantes, bajados del cielo,
con cabellos de oro
y ojos del color del mar,
me pidieron explicar
que las quemaduras en mi rostro
son por una fuga del aceite hirviente
que escupió el gran pájaro mecánico
que aterrizó en el desierto.
Pero, madre, ellos me lo lanzaron
cuando resistí la violación.

¡Suleiminaya, Suleiminaya!
Yo te creo, espero que los Dioses
también lo hagan.


Parábola vital

¡Presto!
Dos gotas, una tras otra.
Primero la dulzura;
al rato, la ternura.

Vida quebrada:
antes de ellas, primitiva oscuridad;
después, presente claridad.
¿Mañana? El resplandor.

Silencio y ruido,
satisfacción y sed,
blanco y negro,
yin y yan.

Lluvia y fuego,
llanto y risa.
La tragedia y la comedia.

El oasis, al final del día.
La Barbie, el fashion.
La tarea, el desorden,
rock and roll.

Pura Sangre, la tarea, Bonka.
La Hija del Mariachi, la tarea.
High Scholl Musical, espaguetis.
Justin Bieber.
Chocolatina Jet, la tarea.

Verbena.
Y mañana… el colegio.
Como recompensa
un dulce, un beso.

La introspección en Valentina,
la musicalidad en María Laura.
Parábola vital:
Buenas noches hijas mías.

col1im3der


Imagino
A Luis Santiago no le permitieron
la oportunidad de soñar más.
Jamás.

Imagino el terror de su madre,
impotente para evitar que le robaran a su hijo.
Enfrentando unos ojos encapuchados
sin imaginar que, tras una de esas máscaras,
estaba la sangre misma de su niño.

Y los ojos de Luis Santiago,
en la inocencia de su edad,
pensando que, seguramente, se trataba de un juego.

Imagino que, posiblemente,
su papá (¿?) lo transportó en el taxi con que trabajaba y,
ya dentro del vehículo, sin capucha,
Luis Santiago dejó de llorar al reconocerlo, emocionado.
Y se quedó dormido.

Imagino,
sin querer imaginar,
que en el momento del fatídico dolor,
un ángel protector le evitó todo sufrimiento,
al impedir que despertara,
cuando las manos que, por naturaleza,
deberían brindarle calor y amor
lo que le ofrecieron fue una helada muerte.


Magia

Tratando de entender
los misterios de la naturaleza
mi hipertrofiada formación académica
siempre me conduce a darle a todo
explicaciones lógicas,
basadas en la física newtoniana
y la relatividad einsteiniana;
sin más posibilidades ni alternativas
que adentrarme en el círculo vicioso
de lo que los hombres de ciencia llaman
el método científico;
o, más exactamente, pesadas
y frías explicaciones estadísticas
con argumentaciones basadas
en el ensayo y el error,
sin las cuales no podrían existir
ni el universo ni el hombre ni nada,
ni mucho menos el conejo
que, asombrosamente,
el ilusionista acaba de aparecer
del sombrero de copa
que previamente revisé,
encontrándolo vacío.


Profesor del monte

Casi terminaba de leer,
guindado en la hamaca,
cuando la modorra fue cortada de tajo
por el estruendo producido por el lomo del libro
que, al deslizarse de sus manos, 
se estrelló contra el piso de madera.

Frotándose los ojos con vigor,
poco a poco,
tropezó de nuevo
con la realidad.

Rafael Thomas Villalobos llevaba
diecisiete años enseñando,
monte adentro,
a los niños nacidos en un caluroso pueblo
entre Colombia y Brasil.

Escuchando pasos duros y uniformes,
que se acercan con estruendo
del este y del nordeste,
apaga todas las luces
y decide rezar contra la noche.

No reconoce a quienes lo persiguen,
no discrimina de qué bando son
porque, tanto unos como otros
cargan algo en común:
la muerte entre sus manos,
representada en un fusil.

No entiende cómo la moto en que huía
cayó entre el fuego cruzado,
y maldice que la fiebre de las heridas
lo tenga delirando,
en el hospital del caserío.

Piensa que quizás su pecado sea
no haber podido explicarles
a sus alumnos niños
qué es un computador,
porque el que les llegó en barco,
hace tres años,
se fundió un día de tormenta.

O que en su escuela
los mapas de Colombia
o de Brasil o del mundo
sean de hace más de diecisiete años.
O de pronto el hecho
de que el techo del salón de clases
ya no exista, porque un árbol
lo desplomó al desplomarse.

O que a los baños les falten inodoros
o que los niños tengan que venir
con el uniforme dentro del maletín
para no embarrarse cuando crucen el cañón
del límite en la tarabita.

O más bien sea
por haberles recomendado
que, cuando llueva, no vayan a clases,
porque se pueden caer
bajando la ladera.

Todo esto lo balbuceaba
bajo el efecto de la calentura,
tendido boca arriba sobre el chinchorro
del pabellón francés del hospital
en tanto que,
de entrecortada manera,
tomaba de nuevo el libro
para escaparse
en cada página.

Amor furtivo

La perezosa luz de las cinco de la mañana,
a través de una entreabierta cortina,
coronó el sentimiento
de mis letras.
Estaba orgulloso, pleno,
hasta que una sombra cortó el rayo luminoso.
Era ella,
se había levantado con sigilo.
Con su cálida pijama
se sentó a mi lado
y quitó de mis manos el poema.
Lo leyó en silencio,
lo releyó en silencio.
Me miró.
Mi amigo, su hermano,
roncaba en el sillón.
Mozart invadía todo.
Fue el primer beso.
Nos besamos con amor.
Amor de niños grandes.


Fuera de casa

En algún momento de mi niñez pensaron que fuera autista o sordo.
Por lo introvertido de mis actitudes.
Ahora entiendo que mi gran admiración,
al ir descubriendo cada cosa que el mundo ofrecía,
y cómo se iban transformando de manera vertiginosa,
a medida que iba creciendo,
era lo que en la infancia me había convertido
en un niño de pocas palabras, pero de profundas miradas.

Salir de casa se convertía en experiencia mayor,
así el mundo exterior,
a veces,
ofreciera agrestes pruebas y no pocas resistencias.

Especialmente los lunes,
cuando sentía que todo rolaba ciento ochenta grados.
Volver al colegio traía sentimientos ambivalentes.
La tarea que,
consciente o inconscientemente no se hizo;
la lonchera con irremediable olor a banano y huevo cocido,
los golpes que, con una regla de madera,
aplicaba la profesora en las palmas de las manos;
la no aceptación en el coro:
–“está bien, mueva las banderitas, pero no cante”–;
y lo números, qué horror los números.

Otras situaciones compensaban la aversión matemática:
el juego con los amigos,
la compañera rubia de origen alemán,
la profe de gimnasia,
el timbre de la campana para el recreo,
las obleas de Hermano Sandoval
y, de forma muy especial,
la salida en tropel hacia la casa.


Muy cerca de la felicidad

Los tres,
en un parque.
Cada uno orgulloso y sonriente;
la mayor sobre una bicicleta
y los menores en triciclos de grandes ruedas.

Esa felicidad nunca se me escapó de la razón.
En esa época de nuestras vidas
no eran propios esos aparatos;
nuestros padres no tenían forma de comprarlos.

Mamá optó por llevarnos
a un modesto parque del sur de la ciudad;
allá los alquilaban.
Papá le había dado el dinero.

Una telescópica fotografía refleja la dicha
que nos brindó el hecho de sentirnos dueños,
durante hora y media,
de los infantiles juguetes que,
con la acción del pedaleo,
nos hacían sentir que volábamos
tratando de alcanzar las nubes.


Edipo y yo

Creo recordar la sensación de esas manos
que de niño rodearon con firmeza mi cintura,
como uno de los pocos abrazos afectuosos
que mi madre me brindó.

No por falta de amor,
sino por un edípico muro que,
sin saber ni entender por qué,
se ha antepuesto a nuestras pieles
en lo que llevamos de existencia.

col1im3der


Sueños de barrio

...lo mejor de mi adolescencia fueron los amores de barrio:
puros, tiernos, honestos, primitivos y cálidos;
tan inolvidables como para volver a intentar buscarlos al ocaso de la vida;
con la creencia de que, al cerrarse el círculo,
la pasión febril y fabril de los años primarios
volverá a florecer para inyectar la extraña savia
de las sensaciones experimentadas en la soledad del callejón,
en los tejados,
en las escaleras oscuras,
en la complicidad del cine
o en la sencilla sala de un apartamento solitario,
en una tarde en la que no fuimos al colegio.
Envalentonado por la firme convicción de que
el verdadero amor es el que primero se exploró en la existencia,
trato de golpear la cerrada puerta de esos corazones
que otrora se doblegaron ante la larga cabellera de mis quince años,
sonrisa de indocumentado
y guitarra terciada, aún sin saber siquiera rasgarla;
pero, eso sí, con la íntima convicción de ser el dueño del mundo
y el dueño de la niña del quinto piso del edificio blanco diagonal a mi casa,
la cual a físicos golpes logré contra enemigos y contra amigos,
incluso amigos del alma.
Y es que esa sonrisa morena,
con vestido corto de lino habano
y de grandes botones de tagua al frente,
como una hilera que invitaba a explorarlos,
uno por uno,
con la curiosidad de la piel caliente,
debía ser mía y solo mía, porque o si no se acababa el mundo.
Mi mundo,
que había migrado de los carritos,
los patines y los cómics a las esquelas,
los chocolates, las flores, los versos y los besos;
el beso primero, el único, el tenaz,
el inesperado por haber sido ella quien, con la iniciativa de su madurez infantil,
lo dejó impreso, indeleble,
por un  fuego inexplicable que, más que calar en la piel y las mucosas,
se tatuó en la memoria íntima de mis neuronas.
Cómo olvidarla,
cómo olvidar el barrio,
la cuadra, y la hoguera que,
sin exigir nada,
emanaban el calor de la amistad sincera
y del amor celoso, alimentado por la inexperiencia,
el temor y la inseguridad;
que eran lo único cierto que nos ofrecían los primigenios brotes del acné
y la inestabilidad vivida con los primeros
y temerosos sorbos del alcohol robado
de las despensas de los papás de mis amigos.
Amigos que no solo nos acompañaron para embriagarnos, sino para,
a las tres de la mañana,
escuchar nuestras vivencias de lo que creíamos amor
y ser baluartes ante nuestro llanto inconsolable,
cuando el corazón quedaba destrozado por los amores no logrados.
Amores que iban migrando,
de manera natural,
con el paso cadencioso y hermoso de las otras niñas
que, en las mañanas de los domingos, brotaban de las casas vecinas para ir,
desfilando como reinas,
a la santa misa;
allí se confundía el temor a Dios con el deseo o con el enamoramiento,
o con los dos;
la iglesia era el perfecto escenario para que nuestra mirada curiosa descubriera quién era   la próxima a quien íbamos a amar o a celar o a llorar.
Porque no solo los golpes recibidos en la cancha de fútbol
o en las peleas callejeras nos hacían llorar;
no,
el amor también hacía desprender la sal de las lágrimas de nuestros frescos ojos.
Era la hermosa época en la que lloramos por amor.
Hoy quiero volver a verla –a ella–,
volver a besarla –a ella–,
volver a llorarla –a ella–.


Tortugas marinas

Somos tortugas marinas,
comemos migajas de harinas.

Nos queremos con el corazón,
y  nos escondemos bajo nuestro caparazón.

Somos tortugas marinas,
comemos migajas de harinas.

Con aletas o con pies,
mejores que el ciempiés.

Somos tortugas marinas,
comemos migajas de harinas.

En la tierra o en el mar,
nos sabemos abrazar.

Somos tortugas marinas,
comemos migajas de harinas.

 

Jairo Hernán Ortega Ortega, M. D.