La belleza y la dicha en la obra de Rogelio Salmona
By: José Alberto Mojica Patiño
Photos: Mateo Pérez, publicación Composición y vivencia en la arquitectura de Rogelio Salmona; Alberto Sierra.
By: José Alberto Mojica Patiño
Photos: Mateo Pérez, publicación Composición y vivencia en la arquitectura de Rogelio Salmona; Alberto Sierra.

Los cerros orientales de Bogotá se asoman por las ventanas y aberturas del vestíbulo principal de la Biblioteca Virgilio Barco (2001), levantada en la localidad de Teusaquillo y una de las obras más célebres del arquitecto colombo-francés Rogelio Salmona. Pareciera que las montañas están ahí, muy cerca de esos cristales gigantes enmarcados en ladrillo, ese material sagrado con el cual pintó de naranja sus construcciones y, símbolo ineludible de su obra, y no a diez kilómetros de distancia. Al entrar, hay que estar atentos a cada paso porque el suelo se convierte en agua que fluye en una fuente escalonada que descansa en una de las piletas del lugar.
Desde la terraza del tercer piso, la vista de los alrededores del recinto, inaugurado el 21 de diciembre del 2001 con el nombre del expresidente colombiano Virgilio Barco Vargas tras tres años de construcción, es la siguiente: unas señoras toman el sol mientras sus hijos juegan en jardines que evocan la sabana de la ciudad, unos adolescentes pasean a sus perritos, y los runners y los ciclistas se ejercitan en las pistas que rodean sus 14 hectáreas de extensión. La vista es feliz, plena, poética. Bien decía el gran Salmona, nacido en París el 28 de abril de 1927 y fallecido en Bogotá el 3 de octubre de 2007, que la arquitectura es poesía construida, un arte que camina de la mano con la literatura, la música o el cine, capaz de despertar emociones, inquietudes por el conocimiento, esperanza y dignidad. “¿Cómo no estar tranquilo e inspirado en un lugar tan bello?”, se pregunta y sonríe el abogado Sergio Arango, quien aprovecha los días cuando trabaja en remoto para cumplir sus labores entre anaqueles de libros y decenas de estudiantes y vecinos del sector.

El arquitecto Juan Pablo Aschner Rosselli es el autor del libro Composición y vivencia en la arquitectura de Rogelio Salmona (Universidad del Rosario, 2024), que después de tantos años de estudio, se ha convertido en un conocedor profundo de la obra de Rogelio Salmona, el arquitecto más significativo que ha tenido Colombia. “Lo ha estudiado desde su tesis de maestría en arquitectura; después, a través de varios trabajos como el audiovisual Euritmia, donde los edificios de Salmona se ven y se viven a través de imágenes y sonidos como el agua y el susurro del viento, y, por último, en su tesis de doctorado en arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia”, escribe en el prólogo la arquitecta colombiana Silvia Arango.
Euritmia, cuyo nombre representa la “acción de moverse de modo armonioso y buscando la belleza”, es un cortometraje escrito y dirigido por Aschner y por Enrico Mandirola, con dibujos de Alejandro Henríquez, galardonado con el primer premio en el Festival Internacional de Cine y Arquitectura de Estambul en 2014, entre otros reconocimientos.

Torres del Parque, obra maestra de Salmona, ubicada en el barrio La Macarena en el borde oriental del centro de Bogotá y reconocida como “Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional”, que redefinió la relación entre arquitectura, ciudad y espacio público en Colombia.
Aschner, amable y modesto, es profesor titular y decano fundador de la Facultad de Creación en la Universidad del Rosario, quien tuvo el privilegio de tener a Salmona como profesor de maestría cuando ya era un arquitecto premiado y reconocido en todo el mundo. Tal vez, no quiso morir sin compartir sus conocimientos, pues es bien sabido que no tenía paciencia para enseñar. Al regresar a Colombia después de uno de sus viajes a Francia, donde décadas atrás se formó como discípulo del prodigioso arquitecto Le Corbusier, dictó la clase de Historia del arte y de la arquitectura en la Universidad de los Andes durante un año. No le gustó y decidió que jamás volvería a ser profesor.
Era tal la fascinación de Aschner por su obra, que un día deslizó su hoja de vida debajo de la puerta de su oficina para ofrecerle sus servicios profesionales de forma gratuita, porque quería aprender de él. Aunque no recibió respuesta, pudo tenerlo más adelante como profesor, cuando ya había publicado varios artículos sobre sus edificios. “Interactúe con él y con su esposa, María Elvira Madriñán Saa (presidenta de la Fundación Rogelio Salmona), a cierto nivel, y pude compartir con un grupo de personas conocidas que me permitieron, por ejemplo, aportar al comité que curó y armó una exposición sobre su obra en el Museo de Arte Moderno de Bogotá”.
El académico cuenta que empezó a profundizar sus conocimientos sobre su maestro, precisamente, por medio de las vivencias, de las experiencias. “Cuando uno hace investigación en arquitectura, se ve abocado a estudiar las obras desde los planos. Y esta obra siempre me ha emocionado. Las cosas que uno alcanza a percibir, en la obra vivida, no se comparan con las fotografías o con los planos. Es muy estimulante”, dice al hablar sobre las emociones y vivencias que se despiertan cuando las personas van a un edificio de Salmona o habitan una de sus viviendas: la sensación del frío, el sonido del agua, las luces cambiantes; la luz, siempre la luz; el tiempo que parece detenido; la naturaleza que se integra de manera orgánica.
Salmona: “Un adalid del espacio público... Decía que el espacio público no podía ser un residual de la arquitectura o de las construcciones, que había que diseñar para que se viera y para que fuera el lugar de encuentro para la gente”.
El libro de Aschner resalta la maestría del arquitecto en el uso de materiales tradicionales como el ladrillo, al cual honraba tanto como a los artesanos que lo elaboran, y que dialoga con otros materiales como el concreto, la madera, el vidrio y el metal.
“El piso es una belleza, es como un tapete de ladrillo”, dice el profesor, explicando que, al usar ese elemento, Salmona no buscaba un recurso decorativo ni una solución económica, quería era una postura ética, estética y política frente al territorio y a ese material, como protagonista en la historia de la vivienda en Colombia. Y así lo dejó claro en todas sus obras: el Centro Cultural Gabriel García Márquez, el Museo de Arte Moderno de Bogotá y el Eje Ambiental de la Avenida Jiménez, todas en el centro de la capital, o en la Casa de Huéspedes Ilustres de Cartagena, el Centro Cultural Moravia en Medellín, y el Museo Quimbaya en Armenia, entre muchas más.
Salmona exploró el ladrillo hasta el límite de sus posibilidades, lo giró, lo curvó, lo perforó, lo apiló en celosías y lo convirtió en muro, piso, bancas, murales, ventanas, portadas, claustros, mosaicos, terrazas, enchapes, antepechos y cerramientos.

Su uso obsesivo no respondía a una repetición mecánica, sino a una investigación constante sobre la escala humana. La sombra, la ventilación por la relación entre interior y exterior y a su fascinación por las construcciones precolombinas. El ladrillo le permitía construir una arquitectura pensada para ser recorrida con lentitud, para ser tocada, habitada y observada con el paso del tiempo. “En concordancia con la honestidad constructiva, Salmona transforma los materiales que utiliza a medida como los manipula. En general, no altera sus características ni oculta sus cualidades, pero sí modifica sus propiedades en aspectos que influyen en su apariencia y comportamiento, a fin de obtener elementos diversos y compuestos que pueda incorporar luego a las composiciones de sus edificaciones. La honestidad constructiva es una noción que entrelaza lo ético y lo estético”, se lee en la publicación de Aschner, quien camina hacia la entrada de las Residencias El Parque (1970), más conocidas como las Torres del Parque, obra maestra de Salmona, ubicada en el barrio La Macarena en el borde oriental del centro de Bogotá y reconocida como “Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional”, que redefinió la relación entre arquitectura, ciudad y espacio público en Colombia.

Cuenta que, Salmona concibió el proyecto como un espacio privado de uso público, una idea revolucionaria para su época (fueron construidas entre 1965 y 1970). Aunque se trata de viviendas, el conjunto se abre generosamente a la ciudad mediante plazas, senderos rodeados de árboles y jardines, escalinatas y rampas que invitan a caminar sin barreras. No hay rejas que interrumpan el recorrido, el peatón es protagonista y el proyecto se integra con naturalidad en el paisaje urbano. El Eje Ambiental de la Avenida Jiménez (2000) es otro ejemplo de su interés por defender lo público, y es la base de la propuesta que el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, junto con la Fundación Rogelio Salmona, acaba de hacer ante la UNESCO para que la obra del arquitecto sea reconocida como Patrimonio Mundial de la Humanidad.
“Siempre que pasaba por las Torres del Parque, más que un edificio, sentía que estaba viendo una escultura”, dice el periodista colombiano de ascendencia inglesa Christopher Tibble. Y cuenta que hace diez años, tiene el privilegio de vivir allí. “La arquitectura de Salmona está llena de ángulos y curvas inusuales. Te pide que la mires y la admires. Me genera mucho placer y por eso digo que vivo dentro de una escultura”. Destaca que todos esos elementos hacen que los residentes se sientan viviendo fuera de Bogotá, aunque estén en su corazón. “Tienes jardines, almacenes, tiendas, restaurantes, lavandería, panaderías, el lugar del té”.
El libro de Aschner resalta la maestría del arquitecto en el uso de materiales tradicionales como el ladrillo, al cual honraba tanto como a los artesanos que lo elaboran, y que dialoga con otros materiales como el concreto, la madera, el vidrio y el metal.
Rafael Gómez, un santandereano que ha dedicado su vida a la defensa de los derechos humanos, describe el conjunto de vivienda multifamiliar Nueva Santafé (1985) como un pueblo. Muestra los jardines y árboles que rodean este conjunto residencial, construido en 1985 a pocas cuadras del Archivo General de la Nación (1992), otra de las obras de Salmona, y de la Plaza de Bolívar de Bogotá. Ese primer apartamento lo vendió después de que fuera el refugio familiar, pero allí siguen viviendo su hija Lizeth y su hermana María Consuelo.
Camina por los patios internos donde juegan los niños y cuenta que, aunque vive ahora en el norte de la ciudad, cada mes viene a cortarse el pelo a la barbería del conjunto. “Te hablo desde mis sentimientos, nunca he sido tan feliz como en este lugar”, sigue el hombre, valga decirlo, ferviente admirador del arquitecto.

Francisco de Valdenebro, ingeniero civil que trabajó varias décadas con Salmona y amigo personal, destaca su genialidad y excelencia en el manejo del ladrillo. “Bogotá es la capital mundial de la buena construcción en ladrillo a la vista. Los arquitectos extranjeros se fascinan con lo que ven, porque la construcción es perfecta. No hay defectos”, dijo en el podcast Construcción de ciudad, de la Ladrillera Santafé. Y se refirió a él, como “un adalid del espacio público... Decía que el espacio público no podía ser un residual de la arquitectura o de las construcciones, que había que diseñar para que se viera y para que fuera el lugar de encuentro para la gente”.
En la entrevista, Valdenebro recuerda que, al elaborar los planos de la Biblioteca Virgilio Barco, Salmona se encontró con un lote invadido por un cerro de unos seis metros de altura con los residuos de obra que quedaron tras las intervenciones en el Parque Simón Bolívar. Cuando Salmona realizó el primer trazo conceptual le dijo: “Este punto va a ser el único sitio de la ciudad desde donde se van a ver los cerros orientales; con lo que voy a hacer, voy a esconder toda la mala arquitectura que le hemos hecho a la ciudad”. Así que, decidió hundir el edificio. “Salmona excavó parcialmente la biblioteca para aislarla del ruido urbano. Solo la entrada a los sótanos permanecería al nivel; todo lo demás quedará enterrado en medio de lo que querían retirar”, dice Valdenebro al evocar esa conversación.

El biólogo y comunicador científico Juan Manuel Sarasua vivió 35 años en la Urbanización El Polo (1963), en Bogotá, una de las primeras obras de Salmona que hizo junto con otro grande de la arquitectura del país, Guillermo Bermúdez Umaña, y reconocida como “Bien de Interés Cultural del Ámbito Distrital”. Según recuerda, “pocos muros eran de 90 grados, la mayoría eran ángulos obtusos o agudos que permitían que el espacio se viera muy diferente desde donde se le mirara. Tenía techos de hasta más de cuatro metros de alto, lo que otorgaba una sensación increíble de amplitud para sus 135 m2. Las ventanas eran enormes y la luz entraba por todos lados. Los materiales eran pocos, ladrillo para suelos y paredes, madera también para los suelos, para los marcos de ventanas y los muebles empotrados, y ladrillo negro y granito para la cocina”.
Concluye que, vivir en una obra de Salmona le generaba un sentimiento de orgullo. “Cuando uno compra algo de una buena marca, se tiene la sensación de que va a durar toda la vida y que va a envejecer muy bien. Era una belleza muy austera y sencilla, sin aspavientos ni excesos”.

“Cuando uno hace investigación en arquitectura, se ve abocado a estudiar las obras desde los planos. Y esta obra siempre me ha emocionado. Las cosas que uno alcanza a percibir, en la obra vivida, no se comparan con las fotografías o con los planos. Es muy estimulante”, afirma el decano de la Facultad de Creación de la Universidad del Rosario, Juan Pablo Aschner Rosselli.
Bien decía Salmona que, la arquitectura es poesía construida.