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Ángela del Pilar
Santamaría
Centro de
Paz y Conflicto
La educación es muy poderosa y creo que nosotros no somos conscientes porque la naturalizamos.

¿Quién es Ángela del Pilar Santamaría?

Soy profesora del Centro de Paz y Conflicto de la Universidad del Rosario, llevo vinculada a la Universidad aproximadamente 14 años, inicialmente en la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales. Soy abogada con una maestría en Filosofía y doctorado en Sociología.
 
Hace unos cinco años fundamos el Observatorio de Acción Colectiva en la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales dados mis intereses en procesos organizativos y de resistencia que adelantan los colectivos y pueblos indígenas, en especial los que tienen que ver con mujeres. Dentro del Observatorio se creó una entidad que se llama la Escuela Intercultural de Diplomacia Indígena que tiene como vocación hacer educación popular en territorios, salir de la Universidad, es decir hacer regionalización y estar en contacto con las comunidades.

Iniciamos el proceso vinculando estudiantes indígenas; estudiantes no indígenas; estudiantes de maestría y doctorado; por ejemplo, Jessica Serrano, quien está a cargo del Programa de Becas Indígenas y Afro. La idea era formar un tejido con distintos tipos de personas, profesores, estudiantes y también funcionarios. En este ejercicio hemos compartido con aproximadamente 4500 personas indígenas en distintas regiones del país, sobre todo en la Amazonía colombiana, la región Caribe, el departamento del Chocó y algunas zonas de la región central del país, atendiendo así las necesidades en educación superior que tienen organizaciones indígenas.
 
Atendemos principalmente a poblaciones que no pueden venir a Bogotá o trasladarse a otra ciudad.

Nuestro principal grupo de trabajo son las mujeres, especialmente adultas, muchas de ellas abuelas, madres solteras o madres cabeza de familia, algunas están dedicadas al hogar, esa es la población que buscamos atender y hace tres o cuatro años empezamos a atender población excombatiente en el marco del posconflicto.

Desde niña quería ser maestra y me imaginaba compartiendo con la gente en territorios.


Ángela Santamaría

¿Qué significa para usted ser profesora de la Universidad del Rosario?

Considero realmente que es un plan de vida y eso lo tengo claro desde hace mucho tiempo. Desde niña quería ser maestra y me imaginaba compartiendo con la gente en territorios, a medida que fui avanzando en mis estudios, cuando hice el doctorado sentía que había una cantidad de conocimientos y de información interesante que quería bajar; es decir, aplicarlo en mis trabajos con las comunidades.
 
Para mí es muy importante generar diálogos e interacciones entre diferentes grupos poblacionales, es necesario además que la gente de los territorios interactúe con este mundo académico; finalmente, creo que la Universidad nos ha permitido a este grupo de profesores y estudiantes generar estos vínculos con los territorios y comunidades con quienes hemos venido trabajando.
 
La Universidad del Rosario permite ese tipo de proyectos innovadores que a pesar de parecer arriesgados cuentan con el apoyo de las directivas.  El primer rector que nos ayudó fue Hans Peter Knudsen y en su momento, aunque existía un riesgo importante, le apostó a lo que hoy he venido mencionando.
 
Sin embargo, siempre ha existido la incertidumbre porque esto es algo nuevo, es distinto. Lo veo como “pensar fuera de la caja” en lo que hay un camino que recorrer, la ganancia es el aprendizaje que nos va dejando el trasegar. Al Rosario trajimos un sueño que era de varios profesores y de muchas comunidades; el Rosario es un lugar donde se pueden construir realidades que algún día fueron sueños.
 
Considero que en la Universidad hay confianza en lo que venimos trabajando, somos una institución que cree en sus equipos y en la infraestructura que poseemos. La Universidad hace un esfuerzo importante en proyectos sociales que le aportan a la gente y a la situación social del país. Un ejemplo de ello es que estructuramos la Escuela intercultural de Diplomacia Indígena y nuestra alianza global con NYU, una apuesta institucional en regionalización e internacionalización; algo que le otorga sentido a todo lo que hago.
 


Para mí es muy importante generar diálogos e interacciones entre diferentes grupos poblacionales, es necesario además que la gente de los territorios interactúe con este mundo académico.


¿Cuáles son los logros que considera relevantes en su vida académica, en particular en su práctica docente?

Creo que realmente me formé en otro momento de lo que es la academia actualmente, mi formación me permitió soñar con escribir libros, pero también trabajar con la gente y no pensé que iba a migrar a lo que es actualmente; producir artículos en ciertas revistas y estar en procesos muy competitivos que en algún momento pensé que no iba a lograr, ya que me había formado en un momento distinto.
 
Todo ha sido un proceso desde que estoy en la Universidad, hace cuatro años empezamos con la estrategia de publicación de alto nivel acompañada de un equipo joven, con Dunen Muelas, Paula Cáceres, Fallon Hernández, Mónica Acosta y Yeshica Serrano.

Todo este trabajo nos ha permitido entrar en redes de alto nivel científico, por ejemplo, estamos en contacto con cinco universidades estadounidenses, una australiana, entre otras. Con ellas lo que nos permitió establecer contacto fue el trabajo no de “escritorio” sino que, ellos ven que hacemos algo distinto.
 
He tenido el privilegio de estar en los lugares más impresionantes de Colombia, con las personas más conmovedoras y más resistentes, que también poseen dolores muy profundos; creo que eso no tiene precio. Ha sido muy difícil tejer interculturalidades, es muy complejo porque no soy indígena ni afro, pero creo que uno de los logros más grandes ha sido que las comunidades confíen en mí, que confíen en nosotros.
 
En este momento trabajamos con la OPIAC (Organización Nacional de los Pueblos Indígenas de la Amazonía Colombia), puntualmente con su Coordinación de Mujer, Juventud, Niñez y Familia; con la Organización de la Mujer de la ONIC, estas representan las autoridades nacionales indígenas femeninas. Estar en una mesa con ellas y que confíen en nosotros, es otro logro importante, ya que su relación con las ONG y su desconfianza en el Gobierno es amplia.
 
Hemos construido una red de autoconfianza porque en lo poco que nos comprometemos, les cumplimos. Finalmente, lo que pasa en los territorios con los estudiantes y las comunidades que son capaces de sobrevivir en la selva es muy gratificante. Se construyen muchas solidaridades inéditas.

¿Qué aspectos han marcado su trayectoria como profesor en la UR?

Principalmente el encuentro con los estudiantes y las mujeres indígenas; siempre pasan cosas muy bellas. El semestre pasado estuvo con nosotros Louise, estudiante francesa y fue muy conmovedor escucharla decir que estar en contacto con las comunidades, fue para ella, encontrar lo que quería hacer con su vida. Cuando me lo dicen personalmente, o me escriben después de la clase o después de varios semestres que encontraron un sentido a lo que estudian es muy gratificante; eso me ha pasado con varios estudiantes franceses quienes no imaginaban encontrar en esos lugares situaciones que les movieran tanto su cotidianeidad.
 
Es muy bello tener en un mismo espacio a todos mis estudiantes, los de la Universidad y los de las comunidades; esa es la educación superior que yo soñé algún día, con la que me hicieron soñar también mis profesores y la gente que me mostró este mundo, de los procesos indígenas. Falta mucho todavía, pero son esos pequeños momentos los que me hacen creer que sí se puede.


Hemos publicado en revistas con altísimo nivel, algunas referentes en temas de paz y conflicto, sin alejarnos del trabajo con las comunidades, para nosotros es un logro porque somos un equipo que trabaja de manera permanente en territorio, pero al mismo tiempo estamos dedicados a la producción científica.


¿Cuál es su aporte a la Universidad y a los estudiantes?

A mis estudiantes les doy todo, me entrego totalmente. Me preocupa mucho de esta generación su apatía, en algunas ocasiones, entonces cuando la tratamos en clase o en un encuentro con las chicas con las que trabajo les brindo todo el conocimiento que tengo. Los jóvenes de ahora son otra cosa y tratamos de moverles el piso, como se dice coloquialmente, desde una pedagogía visceral.

Creo en la educación desde el amor y el cuidado, no creo en el maltrato ni en que la letra con sangre entra; por el contrario considero que mucho amor y mucha rigurosidad son las mejores formas de transmitir el conocimiento. Se trata de demostrarles que deben sentir, hacerles ver el éxito como algo distinto a un salario alto o de determinada posición social.

Muchos me han dicho que de una u otra forma mi clase les cambió la vida, considero que son exagerados, simplemente busco que tengan una oportunidad de transformación a través del encuentro con las comunidades.


Siempre recuerdo que debo preparar todo muy bien para que los chicos estén cómodos y así adquieran el conocimiento necesario.


¿Qué la inspira a enseñar?

La gente de los territorios porque siempre les veo con esas ganas de estudiar. Tú los ves con sus libretas llegando a los encuentros y es paradójico como la gente que no ha tenido acceso a la educación tiene ese deseo genuino de aprender. Siempre recuerdo que debo preparar todo muy bien para que los chicos estén cómodos y así adquieran el conocimiento necesario. Tengo un compromiso con ellos y con su educación; veo todo esto como una oportunidad transformadoraLa educación es muy poderosa y creo que nosotros no somos conscientes porque lo naturalizamos, pero en los territorios veo el poder que tiene justamente en las comunidades que no tienen acceso a ella.
 
Ángela del Pilar Santamaría
Correo: angela.santamaria@urosario.edu.co

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