1. La imagen como vehículo de opinión y construcción, a propósito de este año de elecciones
A merced de la época preelectoral surge la pregunta de cuál es el verdadero alcance de una buena imagen, qué es lo que hace que en este mar de visualizaciones efímeras algunas lleguen a obtener el estatus de “icónicas” hoy en día y que otras se silencien o se apaguen.
En este contexto, surge Imaginando América Latina. Historia y cultura visual, siglos XIX-XXI, publicación del grupo de investigación Historias Conectadas, de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario, que justamente tiene un interés desde la disciplina histórica y desde las ciencias humanas por interpretar las fuentes visuales como producciones intencionalmente elaboradas y difundidas tanto en momentos como en espacios particulares.
El libro, escrito en colaboración con académicos de otras universidades y con estudiantes, en una especie de “laboratorio”, aborda cinco ejes o debates sobre los usos y apropiaciones que dichas imágenes –en medio de sus especificidades materiales y simbólicas– han tenido en el desarrollo de doce casos históricos concretos.
“En Colombia se trabaja con fuentes más convencionales, que son las escritas, como documentos de archivo, y hay muy poca literatura sobre imágenes. Tradicionalmente, los historiadores han dicho que las imágenes no son una fuente tan confiable por ser subjetivas, que no tienen el mismo grado de información de un documento, etcétera, pero nosotros creemos simplemente que son una fuente diferente, que debe ser vista en el mismo rango y analizada con el mismo método crítico, por supuesto teniendo en cuenta sus particularidades”, dicen Sven Schuster y Óscar Daniel Hernández, editores académicos de la compilación.
Los puntos en los que coinciden las historias
Si bien las aproximaciones son variadas y abarcan un amplio conjunto de procesos latinoamericanos ocurridos entre los siglos XIX y XXI, en países como Chile, Brasil, Perú, Colombia y Argentina, hay polos a tierra que las unen. “En primer lugar, en ellas las imágenes tienen el poder de incidir, transformar o crear realidades, es decir que no son simplemente ventanas transparentes al pasado, puestas para ilustrar un tema. Las historias recopiladas dan fe de que hay que dejar a un lado la vista inocente y pensar en ellas como las demás fuentes, es decir, con el instinto del historiador, con sospecha, con análisis y que la misma imagen se relacione con aspectos de ese periodo puntual del pasado”, señala Óscar Daniel Hernández, profesor auxiliar de la Escuela de Ciencias Humanas.
A propósito de la sospecha, basta pensar en el retoque de fotografías, que existe desde el siglo XIX, aunque hoy hay una mayor conciencia por el photoshop, pero que no es algo nuevo para la historia.
Otro punto de encuentro, que a su vez es un logro del libro, es que “abre muchas preguntas, de manera que queda claro que tenemos que invertir más en estudios tendientes a encontrar metodologías para analizar imágenes. En Alemania se habla de una ciencia de la imagen, que aunque todavía no se ha conformado, ya está en curso”, indica Sven Schuster, profesor de la misma Escuela de la Universidad del Rosario.
Un tercer elemento que vale la pena destacar es que muchos temas que se creían agotados o estudiados, muestran nuevas vertientes de investigación cuando se toman en cuenta las imágenes encontradas. Es el caso de la masacre de las bananeras, en el que se puede ahondar mucho más si se amplía la base de las fuentes consultadas con imágenes. Cabe recordar que el dueño de las plantaciones, United Fruit Company (UFCO), publicó imágenes para mostrar que no había pasado nada y que las cosas estaban bien, cuando no era así.

En síntesis, a partir de una mirada más integral de las imágenes, en medio del panorama político que está a la orden del día, se hace un llamado para asumir una postura, ojalá desde una perspectiva crítica, que contemple pensar que nada de eso es algo natural, que hay muchas personas detrás de lo que se ve: el Estado, élites políticas, gente de la oposición o en el poder, periodistas, civiles con intereses específicos, etcétera, que acuden a la imagen como un vehículo de opinión y que en la construcción de memoria jugarán un papel central.
En este sentido, tomando como referente casos de América Latina consignados en el libro de la Universidad del Rosario, podemos constatar cómo se generan sensaciones cuando se trata de conquistar audiencias o ganar adeptos y cómo en esas historias ciertos conflictos se minimizaron o se usaron distractores para desviar la atención sobre otros temas relevantes, lo que sin duda en este momento se configura como una coyuntura interesante.
A manera de abrebocas, se mencionan aquí los dos capítulos del libro contenidos en el bloque sobre Propaganda política e imagen. El primero, sobre la propaganda proestatal utilizada en el régimen de Getúlio Vargas para legitimar la participación de Brasil en la Segunda Guerra Mundial; y el segundo, acerca del uso de imágenes por parte del Gobierno de Juan Velasco Alvarado para impulsar mediáticamente la Reforma Agraria de 1969 en Perú.
Caso Brasil y la Segunda Guerra Mundial
El autor de este ensayo plantea que, en medio de las inestabilidades del régimen, la Segunda Guerra Mundial fue la oportunidad perfecta para canalizar la atención y las críticas internas hacia un discurso de unidad nacional proclamado por el mismo Vargas, quien estratégicamente habría tomado posición en el conflicto, al prestar su apoyo político a Estados Unidos y los países aliados. Así, la percepción negativa que se tenía del ‘Estado Novo’ como un aparato administrativo represor fue manipulada mediante discursos y ensamblajes visuales para legitimar el régimen como un gobierno heroico, protector de intereses comunes y receptor de una modernidad prometida por los protagonistas “occidentales” de la segunda conflagración mundial.
Caso Perú y la Reforma Agraria
Sobre este momento de la historia, cuenta la autora que curiosamente en el régimen militar de Velasco se buscaba generar cambios drásticos en la distribución de la tierra, la cual para principios de los años 60 reflejaba desigualdades abismales entre pequeñas y grandes unidades agropecuarias. (…) Así que surgió la necesidad de movilizar a sectores populares –principalmente campesinos– que apoyaran la iniciativa del Gobierno y dirigir “desde arriba”, una revolución contra el gran latifundio, a fin de perseguir una democratización de la tierra sustentada en un modelo de cooperativas agrarias. La autora destaca las modalidades en que dicha revolución fue representada visualmente, a través de una compleja comunicación de masas donde el Estado empleó símbolos tanto indígenas como campesinos para personificar la consigna de la reforma en rostros y sectores sociales específicos. Tal proceso tuvo partes problemáticas, donde la imagen idealizada de las clases populares no siempre reflejaba una agencia política asignada por el Gobierno a estos; una ruptura que invita inevitablemente a pensar la representación como ejercicio de poderes en permanente definición.
Es el caso de la masacre de las bananeras, cabe recordar que la United Fruit Company publicó imágenes para mostrar que no había pasado nada y que las cosas estaban bien, cuando no era así.