El 2025 fue uno de los tres años más cálidos registrados, con una temperatura media global cercana a 1,44 °C por encima del promedio preindustrial de 1850–1900. Además, los años comprendidos entre 2015 y 2025 fueron los 11 más cálidos desde que existen registros.
Estas cifras muestran que el cambio climático dejó de ser una advertencia sobre un futuro lejano. Sus efectos ya se manifiestan en olas de calor, lluvias intensas, sequías, incendios, alteraciones en los ecosistemas y riesgos crecientes para la salud y la seguridad alimentaria.
Un clima con extremos cada vez más evidentes
Las olas de calor, las lluvias extremas, las sequías y los incendios están entre las manifestaciones más visibles del calentamiento global.
Un aire más cálido puede contener más humedad, lo que favorece precipitaciones más intensas. Al mismo tiempo, en otras regiones, el aumento de las temperaturas y la reducción de la humedad generan condiciones propicias para periodos de sequía e incendios forestales.
Estos cambios también afectan actividades como la agricultura, la disponibilidad de agua y la generación de energía, con consecuencias económicas y sociales.
“Cuando hablamos de cambio climático no estamos hablando únicamente de un aumento de la temperatura. Estamos modificando un sistema conectado: cambia la disponibilidad de agua, aumentan algunos eventos extremos y se generan efectos sobre los ecosistemas, la salud y las actividades de las que depende nuestra vida cotidiana”, explica Andrea Devis.
La salud también está en riesgo
El calor extremo puede agravar enfermedades cardiovasculares y respiratorias, además de aumentar el riesgo de agotamiento y golpes de calor.
También puede modificar las condiciones en las que se desarrollan algunos vectores transmisores de enfermedades. Mosquitos asociados con dengue, chikungunya y zika pueden encontrar condiciones favorables en regiones donde antes las temperaturas limitaban su presencia.
A esto se suman efectos indirectos como la pérdida de cultivos, los problemas de acceso al agua, los daños provocados por fenómenos extremos y los desplazamientos de población, que pueden incrementar riesgos de desnutrición, enfermedades y afectaciones a la salud mental.
Océanos más cálidos y un nivel del mar en aumento
Los océanos absorben gran parte del exceso de calor acumulado en el sistema terrestre y cumplen un papel fundamental en la regulación del clima.
Su calentamiento contribuye a la expansión térmica del agua y, junto con el derretimiento de glaciares y capas de hielo, impulsa el aumento del nivel del mar. Esta situación representa riesgos para ciudades costeras, pequeños estados insulares, ecosistemas marino-costeros y comunidades cuyos medios de vida dependen del océano.
¿Qué podemos hacer?
Enfrentar el cambio climático requiere acciones individuales y cambios estructurales.
En la vida cotidiana es posible reducir el consumo de energía, utilizar medios de transporte sostenibles, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y aplicar principios de economía circular como reducir, reutilizar, reparar, renovar, recuperar y reciclar.
Al mismo tiempo, se necesitan transformaciones de mayor alcance: acelerar la transición hacia fuentes de energía de bajas emisiones, aumentar la eficiencia energética, proteger y restaurar ecosistemas, transformar los sistemas de transporte y producción, y fortalecer la capacidad de adaptación de ciudades y comunidades.
“Las acciones individuales son importantes, pero no podemos poner toda la responsabilidad en las personas. Necesitamos cambios en la forma en que producimos energía, diseñamos nuestras ciudades, protegemos los ecosistemas y nos preparamos para los riesgos climáticos. Mitigación y adaptación tienen que avanzar al mismo tiempo”, señala Andrea Devis.
Comprender estos impactos y fortalecer la formación de profesionales en Ciencias del Sistema Tierra será clave para enfrentar los desafíos del cambio climático.